DE LA ÉPOCA DE GALILEO Y KEPLER

DE LA ÉPOCA DE GALILEO Y KEPLER
Begues, 28 de Abril de 1984
Querida Nuria:
Pronto hará un año desde que te escribí la primera carta. Con ella ponía en práctica un propósito que te tenía como destinataria. Quiero creer que aún te acuerdas de aquella primera carta. Se podría decir que todo lo que he escrito desde entonces es una especie de excavación arqueológica realizada en el subsuelo de la ciudad de la ciencia. Se trataba de sacar a la luz todo lo que la precedió y, sin lugar a dudas, la determinó. La ciencia no nace in vacuo. Es una etapa de la aventura intelectual del hombre occidental, una etapa probablemente decisiva para la humanidad. No quisiera que, llegados a este punto, pensaras de nuevo que
Per me si va nella cittá dolente…
Dinanzi a me non fuo cose create se non etterne, e io eterna duro.
Lasciate ogni speranza, voi che entrate…16
El concepto de Revolución científica, que tanto me gusta usar, está en boga actualmente. Es un concepto creado muy recientemente si lo comparamos, por ejemplo, con el término Renacimiento. Creo que lo introdujo Herbert Butterfield el año 1948, en un curso que impartió con el título The Origins of Modern Science. Desde entonces ha sido poco a poco aceptado por los historiadores. Butterfield sitúa la Revolución científica entre 1500 y 1790. De todos modos, a lo largo del siglo XVI la Revolución científica casi puede reducirse a De Revolutionibus y De Humani Corporis Fabrica, que hemos tratado no hace mucho. Recordarás, sin embargo, que yo resaltaba que ambas obras pueden considerarse como la
” La Divina Comedia Canto IV «Por mi irás a la ciudad doliente,… = antes de mi nada había sido creado = que eterno no fuera, y sólo yo duro eternamente = ¡Dejad toda esperanza aquellos que habeis entrado!.». Evocación medieval de la esquizofrenia irreductible del hombre moderno y antiguo. (Por favor, revisa la Carta 1).
culminación del pensamiento antiguo, más que como la primera piedra de la ciencia moderna. Pienso que la Revolución científica se desencadena en el siglo XVII, cuando una extraordinaria creatividad intelectual se une a la conciencia colectiva de una nueva filosofía.
Hay quien piensa que la Revolución científica tiene lugar en dos fases, una en el siglo XVII y otra en el XIX. Por otra parte, a partir de 1900 se desencadena una segunda revolución científica, caracterizada porque toda la tecnología cae bajo el dominio de la ciencia. Es posible que todo ello sea meramente representativo de las primeras etapas de un fenómeno único, y de nivel superior: la cultura científica.
Para explicar la Revolución científica es importante tener en cuenta los grandes cambios experimentados durante el Renacimiento, de orden filosófico, social, económico y religioso, que ya te he señalado. Quizá vale la pena considerar también los cambios derivados de la Reforma y la Contrarreforma, y los que trajo consigo el establecimiento del capitalismo como nuevo sistema de producción. Este último conllevó una modificación radical de la estructura de la sociedad occidental, y le confirió una capacidad de expansión sin precedentes.
La Revolución científica no se desarrolla en el seno de las Universidades. Todo lo contrario: coincide con un periodo de decadencia de dicha institución. La revolución está asociada a la época de las academias. Entre ellas cabe recordar la del Lincei de Roma (1600), la florentina del Cimento (1657), la Royal Society (1662), la Académie des Sciences de Paris (1666) y la Academia de Berlín (1700). Estas instituciones darán lugar a las publicaciones periódicas que constituyen la fuente principal de información y el medio habitual de difusión de los trabajos científicos. El número de revistas de este tipo ha ido aumentando hasta nuestros días.
La España de Carlos I y Felipe II fue el centro de un gran imperio a todo lo largo del siglo XVI. Su influencia directa abarcaba todo el globo, y estaba relacionada no sólo con el poder político y militar sino también con el desarrollo económico y cultural. Sin embargo, el Imperio español apenas participó en la primera revolución científica. En el siglo XVII se produce la decadencia del Imperio, y España está casi ausente de los movimientos culturales que tenían lugar en Europa. Se cree que en ello influyeron el espíritu y la política que animaron las guerras de religión y la Contrarreforma. Tampoco hay que desdeñar el estancamiento de la economía del Imperio español, que permaneció al margen del movimiento capitalista hasta finales del siglo XIX.
Una característica del pensamiento del siglo XVII es la falta de especialización, en comparación con los siglos XIX y XX. No obstante, los hombres del siglo XVII
ya no son tan polifacéticos como los del Renacimiento. Ya has visto que estos últimos simultaneaban el cultivo de la ciencia, la filosofía y el arte, a la vez que ejercían con gran eficacia profesiones como arquitecto o ingeniero. Al final del Renacimiento, el arte se separará definitivamente, tras la corriente manierista. La separación radical entre ciencia y filosofía sólo se produce tras el idealismo alemán del siglo XIX, pero hay que señalar que los grandes cientificos del siglo XVII ya manifestaban una actitud intelectual divergente con respecto a los filósofos de la misma época. El saber científico se desarrolló fundamentalmente como un saber aparte.
La ciencia del siglo XVII manifiesta una gran unidad. Sus más ilustres representantes como Galileo (1564-1642) y Newton (1642-1727) no sólo fueron capaces de asimilar toda la ciencia de su tiempo, sino que produjeron obras originales en todos los campos. Por ejemplo, Newton puede ser considerado astrónomo, matemático u óptico tanto como mecánico o químico. Hooke (1635-1703) trabajó igualmente en todos esos campos, y además en fisiología y microscopía. Los hombres de aquella época tenían a su alcance una visión unitaria de la ciencia, que desgraciadamente está fuera del alcance del científico de hoy.
En el siglo XVII, la separación entre ciencia y filosofía es sobre todo formal. De hecho los llamado profetas de la ciencia son dos grandes filósofos: Francis Bacon y René Descartes. Cada uno establece una teoría filosófica que tendrá un papel decisivo en el desarrollo del pensamiento científico: el empirismo y el racionalismo, respectivamente. Con Galileo aparece un método de trabajo nuevo, que en cierto modo constituye también una teoría filosófica, aunque los filósofos no le hayan prestado gran atención. Me refiero a la filosofía matemática, basada en los métodos de cálculo heredados principalmente de los antiguos griegos y de los árabes. En realidad, esta filosofía se inspira en ideas de origen paracientífico, procedentes de la escuela pitagórica y de la astrología. Pretende reducir la experiencia perceptible a modelos matemáticos. De hecho, la filosofía matemática del siglo XVII hace grandes progresos en el campo de la propia matemática y en aquellas ciencias en las que el tratamiento matemático resulta más apropiado, como la mecánica y la astronomía. Quizá también sea responsable de los errores cometidos en el campo de la fisiología (Harvey) e incluso en la ética (Spinoza).
La ciencia del siglo XVII está vinculada a la invención del microscopio y el telescopio. Después del extraordinario estímulo que representaron los grandes descubrimientos geográficos, llega el ensanchamiento de nuestra visión mediante nuevos instrumentos. El telescopio permitirá un desarrollo fulminante de la astronomía de observación, y el microscopio abrirá las puertas al mundo de los micoorganismos, las células y los tejidos de los animales y los vegetales, aunqueel significado de muchas observaciones no será entendido correctamente hasta el siglo XIX. Es curioso constatar el anonimato de los inventores de esos aparatos. Lo cierto es que los primeros en utilizarlos se los habían construido ellos mismos.
Galileo fue el primero en describir los cráteres de la Luna, las fases del planeta Venus y los satélites de Júpiter. También vio alrededor de Saturno lo que más tarde se identificaría como un anillo, y describió por primera vez que la Vía Láctea estaba constituida por un inmenso enjambre de estrellas. Por su parte, van Leeuwenhoek (1632-1723) hizo la primera descripción de los glóbulos rojos, los espermatozoides, los ojos compuestos de los insectos, la reproducción partenogenética de los áfidos, así como los infusorios, los rotíferos, las levaduras y las bacterias.
El año 1593 llegó a Londres Giordano Bruno (1547-1600), monje renegado nacido en Nola, cerca de Nápoles. Tenía 37 años y había ejercido el magisterio en Lyon, Toulouse, Montpellier y París. En todos esos lugares había tenido contratiempos a causa de sus extravagancias y su carácter fuertemente polémico. En el año 1584 publicó tres opúsculos en lengua italiana: «La cena del Miércoles de Ceniza», «De la Causa, Principio y Uno» y «Del Universo infinito y de sus Mundos». Estos escritos tienen un carácter un tanto panfletario, pero contienen una filosofia basada en las ideas de Nicolás de Cusa y Copérnico, que es característica del nuevo tipo de pensamiento.
Las ideas de Giordano Bruno se pueden sintetizar en tres puntos fundamentales:
1. Existen otros Mundos además del nuestro, y el nuestro no es el centro del Universo.
2. El Universo es infinito, tanto en el espacio como en el tiempo. La posición de un punto cualquiera sólo se puede fijar en sentido relativo.
3. Existe un alma común que penetra todo el Universo. Por tanto, el Universo tiene la misma composición y las mismas actividades en todas partes.
Hay que insistir nuevamente en que estas ideas no se presentan como resultado de la observación o la experimentación, sino como una filosofía que fue declarada contraria a la fe cristiana. Más tarde Bruno viajó a Alemania y aceptó una invitación para visitar Venecia. Fue detenido por la Inquisición, y trasladado a Roma. Tras un proceso que duró ocho años, fue quemado por hereje el 17 de febrero de 1600. Puedes verlo como una especie de sacrificio o inmolación, que con el paso del tiempo simbolizaría el tránsito del pensamiento medieval a la ciencia moderna.
William Gilbert (1546-1603) publicó en Londres un libro titulado «Del imán y de los cuerpos magnéticos y de aquello que hace referencia al gran imán que es
la Tierra». Este hombre fue médico de cabecera de la reina Isabel, y su obra mereció los elogios de personas tan significativas como Bacon o Galileo. Pese a que el pensamiento de Gilbert aún está lleno de elementos medievales, tiene el mérito de valorar de manera apropiada la importancia de la experimentación. La última parte del libro se refiere al sistema del Universo, y ahí encontramos la filosofía de Bruno (a quien por cierto no cita, probablemente por tratarse de un proscrito por la ley).
Ya te he dicho que el desarrollo de la filosofía matemática fue concomitante con grandes progresos en las propias matemáticas. En este campo he de mencionar a FranÇois Viéte (1540-1603), que introdujo el uso de letras para representar números y, aplicando el álgebra a la geometría, sentó los fundamentos de la geometría analítica. También hay que recordar al flamenco Simon Stevin (1548-1620), que introduce el esquema decimal para representar fracciones, resuelve una fuerza en sus componentes según la ley del paralelogramo, distingue entre los diferentes tipos de equilibrio, la caída de los cuerpos por un plano inclinado y resuelve la paradoja hidrostática según la cual la presión hidrostática que ejerce un líquido sobre el fondo del vaso que lo contiene es independiente de la forma y el tamaño de éste, estando determinada únicamente por la profundidad del recipiente y el área de su fondo.
John Napier (1550-1617) fue un escocés que sistematizó los conocimientos algebraicos. Fue él quien, estudiando las raíces imaginarias, descubrió una regla general aplicable a las raíces de cualquier grado. El año 1594 concibió los logaritmos, y dedicó los veinte años siguientes al cálculo de las tablas de logaritmos. Su obra «Canon Maravilloso de los Logaritmos» se publicó en latín en Edimburgo el año 1714.
También hay que citar a Kepler, de quien volveremos a hablar en relación con su obra astronómica. Kepler logró un desarrollo extraordinario de la teoría de las cónicas, en unos comentarios a la obra matemática de Witelo, un autor del siglo XIII. En otra carta también hablaré más extensamente de Descartes, pero ahora hay que señalar que una parte de su obra está íntimamente ligada al desarrollo de las matemáticas que te estoy contando. Descartes es el verdadero inventor de la geometría analítica, en la que introduce el movimiento. Se dice que todo empezó un día que dormía la siesta sentado en el suelo, en un rincón de la habitación. Le despertó el vuelo de una mosca de esas que en verano entran en las habitaciones en penumbra. El vuelo de la mosca describía una curva, y cualquier curva podía considerarse la trayectoria de un punto en movimiento. Por otra parte, el punto es la intersección de dos rectas móviles que se cortan en ángulo recto, y que se desplazan paralelas a tres planos ortogonales que son las paredes y el suelo de lahabitación. Descartes hace un gran desarrollo de todo el lenguaje matemático, y la teoría de los gráficos. La aplicación del álgebra a la geometría se considera un paso gigantesco en el desarrollo de las ciencias exactas. De hecho, con Descartes se avanza extraordinariamente en el conocimiento de las relaciones entre el número y la forma, que habían sido estudiadas por Pitágoras y Platón pero apenas habían registrado progresos desde entonces.
En esta etapa de los progresos de la matemática he de citar a Blaise Pascal (1623-1662), que hizo aportaciones especialmente valiosas. El y Fermat establecerían las bases del cálculo de probabilidades. De nuevo, se trata de una aportación que contribuirá a convertir la matemática en un instrumento de la investigación física. Pascal era también un gran pensador, y un cristiano extraordinario. No puedo dejar de recordar aquello de Nier, croire et douter bien sont á l’homme ce que le courir est au cheval, lema con el cual Serge encabezó su Tesis sobre L’Épithalamus et Régulations Neuroendocriniénnes.
Otro gran matemático de esta época fue John Wallis (1616-1703), profesor en Oxford. En su primera gran obra, titulada «Arithmetica infinitorum», se encuentra la semilla del cálculo infinitesimal. De esta misma obra derivó Newton la teoría del binomio. Wallis introduce las cantidades imaginarias, y el símbolo 00 para representar el infinito. A efectos del cálculo, la Tierra y la Luna pueden reducirse a un solo cuerpo de masa aditiva concentrada en el centro de gravedad común. Esto es una abstracción tremendamente positiva de cara al desarrollo que la mecánica habría de experimentar en el siglo XVIII.
“Tolomeo, Al Hazen y Witelo sabían que los rayos luminosos se desvían cuando pasan de un medio a otro de diferente densidad, pero no llegaron a una formulación general de la refracción. El primero en lograrlo es Wilbrord Snell (1591-1626). Según la expresión dada por Descartes tendremos
El valor de n varía según el medio, y para el agua es 3/4.

Estas leyes constituyeron un factor decisivo para mejorar la construcción de instrumentos ópticos, y Kepler fue el primero en exponer una teoría matemática del telescopio de Galileo y del microscopio. Basándose igualmente en la refracción de la luz, Descartes desarrolló una teoría del arco iris.
Para que te hagas una idea más o menos completa de los hombres que contribuyeron al progreso de las matemáticas he de referirme a Christian Huygens (1629-1695), de quien hablaremos más veces. Hizo grandes aplicaciones de las matemáticas a la óptica, la astronomía y la mecánica. Entre ellas se encuentra la teoría de la luz como movimiento ondulatorio. Además, Huygens perfeccionó los vidrios ópticos, y construyó larguísimos telescopios, más potentes y de más calidad que todos los que se habían fabricado anteriormente.
Espero que con esta carta ya te encuentres emplazada dentro del contexto de la revolución científica, pese a que todavía he de contarte muchas cosas para completar el esbozo. Hoy me gustaría añadir dos figuras clave, Galileo y Kepler, a los que ya he hecho algunas alusiones. Sin embargo, quizá ha llegado el momento de centrarnos en su obra. A través de Kepler y Galileo se llega a una síntesis físico-matemática que sirve de cimiento a todo el pensamiento científico del siglo
XVII.
Galileo Galilei (1564-1642) es una de las figuras máximas del siglo XVII desde el punto de vista de la cultura occidental. Nació en Pisa y tuvo una educación de tipo escolástico y aristotélico. Conocía el latín y el griego, y estudió medicina, aunque pronto la abandonó, prefiriendo Euclides y Arquímedes a Hipócrates y Galeno.
De su primera época de catedrático en Pisa tenemos una serie de obras como Sermones de moto gravium y Capitolo contra il portar la toga. Este último constituye una sátira burlesca de algunos colegas suyos que siempre llevaban toga. Las leyes de la caída de los cuerpos y los célebres experimentos de la torre de Pisa son de esta época. Más tarde pasó a la Universidad de Padua; allí inventó el termómetro y descubrió la constancia del tiempo de oscilación completa del péndulo. En Padua retomó los estudios sobre la caída de los cuerpos, y construyó el telescopio con el que mostró al Dogo de Venecia, desde el campanario de San Marco, que la llegada de los barcos podía saberse horas antes de que fueran visibles a simple vista. Luego construyó telescopios más potentes (x 20) con los que realizó sensacionales observaciones astronómicas. El año 1610 Galileo volvió a Florencia, donde había vivido de niño, y allí escribió sus obras más célebres y construyó los primeros oechialini, que más tarde se llamarían microscopios. En el magnífico Museo della Storia de la Scienza de Florencia se pueden contemplar, entre otros instrumentos antiguos, algunos de los construidos por Galileo.
Sería muy largo hablar de la obra de Galileo con detalle. Para el objetivo que me he propuesto, creo que basta con dividirla en dos tipos generales de aportaciones, relacionadas con la mecánica y con la astronomía. Las primeras fueron expuestas básicamente en un libro titulado Discorsi intorno a Due Nove Scienze (1638). En él se establecen las leyes del movimiento uniforme y uniformemente acelerado, los principios de inercia y de independencia de fuerzas, y la definición del momento como el producto de la masa por la velocidad. También describe los experimentos que le llevaron a determinar la fuerza del vacío, llegando a la conclusión de que el llamado «horror de la naturaleza hacia el vacío» no es mayor que el que produce una columna de agua de 35 pies. De este modo explica porqué las bombas de agua no pueden tener una columna de aspiración superior a 760 mm x 13,6 = 10,33 metros, aproximadamente 35 pies. Pese a ello, no descubrió la presión atmosférica, cosa que quedaría reservada a su discípulo Torricelli. En la obra de Galileo encontramos, maravillosamente desarrollado, un nuevo tipo de pensamiento, caracterizado por el uso del método experimental y la descripción matemática de
los resultados.
La mecánica galileana tuvo mucha influencia sobre la biología, alimentando la corriente iatrofísica. Si un animal aumenta de tamaño conservando sus proporciones, el aumento de peso es en función de los cubos de los aumentos de longitud, mientras que las secciones de los huesos aumentarán según los cuadrados. Esto hace pensar que para cada tipo de organización habrá un límite de tamaño que no podrá sobrepasarse, y que, sólo por este motivo, el aumento de tamaño sólo puede ser beneficioso hasta cierto punto. En los animales acuáticos, a causa de la pérdida de peso del empuje hidrostático, estos límites serán más altos que en los animales terrestres del mismo tipo. Como tú sabes, esto es cierto y así las ballenas son los mamíferos acuáticos mayores que nunca han existido y los mamuts los mayores entre los terrestres. Los dos de gran envergadura, preo las primeras ganan.
Galileo considera que la forma, el peso y el estado de movimiento son las cualidades primarias de los cuerpos, y que en muchos casos se puede prescindir del resto. De hecho, esto es lo que hará la mecánica newtoniana.
La obra astronómica de Galileo se encuentra principalmente en tres libros. El más antiguo es «Sidereus Nuncius» (1610). Más tarde escribió «11 Saggiatore» (1624). El tercero es «Dialogo supra i due Massimi Sistemi del Mondo» (1632). Todos están escritos con un estilo directo, semipopular, claro y contundente. Prácticamente no hay una sola línea inútil.
La astronomía moderna se basó en Galileo y Kepler. Este último, Johann Kepler (1571-1630) era de temperamento bien diferente. Tenía fuertes inclinaciones místicas, y sus numerosísimos escritos hoy resultan prácticamente ilegibles. Estaba obsesionado por las viejas ideas platónicas y pitagóricas. Llevó una vida errante, acompañada de penurias económicas. Sirvió a diferentes príncipes, pero éstos no le pagaban el sueldo que le habían asignado, y Kepler tenía que arrancar de sus administradores, céntimo a céntimo, lo imprescindible para subsistir. Trabajó con Tycho Brahe, quien por otra parte le trató duramente. «Tycho es un hombre –escribió Kepler- con quien es imposible trabajar sin estar continuamente expuestoa los peores insultos». No obstante, tras la muerte de Tycho, Kepler se convirtió en su gran heredero literario. Ocho años después publicó su gran obra «Astronomia Nova Aipologettes Sive Physica Coelestis, Tradita Comentariis De Motibus Stella Manis Ex Observationibus Tycho-Brahe» (Praga, 1609). En esta obra, y siguiendo el sistema de las excéntricas y epiciclos adoptado por Copérnico, calcula la órbita de Marte sin lograr cuadrar su duración. Entonces Kepler se atreve a romper definitivamente con la vieja hipótesis de los movimientos circulares uniformes en torno a un punto excéntrico ideal y de los movimientos circulares epicíclicos. Supuso que el Sol sería el centro de los movimientos que se efectuaban a lo largo de una trayectoria elíptica, y que ocupaba uno de los focos de la elipse. Para eliminar de esta suposición todo carácter hipotético, llevó a cabo una enorme cantidad de cálculos usando observaciones hechas en Uranieborg. Teniendo en cuenta que no tenía ordenadores ni siquiera tablas de logaritmos, el logro de Kepler es realmente memorable. Se dio cuenta de que la velocidad de los planetas no es uniforme, y de que en tiempos iguales las superficies descritas por su radio vector son las mismas. Estos cálculos, que le llevaron a formular lo que hoy conocemos como las dos primeras leyes de Kepler, habían sido intentados por otros contemporáneos como Rethicus, discípulo de Copérnico, y Ramus, profesor del Collége de France que murió la noche de San Bartolomé. Ramus había prometido ceder su cátedra a quien resolviera el problema de la órbita de Marte partiendo únicamente de datos de observación. Así que Kepler escribió: «Habéis hecho bien en iros de esta vida, ya que de otro modo estaríais obligado a cederme vuestra Cátedra; todas las condiciones que pusisteis en vuestra apuesta las he cumplido».

La llamada Tercera Ley de Kepler es anunciada en otra obra, titulada «Harmonices Mundi Libri Quinque, Geometricus, Architectonicus, Harmonicus, Psychologicus, Astronomicus, cum Appendice Continens Mysterium Cosmographicum» (Linz, 1619). En efecto, la obra contiene la verificación de que los cuadrados de los periodos de revolución son proporcionales a los cubos de los semiejes mayores. Curiosamente, en el primer cálculo esta ley no pudo verificarse, pero Kepler era un hombre muy concienzudo y repetía sus cálculos decenas de veces, por largos que fueran. Así se dio cuenta de que se había equivocado, y de que los hechos estaban de acuerdo con la suposición anunciada.
Galileo y Kepler mantuvieron una amistosa y franca correspondencia. Es curioso que en ella, aparte de los temas científicos, se lamenten con frecuencia de disgustos familiares y otras calamidades. Los dos se casaron varias veces y siempre tuvieron problemas con sus mujeres. Qué le vamos a hacer. Es aquello de la «insoportable levedad del ser» de Kundera. Como ya he señalado antes, el carácter
de estos dos hombres era muy diferente. El protestante alemán era místico y visionario, francamente radical y pese a ello amigo de príncipes. No era gran cosa como observador y experimentador. Escribió muchísimos libros extraordinariamente extensos, aburridos y cabalísticos. El católico italiano era una mente clara y objetiva, con un sentido extraordinario de la propia dignidad, e incapaz de tener con los poderosos un trato que no fuera de tú a tú. Pese a ello era más flexible. Por otra parte, su destreza experimental y sus dotes de observación no admiten comparación. De todos modos, la nueva concepción del Universo se basaría tanto en la dinámica galileana como en la astronomía de Kepler, en la que la propia ley de gravitación universal se encuentra implícita.
No creo que ignores el célebre juicio de Galileo, y aquello de «e pur si muove». En realidad hay mucha literatura acerca de ese asunto. Como consecuencia de sentencias del Tribunal de la Inquisición, Bruno fue quemado vivo, y Campanella pasó muchos años en la cárcel. Pero has de tener en cuenta que estos juicios se hacían en función de las ideas y del tipo de razonamiento de la Iglesia de aquel tiempo. Tanto Bruno como Campanella fueron considerados un peligro público, y de hecho eran dos exaltados e imprudentes. El caso de Galileo fue totalmente diferente. Es cierto que una serie de denuncias contra él lo llevaron a juicio, pero el sumario fue mantenido en secreto, y tanto el Papa como la Curia temían más a las reacciones de los ultras que a la herejía de Galileo y otros científicos. Galileo fue condenado y obligado a su famosa retractación, pero sólo sufrió un encarcelamiento nominal en el palacio de uno de sus amigos. En esta vida retirada pudo completar su trabajo sobre dinámica y estática, y publicarla en los últimos años de su vida. De todos modos el proceso marcó toda un época, y la sentencia fue muy mal recibida por todas las personas cultas, incluso en los países católicos. De hecho contribuyó a dar prestigio a la revolución científica, y después de Galileo nadie volvió a rechazar el sistema copemicano-kepleriano, prescindiendo –eso sí–de la cuestión doctrinal. Nadie con dos dedos de frente, quiero decir. De hecho, los problemas entre la ciencia y la religión no volverían a envenenarse hasta el siglo XIX, a propósito del darwinismo.
Galileo murió en la localidad de Ancetri el año 1642, y allí fue enterrado inicialmente. Más tarde sus restos fueron trasladados a la iglesia de la Santa Croce de Florencia. En Ancetri hay desde hace años un importante observatorio astronómico. La prohibición de los libros de Galileo no fue levantada oficialmente hasta el año 1835.
Afectuosamente,