LA APORTACIÓN HIPOCRÁTICA
Begues, 12 de agosto de 1983
Querida Nuria,
Hay escasos datos fidedignos sobre la figura de Hipócrates. Hasta tal punto que alguien ha llegado a dudar de su existencia, igual que ha ocurrido con otros personajes de la Antigüedad clásica, como Homero. El testimonio más importante se encuentra probablemente en el «Protágoras» de Platón, en el que se hace referencia directa a Hipócrates de Cos como médico profesional, maestro de medicina, remunerado y perteneciente a una familia de asclepíades. En el diálogo «Fedro» hay otra alusión directa. Por otra parte, Aristóteles, en su «Política», también habla de Hipócrates y, cosa rara en él, da testimonio de su gran y merecida fama.
Otros textos de la antigüedad también nos hablan de un Hipócrates que vivió en el siglo V. Menón, discípulo de Aristóteles, escribió la «Iatrica» o historia de la medicina, tal vez por recomendación del propio Aristóteles. En 1902 se recuperó un papiro que contiene 1900 líneas de dicho libro y en ellas se confirma la existencia y la fama de Hipócrates.
Los comentaristas de los siglos III y II a.C. establecieron que Hipócrates era el decimonoveno o vigésimo descendiente de una familia de asclepíades y que alcanzó la plenitud de su vida durante la guerra del Peloponeso; que aprendió de su padre o de sus familiares; que viajó lejos de su patria, ejerciendo en diversos lugares y que fue reclamado muchas veces de una ciudad a otra por su gran fama. Finalmente, se dice que murió en Larisa a una edad muy avanzada. Sus hijos y yernos también siguieron la medicina, y parece que entre sus descendientes hubo algunos que se llamaron Hipócrates, aunque ninguno alcanzó un prestigio parecido. Hay imágenes antiguas de Hipócrates y todas lo representan con la cabeza cubierta por la túnica. Ello ha sido objeto de diversas interpretaciones; quizá la más sencilla es que era calvo. La fecha de su nacimiento se estima hacia el año 460 a.C.
Los especialistas consideran que no todos los escritos del «Corpus» se pueden atribuir a Hipócrates. Parece que se deben directamente a su mano «La antigua medicina», «Pronósticos», «Aforismos», «Epidemias I y II», «Régimen en las enfermedades agudas», «Aires, aguas y lugares», «Articulaciones», «Fracturas», «Instrumentos de reducción», «Heridas en la cabeza», «Juramento» y «Ley». Otros tratados llevan sin duda el sello de su escuela, pero es prácticamente seguro que no
En la clasificación de las obras del «Corpus», además de los dos tipos indicados, también se tienen en cuenta las obras escritas con anterioridad, las posteriores, las no citadas en la antigüedad, los escritos perdidos y las obras apócrifas.
«El mal sagrado» es una de las obras hipocráticas más estudiadas. Toda ella está impregnada de un espíritu racionalista y polémico que trata de hacer frente a la superstición. El mal sagrado es la epilepsia o gran mal, y algunas formas de afecciones afines. La singularidad de sus síntomas, así como su manifestación repentina, hicieron que se le atribuyera un origen sobrenatural. Grandes hombres de todas las épocas sufrieron esta enfermedad; por lo que sabemos, entre ellos hay que incluir a Alejandro Magno y a Julio César. Desde el primer párrafo, el autor hipocrático quiere romper directamente la falsa creencia popular, diciendo: «Me parece que este mal no es más divino ni más sagrado que las demás enfermedades».
En la obra mencionada también encontramos otro aspecto fundamental de la medicina griega: la preocupación por la etiología de las enfermedades. Para combatir el mal hay que conocer su origen y éste siempre es natural. Para descubrirlo tenemos que basarnos en la observación, la experiencia y el razonamiento.
En la obra que estamos tratando hay un detalle muy importante en relación con las ideas biológicas de la antigüedad: asigna al cerebro, en vez del corazón, la función de soporte material de la conciencia. Esta afirmación se opone a la tradición más generalizada en el pensamiento antiguo, en el que hay que incluir a la escuela italiana de Empédocles, a Alcmeón de Crotona y, como veremos en otra carta, al propio Aristóteles. A éste le impresionó que, en el desarrollo embrionario, el corazón sea lo primero que se mueve, es decir, la manifestación más precoz del «zoe».
El tratado «Aires, aguas y lugares» se centra en la idea de que tanto el cuerpo como el espíritu del hombre dependen del clima. Aquí aparece también un aspecto clave del método hipocrático, según el cual para conocer lo que ocurre en una parte se ha de tener en cuenta el todo. De ello deriva el valor de la consideración del medio, tanto para la etiología como para el pronóstico y, por consiguiente, para la profilaxis.
En «El pronóstico» se señala que el médico ha de saber apreciar de antemano el curso que seguirá la enfermedad, sobre todo cuando ésta conduce inexorablemente a la muerte. En este último caso hay que despedirse de los familiares o amigos o prevenirlos acerca de la probable inutilidad de sus esfuerzos, para mantener con
justicia el prestigio del ejercicio del Arte. Aquí se describe la célebre «facies hipocrática», todavía válida hoy en día: «nariz afilada, ojos y sienes hundidas, orejas frías y contraídas, con los lóbulos vueltos hacia fuera, la piel de la frente dura, tensa y reseca y el color de todo el rostro amarillento y oscuro». Hay también muchas otras observaciones extraordinarias de la persona próxima al tránsito, como «el deseo del enfermo de levantarse de la cama cuando la enfermedad se encuentra en el momento crítico» y cuando el paciente «mueve las manos delante del rostro, trata de agarrar algo en el vacío, arrancar hebras del cobertor o coger motas en las paredes. Todos estos síntomas son malos y de hecho fatales.»
En «El pronóstico» también se trata del interrogatorio y examen o exploración que hay que llevar a cabo cuando la actuación médica puede contribuir realmente a la curación. Incluye la localización de los dolores, las palpaciones, la fiebre y la consideración del historial, en el que se tienen en cuenta los vómitos, los esputos, las heces, la orina, etc. Finalmente, la reflexión.
Como afirmó el gran médico latino Celso, fue Hipócrates quien deslindó la medicina de la filosofía. Ello queda ilustrado de forma dramática en «La antigua medicina». Allí se insiste en que el arte no puede basarse en un postulado y que es fundamentalmente una «techne», fruto de la experiencia, y que aspira esencialmente a ser útil.
Fue en la escuela de Empédocles donde la cosmología ejerció los peores efectos sobre el arte de curar. La fiebre había de interpretarse como un exceso de calor y los escalofríos, como un exceso de frío. De este modo, el filósofo recomendaría una dosis de calor para curar los escalofríos y una de frío para curar la fiebre. El autor de «La antigua medicina» contesta que las causas de la enfermedad y de la muerte no pueden simplificarse de ese modo y que, cuando el hombre en momentos críticos reclama el médico, éste sólo puede ayudarlo basándose en la «techne», pero nunca en la cosmología, en la que no encuentra ninguna prueba que dé certeza a la forma de actuar. Por eso el médico hipocrático se escandaliza de la ignorancia del filósofo, insistiendo en el hecho de que la única piedra de toque de la «techne» está en el resultado. Es entonces cuando entra en juego otra característica fundamental del médico hipocrático, que es su preocupación personal por los sufrimientos del paciente. De este aspecto de la doctrina hipocrática nacerá una norma más general, que nos llevará a ver todo el conocimiento científico como un instrumento real puesto al servicio de la Humanidad. Es lo que más tarde se llamará ciencia positiva, en oposición a la especulación inoperante. En otras escuelas médicas como la de Cnido parece que el elemento especulativo tenía más importancia, pero para el médico de Cos el objetivo fundamental es el hombre que pide ayuda.
En «La antigua medicina» se sostiene que el método de observación y la experimentación constituyen la única vía para llegar a la comprensión de la naturaleza del hombre, en oposición al método apriorístico de los cosmólogos. Hipócrates admite el uso de la inferencia lógica para descubrir hechos que no están al alcance de los sentidos y desarrolla el método inductivo con toda claridad. En este punto coincide con Anaxágoras, Empédocles y algunos pitagóricos. Más aún, la infuencia de los filósofos sobre el médico hipocrático se pone de manifiesto cuando éste siente la necesidad de sistematizar el conjunto de sus conocimientos y de justificar racionalmente dicha necesidad, formando lo que podríamos llamar una teoría médica.
Hasta cierto punto, uno puede entrever que la llamada teoría hipocrática constituye un caso particular de aplicación de la teoría de la ciencia a la medicina: un intento de elaborar un cuerpo orgánico de conocimientos basados en la observación y en la experiencia, que puede ampliarse continuamente con generalizaciones cuya principal defensa es el hecho de ajustarse a la realidad de los fenómenos. Además de perseguir como fin el bienestar de la humanidad, la teoría hipocrática tiene una normativa que puede considerarse la base de la deontología médica occidental. Sin duda habrás oido hablar del juramento hipocrático, que es una forma resumida de dicho código deontológico. Ahora bien, los textos más antiguos que han llegado hasta nosotros, aunque están escritos en griego, son de la época imperial romana y es posible que las condiciones admitidas en esa época para el ejercicio de la profesión influyeran en su redacción.
Antes de permitir que el joven médico iniciara su ejercicio se le exigía un juramento solemne del tipo siguiente: «Aquel o aquellos que me han enseñado el Arte tendrán por mi parte la misma consideración que mis progenitores. Velaré por sus descendientes como si fueran mis hermanos y les enseñaré el Arte si lo quieren aprender, sin aceptar paga o recompensa. Mediante preceptos, lecciones y demás métodos de enseñanza transmitiré todo lo que sé a mis hijos y a los hijos de mis maestros, así como a los discípulos vinculados por el juramento y convenio (en este caso era necesaria una remuneración, generalmente muy elevada), pero a nadie más. En todo momento haré cuanto pueda para curar a los enfermos con la mayor solicitud y lealtad de que sea capaz. Nunca prepararé venenos ni practicaré abortos.»
Otras fórmulas del juramento también aluden a la obligación del secreto profesional y a no utilizar nunca la influencia sobre el enfermo o su familia en beneficio propio, ni con otro objeto que ejercer la profesión con la máxima eficacia.
Es obvio que el juramento hipocrático establece lo que hoy llamaríamos un sentido de clase entre los médicos, quizá abusivo, que ha prevalecido hasta nuestros
días. Ello queda fuera del papel social que uno espera del hombre de ciencia y de hecho hay que tomarlo como un fenómeno protocientífico. De todos modos, como ya he señalado, hemos de reconocer que es la primera afirmación formal de que el saber debe estar al servicio del hombre. Esta idea se convirtió en el tópico del científico durante los siglos XVIII y XIX, y por este motivo aún se considera a los científicos más destacados de esa época como grandes bienhechores de la humanidad. Otro aspecto que tal vez deriva de la moral hipocrática (y que fue introducido en la filosofía liberal como un rasgo característico del hombre de ciencia) es el respeto a la persona. Por tanto, nunca se hará nada que menosprecie a un individuo, ni siquiera en beneficio general. Quiero decir, por ejemplo, que el hecho de que un enfermo sea viejo e incurable no justifica, en este contexto, quitarlo de enmedio para dejar un sitio libre a quien convenga. Ello no impide que el sacrificio personal sea admisible, cuando se produce por propia voluntad. De ahí la actitud heroica de muchos científicos del siglo XIX, que no dudaron en sacrificar su propia persona en aras del progreso de la humanidad. Después de las dos guerras mundiales las cosas han cambiado, y la figura del científico y de la propia ciencia se han desmitificado, como reacción ante el hecho de que la ciencia pueda servir tanto o más para hacer el mal que para hacer el bien.
En el tratado «Sobre la naturaleza del hombre» se afirma: «El cuerpo humano consta de sangre, pituíta, bilis amarilla y bilis negra». Esta teoría de los cuatro humores, de la que hablaremos más veces, determinó dos concepciones. Por una parte, la que se refiere a los temperamentos: el sanguíneo, el flemático, el colérico y el melancólico, según si predomina la sangre, la flema, la bilis amarilla o la bilis negra. De hecho, la teoría hipocrática de los temperamentos ha durado hasta hoy, ya que todavía sirve de base a los distintos tipos de constitución. La otra concepción es que la salud es el resultado de una proporción armónica de humores dentro de cada temperamento y la enfermedad es el trastorno de dicha armonía. Así el autor de la última obra citada dice: «Hay salud completa, por tanto, cuando hay proporción perfecta, en cantidad y en calidad, y cuando la mezcla se ha realizado completamente; hay dolor cuando uno de esos humores se aisla en el cuerpo en una cantidad grande o pequeña».
El médico hipocrático conocía bastante bien los huesos del cuerpo humano y las articulaciones, puesto que el esqueleto ya había sido objeto de estudios directos. También conocía la técnica de reducción de fracturas. Los músculos estaban bastante bien descritos, posiblemente por influencia de los conocimientos aportados por los maestros de gimnasia. Sin embargo, la sustancia propia del músculo no se distinguía de la de otros órganos internos. Encontramos alusiones a diferentes partes del aparato digestivo, pero siempre con escasísimo conocimiento funcional.
Por ejemplo, el hígado y la vesícula interesaron al médico hipocrático, pero éste nunca tuvo una idea clara de su función. El páncreas fue totalmente ignorado. Se describía la respiración sin entender el papel de los pulmones, creyendo que el aire servía para enfriar la sangre. También se mencionaba el cerebro, la cavidad interna y los vasos principales, pero la circulación era inexistente. Las arterias contenían el aire caliente o «pneuma» del que provenía la fuerza vital. El ventrículo izquierdo estaba vacío de sangre, de acuerdo con la experiencia del carnicero. El alma era el «pneuma».
El sistema nervioso era prácticamente desconocido. El cerebro se consideraba una glándula secretora de agua, aunque por otra parte se lo tenía por centro del pensamiento, de los sentidos y del movimiento. Los nervios se confundían con los tendones y a veces incluso con las venas. No obstante, los hipocráticos distinguieron los principales nervios cerebrales y la anatomía del ojo y del oído. El aparato urogenital era descrito aceptablemente, pero las ideas sobre la fecundación eran totalmente fantásticas.
En los tratados hipocráticos encontramos la primera descripción zoológica. Contiene cincuenta y dos animales comestibles, divididos en cuadrúpedos domésticos y salvajes, aves y peces. Obviamente se trata de una zoología circunstancial, pero, como te decía, es la más antigua de la que tenemos testimonio escrito.
Aquí podemos concluir esta carta que pretende poner de manifiesto un capítulo realmente memorable de la perspectiva científica en la antigüedad y que podríamos denominar «La aportación hipocrática».
Te deseo el gozo de la proporción y la mezcla perfecta de los humores.
Afectuosamente,










