LA CORRIENTE IATROQUÍMICA
Begues, 19 de abril de 1984
Querida Nuria,
Es el momento de tratar de dos personajes que ya te mencioné en la carta anterior, para que te hagas idea de un aspecto del siglo XVI que es de gran importancia en el contexto de la Historia de la Ciencia. Me refiero a la corriente iatroquímica. «Iatrica» quiere decir medicina. Quizá recordarás el libro de Menón, que te mencioné al tratar de los discípulos de Aristóteles. En el Renacimiento hay una transición desde la alquimia a la química, que es la iatroquímica. En cierto modo, esta transición implicará que la química moderna nazca como una ciencia auxiliar de la medicina.
Debes darte cuenta de que esta transición significa un cambio importante en el pensamiento. Como casi siempre, el cambio se produjo de un modo gradual. Aunque encontramos indicios en Fernel, Paracelso y sus sucesores, van Helmont y de la Bóe Silvius son sus representantes más destacados.
En el Pseudo-Basilio, libro de alquimia del Renacimiento, se expone que todos los cuerpos están constituidos por azufre, mercurio y sal, de los que proceden respectivamente las cualidades de combustibilidad, volatilidad y solidez. Los iatroquímicos buscan las causas de las funciones vitales en estos principios, cuya actividad es proporcionada y ajustada a medida por una especie de entidad independiente de la voluntad humana a la que llamaron archeus. Cuando éste pierde el control de la situación, se producen las enfermedades. Por ejemplo, un exceso de azufre produciría la peste o la fiebre, demasiado mercurio causaría parálisis o melancolía, y la diarrea y la hidropesía serían consecuencia de la sal. A través de un mejor conocimiento de los procesos químicos que tenían lugar en el cuerpo se esperaba hacer progresos en terapéutica. Para ello, uno debía esforzarse en analizar productos naturales, y obtener nuevos compuestos químicos en el laboratorio. Llevados por estas ideas, los iatroquímicos consiguieron algunos resultados interesantes, y una experiencia sin duda valiosa para el desarrollo posterior de la química.
Sabes que hoy los trabajos científicos han de ser escritos con mucho rigor. Es probable que en este momento, a punto de terminar la redacción de tu Tesis doctoral, tengas más claro que nunca el modo de dar a conocer la investigación científica, y los resultados obtenidos. Sabes que hay una serie de exigencias que son de obligado cumplimiento. Todo debe ajustarse a una cierta economía, y las partes han deencajar perfectamente unas con otras. En ningún momento podrías aludir a la magia o a la astrología, ni a tus ideas políticas, ni a nada que esté relacionado con tu vida emotiva, por mucho que esta última esté presente en todos nuestros actos. Cuando esa chica a la que Serge dirige el DEA redacte su memoria, no podrá hacer constar que cada día reza cinco veces, incluso mientras trabaja en el laboratorio. Sea como fuere, es imprescindible ser extraordinariamente exigente en materia de evidencias objetivas. Como sabes, en los artículos que se publican en las grandes revistas internacionales, estos requisitos se llevan a un extremo, dentro de un formalismo muy riguroso. Un paper sólo será aceptado si se ajusta estrictamente a determinados requisitos formales. Un artículo redactado de forma excéntrica sería rechazado sistemáticamente, incluso si se tratara de un gran descubrimiento científico. Incluso hay manuales que te explican cómo hay que atender a cada detalle, y me parece que hace unos años hice llegar a tus manos el célebre How to write and publish a scientific paper de Robert A. Day. Conviene que sepas que los hombres del Renacimiento no escribían de este modo, y que en algún caso concreto –como Paracelso– no se observaba ni una sola de las reglas actualmente admitidas. Lo que este autor dejó escrito sobre la materia viva, tema que le interesaba apasionadamente, sólo puede entenderse en términos de su propio estilo intelectual, lleno de complejidades, desarticulaciones, contención, autocontradicción y aseveraciones dogmáticas. Lo mezcla todo: doctrina bíblica, magia natural, alusiones cabalísticas, alquimia, astrología, folklore y experiencia positiva. Objetividad y fantasía, humildad y arrogancia, naturalismo y superstición.
La historia nos enseña que, con independencia de un cierto progreso en dirección al conocimiento, hay una tendencia constante hacia las convicciones fantásticas. Es más, parece que lo que podemos llamar saber oficial o institucionalizado ha constituido siempre una reacción para frenar dicha tendencia. Por este motivo, cuando una cultura entra en crisis y su credibilidad se derrumba, automáticamente se da rienda suelta a toda clase de tendencias irracionales como supersticiones y especulaciones místicas. Lo más curioso es que siempre se siguen los mismos modelos, y se vuelven a repetir las mismas barbaridades. Durante el Renacimiento, el éxito de la magia, la alquimia y la astrología está estrechamente ligado a la decadencia de la escolástica. La corriente iatroquímica aparece en el mismo contexto.
Philippus Teophrastus Bombastus von Hohenheim nació el año 1490 en el famoso monasterio de peregrinos de Maria Einsiedeln, en el cantón suizo de Schwyz. Más tarde adoptó el nombre de Paracelso, que quiere decir «superior a Celso». En sus escritos a veces firmaba como Paracelso, otras como Aureolus Bombastus, y otras con el nombre de Eremita. Su padre adoptivo era el médico
del monasterio. Parece que Paracelso era hijo ilegítimo de un caballero de San Juan, de la noble familia Bombastus von Hohenheim. Es probable que su madre fuera una campesina guapetona que más tarde se convertiría en enfermera del monasterio. Fue bautizado con el nombre de Teofrasto en honor al gran botánico griego continuador de Aristóteles. Paracelso creció en medio de la pobreza, y durante toda su vida fue lo que se dice un hijo del pueblo, pese a la esmerada educación que recibió de su padre adoptivo, y como estudiante en Basilea. De temperamento rebelde, abandonó pronto la universidad y durante algún tiempo estudió alquimia con un célebre monje llamado Trithemius. Éste era un gran erudito, además de un abad excéntrico que hizo instalar un laboratorio fantástico en su convento. Más tarde, el joven Paracelso trabajó como aprendiz de minero en el Tirol; además de aprender el oficio, se instruyó en metalurgia. Abandonó este trabajo para incorporarse a una clase social que ya te he mencionado, y que en la época de Paracelso ya estaba un poco pasada y tenía una imagen un tanto degradada. Me refiero a los célebres scholares vagantes, que en el siglo XVI no eran más que una especie de aventureros ilustrados. Viajó por Alemania, España y Francia, para luego alistarse como cirujano en el ejército con el que Christian II de Dinamarca invadió Suecia en 1520. De este modo llegó a Estocolmo, y desde ahí viajó por su cuenta a Moscú. En ese punto se pierde su itinerario, que reaparece en Estambul, desde donde volvió a su patria. Se sabe que en sus viajes visitó muchas universidades, aunque sin demasiado interés. Prefería relacionarse con personas extravagantes como curanderos, brujas, barberos cirujanos, zíngaros y verdugos. Adquirió una personalidad singular que le llevó a ejercer la medicina. Su fama se extendió hasta tal punto que en 1526 fue nombrado protomédico de Basilea, con derecho a revisar la farmacopea de la ciudad y dar conferencias en la Universidad. Su magisterio en Basilea comenzó con una escena sonada, de la que ya te he hablado: la quema ceremonial de los tratados de Galeno y Avicena. De hecho, como clínico parece que tuvo bastantes éxitos, administrando medicinas sencillas y baratas, y logrando curas atrevidas. Sin embargo, se enemistó rápidamente con todos sus colegas, sobre todo por su temperamento agresivo y altivo. Los farmacéuticos de Basilea se enojaron con él y lo expulsaron de la ciudad, llevándolo a retomar su vida errante. Recorrió ciudades de Alemania durante diez años, y se sabe que con frecuencia tuvo que escapar de los aguaciles, o de la persecución de algún enemigo que se la tenía jurada. Finalmente, el arzobispo Ernst lo acogió, y alrededor de 1540 lo invitó a establecerse en Salzburgo. Parecía que tenía por delante sus mejores días, pero no fue así. Antes de un año murió violentamente, sin que se llegara a saber si había sido por accidente o en una pelea estando borracho. Antes de su muerte había dejado todos sus bienes a los pobres.
Después de todo lo que te he contado, puedes entender que Paracelso haya sido juzgado de formas muy diversas. Para muchos no deja de ser un pillo desvergonzado que trafica constantemente con la buena fe y las supersticiones del prójimo. Por contra, sobre todo entre los comentaristas actuales, hay quien lo considera uno de los espíritus más atrevidos de todos los tiempos, y un gran precursor de la ciencia moderna. Es probable que ambos tipos de juicios tengan argumentos a favor. Ya te he hablado otras veces de personajes interesantes de este mismo tipo, uno de los cuales es Nostradamus.
Al hablar de Paracelso hay que poner de manifiesto un cambio lingüístico muy significativo. Es uno de los primeros que no da clase en latín sino en alemán. Ten en cuenta que conocía muy bien el latín, y probablemente también el griego y el árabe. La docencia en alemán tiene un paralelismo con Lutero y su traducción de la Biblia al «hochdeutsche». Parecelso admiraba mucho a Lutero, aunque no lo siguiera en su Reforma y se mantuviera fiel a la Iglesia romana. Otro rasgo llamativo de Paracelso tiene relación con el lenguaje, y es característico de determinadas épocas, entre ellas la nuestra: la sustitución del habla culta y cuidada por un lenguaje grosero y sin miramientos, aderezado con palabrotas.
Otra convicción de Paracelso era que había que reformarlo todo, y que para entender la naturaleza se debía partir de cero. Sin embargo, a la hora de la verdad, él toma lo que le parece del pasado y de la experiencia ajena, y lo mezcla sin ton ni son. Esto, que también es característico de muchos de los que hoy llamamos «progres», es una actitud humana reiterativa a lo largo de la historia. Siglos más tarde, el encantador Byron, de ilustre linaje, se le parecerá en el temperamento. Son personas que siempre tienen algo de charlatanes y embaucadores. Paracelso era sin duda uno de ellos.
Es típico que en sus escritos médicos Paracelso se muestre lleno de bondad y moralidad, y que pronto pierda el equilibrio y se deje llevar por expresiones desaforadas: por ejemplo, que diga que los cordones de sus zapatos saben más medicina que la que se pueda aprender en toda la obra de Galeno y Avicena. En sus escritos polémicos va aún más lejos, y se muestra decididamente insultante.
Paracelso fue antes que nada alquimista, y quizá por eso durante toda su vida despreció la anatomía. Contempla el cuerpo humano y sus funciones como una parte del mundo, dependiente del proceso cósmico global y de sus manifestaciones en cada momento. Las actividades vitales son el resultado de procesos químicos, pero todo está conectado: los astros, las cosas terrestres y los seres humanos. Esta conexión oculta entre todo lo que ocurre en el universo es una idea relacionada
con la cábala, y para captarla parece que hay que alcanzar un estado místico, tal vez difícil de entender para una mentalidad como la tuya y la mía.
Paracelso distingue cinco clases de enfermedades, que llama respectivamente «ens astrale, veneni, naturale, spirituale et deale». No queda demasiado claro en qué consiste cada una de esas cosas; parecen algo así como potencias místicas de diferente origen y con poder para causar la enfermedad. El ens astrale proviene de las estrellas, que tienen vida y pueden envenenar la atmósfera. El ens veneni causa enfermedades después de ingerir algo nocivo. De hecho todos los alimentos, además de convertirse en materia propia, originan venenos que hay que expulsar del cuerpo. Además de lo que se elimina en las heces y la orina, Paracelso considera que en el sudor se excreta mercurio, mientras que por la nariz se elimina el exceso de azufre, y por el oído el de arsénico. Cada organismo tiene su propio «archeus», un pequeño alquimista que dirige continuamente la obra; si se descarría, el cuerpo enferma. El archeus debe ser un ente espiritual que llevamos dentro, independiente de nuestra voluntad y de nuestra propia alma. Paracelso lo describe partiendo de la base de que el ser humano es un microcosmos, y contiene elementos que se corresponden con toda clase de fenómenos del mundo exterior, particularmente con los astros. Por ejemplo, el hígado está ligado a Júpiter, y la vesícula biliar, a Marte. El corazón, al Sol. El cerebro, a la Luna. El bazo a Saturno, los pulmones a Mercurio, y los riñones a Venus. Todos estos órganos efectúan una especie de movimientos planetarios dentro del organismo y, si en un momento dado se colocan en una posición relativamente desfavorable, como consecuencia se desencadena una enfermedad. Algunas enfermedades también se deben a la economía de los cuatro elementos, del mismo modo que los cuatro temperamentos están relacionados con los cuatro sabores: ácido, dulce, salado y amargo.
A continuación tenemos el «ens spirituale», que es un concepto muy peculiar. Paracelso cree que el alma es obra de Dios, pero además está el espíritu, que es fruto de la voluntad humana. Cada hombre puede influir y ser influido por los demás a través del espíritu. De ahí que un enemigo pueda hacerte sufrir, y de manera precisa en una parte concreta de tu cuerpo: basta con que se concentre ante una imagen tuya de cera y clave un aguja en la parte oportuna. Es un método al que los brujos de todas las épocas han sido aficionados. Finalmente tenemos el «ens deale», enfermedad derivada de la propia voluntad divina. Ante ella, sólo valen las oraciones y prácticas piadosas.
Me gustaría, querida Nuria, que ahora, repasando esta sinopsis de la patología de Paracelso, te plantearas en un caso concreto cuál es la causa de una enfermedad.
Un retortijón de vientre, por ejemplo, podría tener más de un centenar de explicaciones. Sólo el experto sabe distinguir cuál es la verdadera en cada caso.
Paracelso también describe la teoría de las signaturas, según la cual en cada planta hay una señal indicativa de la enfermedad que puede curar. Por ejemplo, la peonia tiene pistilos en forma de cerebro, y ello indica que contiene un principio que permite el tratamiento de las parálisis encefálicas.
Uno no puede dejar de encontrar sorprendente que un número tan grande de bobadas haya influido tanto en la historia de la humanidad. De todos modos, Paracelso también tuvo logros enormemente positivos, como el tratamiento de las heridas con curas sencillas e higiénicas, la utilización del mercurio contra la sífilis (un remedio que ha durado hasta nuestro siglo) y la introducción de muchos medicamentos sencillos que se han usado largamente. Acertadamente, Paracelso preconizaba un tratamiento diferente para cada enfermedad, actitud opuesta a las triagas y la panacea galénica.
La importancia de las reacciones químicas en la fisiología es una idea central de la corriente iatroquímica que Paracelso ayudó a asentar, y que de hecho habría de triunfar en la ciencia moderna. Es un avance conceptual con respecto a la cocción aristotélica que el propio Vesalio todavía admitía. La propia concepción de la vida como una fuerza mística vinculada a todo lo que existe no ha cesado de tener eco en el pensamiento posterior.
Con sus discípulos directos, Paracelso no fue muy afortunado. Como es natural, ninguna persona culta y serena era capaz de aguantarle por mucho tiempo. Su influencia se debe a sus escritos. Los seguidores que tuvo en vida eran una pandilla de individuos sin cultura, que no tenían la menor posibilidad de distinguir lo que era válido y lo que no lo era en las ideas de su maestro.
Jan Baptista van Helmont nació en Bruselas en 1577 en el seno de una familia noble y rica. Parece que fue un chico espabilado que a los diecisiete años ya había terminado los estudios universitarios de filosofía. Luego estudió teología con los jesuítas, y tal vez por eso permaneció toda su vida obsesionado por los problemas de la otra vida. Trabajó de lo lindo los autores neoplatónicos y la obra de Paracelso, a quien siempre veneró como un gran maestro aunque ocasionalmente se permitiera criticarlo. A los veintidós años se graduó en medicina, y luego se dedicó a viajar. A su regreso contrajo un matrimonio de conveniencia, que era lo más pertinente, y se instaló en una de sus posesiones en el campo, una especie de Begues en grande. Allí dividió su tiempo entre hacer trabajos científicos y magníficas obras de caridad. Esto último incluía el ejercicio continuado de la medicina, con la
particularidad de que nunca cobró absolutamente nada por hacerlo. Este hombre tan ejemplar pasó a mejor vida, si es que eso es posible, el año 1644.
Es probable que van Helmont fuera un hombre mucho más cultivado que Paracelso. Desde luego, era mucho más educado, y estaba perfectamente integrado en el sistema de los hombres de bien y como Dios manda. Pese a su temperamento delicado y amable, tenía algunas afinidades con Paracelso. En sus cavilaciones místicas se excitaba fácilmente, y tenía visiones que se provocaba mediante autosugestión. Se inspiraba en el crepúsculo matutino, como aquello del «trino del duablo».15
Van Helmont se opone a Aristóteles y a Galeno. Rechaza la teoría de los cuatro elementos, y sobre todo del fuego como uno de ellos. Por desgracia, sus escritos son aburridos y difíciles de entender, en parte por la profusión de alusiones místicas. Sea como fuere, una cosa importante es que llegó a una especie de esquema de la naturaleza de tipo químico. En dicho esquema tiene un papel destacado la fermentación. Logra demostrar que en ella se produce un «aire» idéntico al que se origina al quemar carbón de leña, y que puede hacer irrespirable la atmósfera de las bodegas. Para ese «aire» particular inventó el nombre de «gas», que la ciencia posterior adoptaría definitivamente. Por tanto, el nombre de gas se debe a van Helmont. Además, introdujo el concepto de que existían distintos tipos de gases. Por desgracia, sólo descubrió completamente el que él llamó «gas silvestre», más tarde llamado «gas fijo» y finalmente anhídrido carbónico.
Según van Helmont, la digestión de los alimentos se debe a diversos fermentos. Destaca el papel del ácido en la labor digestiva, y supone acertadamente que se neutraliza por medio de la bilis. Por otra parte, imagina un gran número de fermentaciones adicionales que tendrían lugar en el organismo, todas las cuales son pura fantasía.
Igual que Paracelso, centra y jerarquiza la actividad vital en el «archeus», que estaría situado en el estómago. Complica las cosas un poco más al suponer que habría un surtido de «archeus» secundarios en diferentes partes del cuerpo. Cree que además del alma existe el intelecto, que permite que aquélla participe de la dicha, y que ha controlado toda la actividad vital desde el pecado original. También cree en la interacción de todos los cuerpos del Universo a través de una gran variedad de fuerzas que llama «blas». Hay un «blas» que viene de los astros.
Van Helmont contempla el agua como el elemento esencial para la vida. Cree que los vegetales crecen con el agua de la lluvia, e intenta demostrarlo pesando a
15 Obra del compositor Giuseppe Tartini (1692-1770)distintos tiempos la tierra de una maceta y la planta que crece en ella, observando el incremento de peso después de descontar el agua que se pierde.
Como médico, van Helmont puso de manifiesto una mezcla de fantasía y habilidad que le hace parecerse a Paracelso. Luchó contra los abusos de las sangrías y las «curas de moro» que estaban de moda en su época. Entre unas cosas y otras, van Helmont tuvo gran influencia sobre el pensamiento posterior.
También debemos hablar un poco de Frans de le Boe Sylvius, nacido en Hanau en el año 1614. Primero ejerció de médico y más tarde fue profesor en Leiden. Sus trabajos estaban fundamentalmente encaminados a dar una interpretación química del proceso vital; de ahí que lo debamos considerar un continuador de la corriente iatroquímica aunque viviera durante el siglo XVII. Introdujo un gran número de productos químicos, y murió en Leiden en 1672.
Otro continuador de la corriente iatroquímica fue Otto Tachenius, que nació en Hersforfd, Westfalia. Primero fue aprendiz de boticario, y luego estudió medicina en Italia, ejerciendo la profesión en Venecia. Fue el primero en definir la sal como una combinación entre un ácido y un álcali, y estableció los fundamentos del análisis químico cualitativo. Otro logro relevante de Tachenius fue la comprobación de que la transformación del plomo en minio conlleva un aumento de peso.
La corriente iatroquímica, aunque esté al margen de la revolución científica, da lugar a un fenómeno importante para el desarrollo de la química. En las reboticas de los farmacéuticos hay una enorme actividad, con objeto de preparar nuevos productos químicos con acción terapéutica para sustituir a los antiguos «simples» de origen vegetal. De este vivero saldrían eminentes químicos a finales del siglo XVI y durante el XVII.
Entre las combinaciones inorgánicas con aplicación médica que se descubrieron en esa época podemos citar el nitrato potásico, el sulfato y el cloruro. Glanbee obtuvo el sulfato amónico y, junto con Libavius, desarrolló las sales amónicas. También se obtuvieron derivados del antimonio y el bismuto. El preparado que Paracelso denominó arsenicum fixum era el arsenato potásico, obtenido al combinar arsénico con nitrato potásico. Después de Paracelso, llegaron a tener gran predicamento algunos derivados del mercurio (como el sublimado corrosivo) y de la plata (como la «piedra infernal», es decir, nitrato de plata).
En el campo de los productos orgánicos, se prepararon ácidos acético y tartárico, por destilación del vinagre y de la madera, y a partir del cremor tártaro. Se obtuvieron sus sales, así como el «spiritus tartari». Del ácido de las manzanas se obtuvo la «tinctura martis pomata». El éter sulfúrico fue obtenido por Valerius
Cordus, y se empleó como medicamento con el nombre de «oleum vitriolum dulce verum». El propio Paracelso usaba mezclas de alcohol y éter.
Dejémoslo por hoy.
Afectuosamente,










