LA CIENCIA DEL SIGLO XIX

LA CIENCIA DEL SIGLO XIX
Begues, 26 de diciembre de 1984
Querida Nuria:
Recordarás que el verano pasado aprovechamos una estancia tuya en Begues para esbozar una visión de conjunto del siglo XVIII. De un modo parecido, ahora intentaré dibujar un esquema de la ciencia del siglo XIX en su contexto histórico, aprovechando estas vacaciones de Navidad que también pasamos juntos.
Una conclusión en la que estamos de acuerdo es que, en el siglo XVII, la Revolución científica resolvió muchos de los problemas planteados por los antiguos griegos, a base de emplear nuevos métodos matemáticos y experimentales. También hemos visto que, en la segunda mitad del siglo XVIII, esos mismos métodos plantearon y empezaron a resolver problemas enteramente nuevos. Además, se estableció un nexo definitivo entre el avance científico y los mecanismos de producción de los bienes de uso y consumo. Piensa que inicialmente la revolución científica estaba situada en un plano casi exclusivamente ideológico, y que en el terreno práctico sólo repercutió en el arte de navegar. En la época de la máquina de vapor todo eso cambió, y a comienzos del siglo XIX ya encontramos la opinión generalizada de que la ciencia era lo que había soñado Bacon, una fuente prácticamente ilimitada de poder práctico.
El final del siglo XVIII es una época de revoluciones, dirigidas fundamentalmente contra el poder de la iglesia y de las monarquías absolutas. Ello determinó la caída del Ancien Régime, un hecho histórico suficientemente relevante en la historia de Occidente como para marcar el fin de la Edad Moderna y el comienzo de la llamada Edad Contemporánea. En diferentes países de Occidente, el proceso se prolongará prácticamente a todo lo largo del siglo XIX. Simultáneamente, y sin solución de continuidad, irá surgiendo una corriente antiliberal que buscará, y en cierto modo sigue buscando, cambiar la estructura socioeconómica establecida por el capitalismo burgués. No sé hasta qué punto esa corriente política, así como el papel atribuido a la ciencia, están implícitos en aquella frase de Karl Marx que dice: «Hasta ahora los filósofos han tratado de comprender el mundo; de ahora en adelante, lo que deben hacer es tratar de cambiarlo.»
Como ya he señalado numerosas veces, la física newtoniana y la filosofía liberal tomaban como base el conocimiento de las leyes naturales, que dominarían tanto el sistema solar como la vida y la sociedad humanas. Dichas leyes serían inmutables e intemporales. Lo que hay que hacer es intentar conocerlas, y
organizarse de acuerdo con ellas. Con el cambio de siglo se introduce el concepto de evolución, que trastornará profundamente todo ese esquema, tanto en lo que respecta a la historia del Universo como a la propia historia humana.
Es importante tener presente la perspectiva social existente a mitad del siglo XIX. En las zonas industriales tiene lugar la formación de las grandes ciudades, con extraordinarios aumentos demográficos debidos a fenómenos migratorios. Los nuevos sistemas de producción iniciados en el siglo XVIII son complementados y potenciados por los nuevos sistemas de comunicaciones. Los símbolos característicos del siglo XIX serán el tren, la navegación a vapor y el telégrafo. Al margen de la época de las conquistas, la riqueza nunca se había podido acumular con tanta facilidad, y el propio poder político cada vez estará más relacionado con los progresos materiales generados por la nueva situación.
La economía política nace con Adam Smith (1723-1790) y Jeremy Bentham (1748-1832) a finales del siglo XVIII. De ahí surgió la corriente utilitarista de Ricardo (1772-1823) y John Stuart Mill (1806-1873), cuyo objetivo último era la máxima felicidad para el mayor número posible de personas. Es posiblemente en esa época cuando se inicia la carrera, que continúa en nuestros días, para mejorar la calidad de vida y el bienestar. Entretanto, un gran contingente de población iría pasando a la condición de empleados a sueldo, y empezaría in crescendo una lucha continua para lograr reivindicaciones frente al patrón, lucha que también ha llegado hasta nosotros.
Gran Bretaña representa el prototipo de la sociedad resultante de la revolución industrial. La primera industria importante fue la textil, cuya producción fue aumentando con el maquinismo y gracias a un mercado creciente, que se hizo realidad a base de ir aumentando los medios de comunicación y transporte. Muy pronto se incorporaron a la competencia industrial otros países, como Francia y Alemania.
Para nuestra perspectiva también hay que tener en cuenta la configuración de una nueva clase de profesionales, constituida por los modernos ingenieros. Ellos promoverán un desarrollo técnico cada vez más directamente vinculado a los avances científicos. Esta conexión se va poniendo de manifiesto a medida que avanza el siglo: como ya te he señalado, hasta el siglo XVIII inclusive, la técnica había evolucionado básicamente con independencia de la ciencia. Entre los nombres ilustres de ingenieros del periodo que estamos tratando tenemos a Stephenson (1781-1848), Brunel (1806-1859) y Trevithick (1771-1833).
El tren fue un producto de la minería del carbón. Primero se extendió por Gran Bretaña, y luego por el resto del mundo. Conviene señalar que, igual que había ocurrido con la construcción de canales, el tendido de vías férreas promovióenormemente el desarrollo de la geología. Junto con la navegación a vapor, constituiría un elemento decisivo en la mejora del transporte de todo tipo de mercancías. En 1822, el físico danés Hans Christian Oersted (1771-1851) descubrió los efectos de la corriente eléctrica sobre la aguja magnética. Ello serviría de base para la invención del telégrafo electromagnético, coincidiendo con el desarrollo del ferrocarril. Con frecuencia ambas líneas se tenderían a la vez, como hemos podido ver en tantos westerns. De hecho, lo que estimuló a los inventores del telégrafo –Morse, Wheatstone y otros físicos– no fue el deseo de satisfacer una mayor necesidad de comunicación entre personas de todo el mundo, sino la conveniencia de conocer rápidamente los cambios en los valores monetarios de las mercancías, los valores bursátiles y toda clase de acontecimientos que pudieran afectar a unos y otros. Uno de los mayores acontecimientos en el siglo de la comunicación fue el tendido del cable trasatlántico, en el que intervinieron
científicos de la talla de lord Kelvin.
Hacia la mitad del siglo se inició el desarrollo industrial de la química, que fundamentalmente fue promovido por la necesidad de sosa y ácido sulfúrico para la industria textil en expansión. Muy pronto se produciría un gran cambio debido al descubrimiento de los colorantes de anilina, que serviría de base para el desarrollo de la gran industria química alemana, y en general para el desarrollo de la química orgánica. El tercer escalón en el ascenso de la indutria química fue la producción de abonos artificiales, con los que se produciría un cambio espectacular en la producción agrícola. Es en esa época, al iniciarse la segunda mitad del siglo XIX, cuando encontraremos a Pasteur intentando evitar la acidificación de los vinos, de la cerveza
y del alcohol de remolacha, cosa que lograría mediante el tratamiento que hoy llamamos pasteurización. Con ello se puso de manifiesto que los microbios tenían un gran papel en la economía humana. En este sentido también es representativo el estudio que el mismo autor llevó a cabo sobre una enfermedad de los gusanos de seda, de extraordinaria importancia práctica. Pasteur pudo demostrar que los gusanos en realidad padecían dos enfermedades: la pebrina, que era hereditaria, y la llamada «flacherie»,
parecida al cólera. No quedaba otro remedio que destruir todos los gusanos y los alimentos contaminados, y reiniciar el proceso industrial con gusanos sanos. De este modo, el trabajo de Pasteur salvó a la industria sedera francesa.
A mediados del siglo XIX hay grandes epidemias por todas partes. Ello fue consecuencia de los grandes movimientos de población, a los que ya me he referido, y a la rapidez de los viajes. Naturalmente, también contribuyeron las grandes concentraciones humanas en las ciudades y las malas condiciones de los suburbios. De ahí que surgiera un aran interés nor la medicina social y la asistencia hospitalaria.
En este contexto hemos de situar el desarrollo de la microbiología de Pasteur y Koch por lo que respecta a los agentes causantes de enfermedades infecciosas, así como la vacunación y la mejora racional de las medidas sanitarias.
A comienzos del siglo XIX, las antiguas Academias habían decaído, y la mayor parte de las Universidades continuaban al margen de la revolución científica. En esas circunstancias aparecieron nuevas sociedades científicas, que son también una característica de todo el siglo XIX. El prototipo puede estar constituido por la Versammlung Deutscher Naturforscher, fundada por Oken en 1822, y otra que aún llegaría a tener más importancia, la British Association for the Advancement of Science, fundada por Babbage en 1831. Las sociedades científicas que irían apareciendo con posterioridad serían cada vez más especializadas, es decir, químicas, geológicas, astronómicas, etc.
Los cambios experimentados por la enseñanza universitaria a lo largo del siglo XIX configuraron el tipo de universidad en la que han estudiado todas las personas de nuestro siglo hasta los años sesenta. Los puntos de partida fueron la reforma napoleónica en Francia y la del Kaiser en Alemania, en este caso tomando como patrón las universidades de Göttingen y Giessen. Dos figuras determinantes para dichos cambios fueron Cuvier y Humboldt, cada uno en su país, como ya te he comentado en una carta anterior. Desde mediados de siglo la Universidad alemana adquiere una hegemonía indiscutible, llegando incluso a establecer el perfil humano de lo que hoy se entiende por profesor y por científico. Ello contribuyó en gran medida al hecho de que la lengua alemana tuviera un gran predicamento en la literatura científica hasta las dos guerras mundiales de nuestro siglo.
En los primeros dos tercios del siglo XIX, los progresos más característicos se producen en la química, la energía y la evolución. En química encontramos el extraordinario desarrollo de la teoría atómico-molecular. El crecimiento de la industria química que antes te he comentado también hizo que, a partir de la primera mitad del siglo, la mayor parte de los científicos cualificados fueran químicos. En el terreno de la física, la gran aportación del siglo XIX es la termodinámica. El principio de conservación de la energía permitirá entender una amplia gama de fenómenos, la interconvertibilidad y la unificación del calor, la luz, la electricidad y la energía mecánica. El segundo principio de la termodinámica determinará la disponibilidad energética y la eficacia de las máquinas, factor decisivo para el progreso tecnológico. Además, la termodinámica habría de tener un gran papel en nuestras ideas sobre la evolución del Universo. Finalmente, en el tercer aspecto, la evolución biológica y el darwinismo constituirán el signodominante de la biología del siglo XIX, con extraordinarias implicaciones filosóficas y socioeconómicas.
La etapa final del siglo XIX se caracteriza por la química orgánica y la microbiología. En el campo de la biología también hemos de señalar el gran desarrollo de la teoría celular, que continuará durante el siglo XX, y el trabajo de Mendel sobre cruzamientos de plantas, que será trascendental para la genética moderna. En física, la teoría electromagnética de la luz unificará la electricidad, el magnetismo y la óptica, constituyendo uno de los más grandes monumentos de la física matemática. Es la culminación de la física clásica. También encontramos el germen de la física atómica en la tabla periódica de Mendeleiev (1834-1907) y los descubrimientos de la radiactividad y los rayos X.
El pensamiento filosófico de la última parte del siglo está caracterizado por cuatro corrientes: el utilitarismo inglés, el positivismo francés, el pragmatismo americano y el materialismo alemán. Este último, que adquirirá formas diferentes después de Hegel, tiene como representantes a Haeckel (1834-1919) en el campo de la biología, y a Engels (1820-1895) y Marx (1818-1883) en el terreno socioeconómico.
La competencia entre las industrias será el origen de las grandes sociedades anónimas, precursoras de las multinacionales de nuestro tiempo. La industria textil irá siendo desplazada, primero por la industria metalúrgica y posteriormente por las nuevas industrias química y eléctrica. Estas últimas tendrán ya una conexión muy directa con la ciencia, y establecerán el modelo de desarrollo tecnológico que prevalecerá de forma general en el siglo XX. Aparece el fenómeno de los inventores que se hacen millonarios, y de los científicos que se convierten en hombres de negocios. Edison (1847-1931), Siemens (1816-1892) y Zeiss (1816-1888) pueden ser buenos ejemplos.
A finales del siglo XIX hay un gran pressing de la industria del acero, debido a su producción a gran escala y al abaratamiento de los costes. Ello debe atribuirse a las aportaciones de Bessemer (1813-1898) y Thomas (1850-1885). El acero tendrá un gran papel en el comercio exterior de los países productores, desencadenando una lucha implacable por los mercados exteriores.
El papel de la electricidad tiene como punto de partida la revolución de las comunicaciones. No obstante, pronto adquirirá importancia como forma de transportar energía a gran distancia, superior al transporte de carbón. Se desarrollará el motor eléctrico, y se construirán las grandes redes de distribución, convergentes con las de agua, gas, telégrafo y teléfono. El desarrollo de la energía eléctrica irá acompañado de grandes obras hidráulicas. Tanto la industria eléctrica como los
telégrafos y teléfonos serán objeto de grandes monopolios, y establecerán los primeros laboratorios industriales de investigación.
Quizá haya que llegar a la segunda mitad del siglo XIX para poder levantar aquella acusación de meditatio mortis que se había hecho a la medicina hipocrática, y que en cierta medida podía extenderse a la medicina posterior. La propia cirugía no podía hacer grandes progresos sin la anestesia y la asepsia, dos grandes aportaciones del siglo XIX. Los medicamentos realmente eficaces se reducían a la quinina y la vacuna antivariólica. La vacunoterapia y la seroterapia constituyeron avances decisivos, capaces de erradicar graves enfermedades históricas. Por otra parte, tomando como base los progresos de la química, con el salvarsán se inició una nueva terapia, que culminaría con las sulfamidas y muchas otras drogas de síntesis, ya en nuestro siglo. El propio desarrollo de la microbiología del siglo pasado sería la base para que más tarde se llegara al antibiótico como un nuevo tipo de medicamento revolucionario.
Ahora quisiera señalar algunos aspectos adicionales del contexto histórico del siglo XIX. Por una parte, el nacionalismo exacerbado dio lugar a una serie de guerras en Europa, con la creación de nuevos grandes estados. Entre estos últimos, tras el éxito de Prusia, se inició una hegemonía alemana que de algún modo ha estado ligada a los acontecimientos bélicos más importantes hasta nuestros días. También se produce la independencia de los países americanos que habían formado parte de los imperios español y portugués. Por contra, también tenemos el fenómeno colonial como rasgo distintivo del siglo XIX. Por una parte, la mecanización agrícola disminuye la necesidad de mano de obra para la producción. El desarrollo de las zonas industriales crea una demanda creciente de transporte de alimentos desde las zonas productoras a las zonas consumidoras. El trigo y otros cereales constituyen ejemplos característicos en este aspecto. Los excedentes económicos de los países industrializados tienen entonces su inversión más rentable en la explotación de otros países, no industrializados, que producen alimentos y materias primas. Ello traería consigo la competencia entre los grandes estados por las colonias.
También es característico de la segunda mitad del siglo XIX el gran desarrollo de Norteamérica, que acabaría convirtiéndose en la primera potencia mundial. El fin de siglo es la época de los grandes multimillonarios americanos. Tras la guerra ruso-japonesa también se produce el singular progreso del país del Sol Naciente, que igualmente pasaría a ser una gran potencia.
La fin du siécle tiene en general un tono pesimista con respecto al futuro de la humanidad, grandes tensiones sociales e inestabilidad política. Se originó unacorriente anticultural y anticientífica, al menos frente a aquello que el hombre del siglo XIX había creído ver en la ciencia. Dicha corriente se acrecentaría tras los dos grandes conflictos bélicos de nuestro siglo.
Para nosotros, resulta sorprendente el gran prestigio que llegaron a tener la ciencia y el científico en el siglo XIX. Me refiero al interés social y de cara al profano. Los círculos llamados de intelectuales, que hoy encuentran gracioso haber olvidado la tabla de multiplicar, en el siglo pasado mantenían discusiones sobre temas científicos como un asunto de interés preferente. Ello tiene precedentes en la época de Buffon y Voltaire, pero a lo largo del siglo XIX el interés por la ciencia llegaría a un círculo mucho más amplio, y sin el matiz filosófico que tenía en el siglo XVIII. Fijémonos en que Napoleón ya organizó, en el año 1807, una sesión pública para informar sobre el progreso de las ciencias. El propio Napoleón dio un premio a Humphry Davy (1778-1829), que éste fue a recoger personalmente pese a la guerra que sostenían Francia e Inglaterra. Las clases que daban Davy, Faraday (1791-1867) y Tyndall (1820-1893) eran sesiones populares, y verdaderos acontecimientos. Piensa que las clases de Tyndall en Estados Unidos, en los años 1872 y 1873, le permitieron ganar más de 13.000 dólares, que equivalían a una verdadera fortuna. Otro tanto podríamos decir de Humboldt, Liebig (1802-1873) y Helmholtz (1821-1894). La primera edición del libro «On the Origin of Species» de Darwin (1809-1882) se vendió totalmente el día de su publicación. La segunda edición, de tres mil ejemplares, también se agotó en pocos días, pese a aparecer sólo seis semanas más tarde que la primera. Otras obras de Darwin tuvieron el mismo éxito popular, comparable al de las novelas más leídas de la época. Claude Bernard (1813-1878) despertó el interés por la fisiología en un público totalmente profano mediante la Revue des Deux Mondes, y cuando en 1865 publicó su Introduction á l’étude de la médecine experimentale, la obra corrió de mano en mano entre un público amplísimo. En otra carta ya te hablé del éxito extraordinario de las obras de Flammarion.
Los debates públicos entre científicos despertaron un interés enorme. En otra carta ya hemos hablado del que se produjo entre Cuvier y Saint-Hilaire. Ahora podemos añadir las discusiones entre Huxley (1825-1895) y el obispo Wilberforce, que congregó a más de mil personas en Oxford, y que The Times siguió en su primera página. Otro tanto se puede decir de las célebres discusiones entre Pasteur (1822-1895) y Pouchet sobre la generación espontánea. Poco después, la granja de Pouilly-le-Fort se convirtió en un centro de interés internacional, cuando periodistas, hombres de ciencia, granjeros e intelectuales se reunieron para testimoniar que las ovejas podían ser inmunizadas contra el carbunco.
En 1807, durante la enfermedad de Humphry Davy, se publicaron boletines sobre su estado de salud, y ningún médico se atrevió a cobrar por atenderle. Darwin fue enterrado en Westminster con grandes ceremonias religiosas, y Pasteur en una capilla del instituto que lleva su nombre. Era el año 1895, y las exequias nacionales del gran hombre de ciencia se celebraron con una pompa sólo comparable al sepelio de Victor Hugo.
En 1899, Wallace –de quien ya te he hablado, y a quien volveremos a referirnos al tratar de Darwin– publicó un libro titulado «The Wonderful Century». En él hace un panegírico del siglo XIX y señala que, tomando los veinticuatro avances más importantes realizados durante el siglo, en el resto de la historia sólo se encontrarían quince de importancia comparable.
En este punto no puedo dejar de contar por escrito que, cuando en mi adolescencia se me despertó la afición científica, era aún bajo la influencia de la brillantez de la ciencia del siglo XIX, de esa época en la que el sabio era más admirable que el militar y que el político, más serio que el literato y el pintor, y más actual que el sacerdote. Creo que mis viejos maestros, de los que te he hablado tantas veces, era eso lo que veían y hacia donde me empujaban. Quizá se trataba de un verdadero eco del siglo XIX. Sea como fuere, el espíritu del siglo XIX sobrepasó los límites del calendario. Me parece que aún está presente en las conferencias de Einstein subvencionadas por Guillermo II, y en las grandes discusiones que originaron. Por lo que respecta a nuestro país, no puedo dejar de recordar al entonces joven Esteve Terrades, a Comas y Solá y a don Julio Palacios, los dos últimos en una posición conservadora y el primero en una defensa clarividente de las nuevas teorías. Las floristas de las Ramblas llevando ramos de flores a Fleming, el propio viaje de Fleming por España, igual que más tarde el de Waksman, todo ello era continuación del espíritu del siglo XIX. Es más, si me permites que insista, el propio Trueta, a quien tuve la suerte de tratar, representa más o menos lo mismo. Quizá el siglo XIX no moriría hasta Hiroshima.
Afectuosamente,