LA ESCUELA DE QUÍMICA DE BARCELONA DE COMIENZOS DEL
SIGLO XIX
Begues, 18 de Junio de 1998
Querida Nuria:
El último viaje a Montpellier ha sido breve pero lleno de cosas interesantes. En principio, sólo íbamos para asistir a la sesión pública de tu Habilitation á Diriger des Recherches, pero el acontecimiento tenía el encanto añadido de producirse en la antigua sede de la Facultad de Medicina. Recuerdo muy bien
cuándo estuve ahí por primera vez, el año 1957, con motivo de las IVes Journées Biochimiques, en las que presenté dos comunicaciones sobre el transporte de glucosa a través de la membrana celular de la levadura. Me quedé muy impresionado, desde la entrada de la Facultad, presidida por las solemnes esculturas de Barthez y Lapayronie, hasta la clausura del congreso en el antiguo Paraninfo. La visita de ahora ha sido como un eco de la primera. Si aquélla fue un hito al comienzo de mi carrera, la de ahora quizá señale el ocaso, cuarenta años después.
Como sabes perfectamente, estoy terminando el último curso de mi vida académica. Tal vez por ello, las circunstancias que te he contado me hicieron sentir cierta nostalgia… ¡Adiós, Mr. Chips!
No hace falta que te repita que estuviste muy bien, tanto en la exposición como en el debate. El jurado me pareció muy competente, aunque he de reconocer que en esa área de conocimiento cada día que pasa entiendo menos cosas. No hace falta decir que en otras áreas me ocurre lo mismo: es la miseria del hombre. En cambio, me quedé un poco decepcionado del trato personal que mostraron los miembros del jurado, tanto conmigo como entre ellos. Tanto es así que poco después, en la Universidad Henri Poincaré de Nancy, no pude dejar de comentarlo con mi buen amigo Louis Schwartzbrod en presencia de otros profesores que conozco desde hace tiempo. Me dijeron que hoy en día era muy corriente, y que no había que darle ninguna importancia. Que no todo el mundo es igual, obviamente, pero que entre los profesores de la generación del 68 es normal. No le dimos más vueltas, pero me vino a la cabeza lo que dijo Guillemin, premio Nobel de Medicina, cuando fue nombrado honoris causa por nuestra Universidad: lo peor y más sorprendente es que ese tipo de talante no impida la tranquila aceptación de un lamentable inmovilismo por lo que se refiere a otros rasgos de la Universidad francesa.
En otras cartas, de hace mucho tiempo, te hablé de la Escolástica y de las Universidades en el siglo XIII. Naturalmente, ahí aparecía la Universidad de Montpellier, así como las dos grandes figuras de la Cataluña de aquel tiempo que
estuvieron relacionadas con ella: Ramon Llull y Arnau de Vilanova. Este último estudió en la Facultad de Medicina de Montpellier, y más tarde fue profesor en ella durante mucho tiempo, influyendo de forma extraordinaria sobre la medicina académica, en Francia y en todo el Occidente cristiano. Llull y Vilanova no sólo forman parte de nuestra historia, sino que son universalmente estudiados. Por lo que respecta a Arnau de Vilanova, entre los historiadores recientes son muy conocidos los estudios de García Ballester y de su discípulo M. R. McVaugh de la Universidad de Carolina del Norte. Este último tiene un magnífico capítulo, dedicado exclusivamente a Arnau, en «La Ciéncia en la História deis Països Catalans». En dicho capítulo se atestigua el gran protagonismo de Arnau en el desarrollo de la medicina académica en toda Europa durante la baja Edad Media. Conviene que no olvides que sus fuentes eran las versiones en árabe de Hipócrates y Galeno, y los propios grandes maestros árabes, Avicena y Razés. Arnau también es importante en el tema de la alquimia medieval, y ahí su fuente es Gerber. Llull y Arnau de Vilanova son dos grandes figuras del Renacimiento cristiano del siglo XIII. También quiero decirte que no puedo olvidar sus nombres escritos en las grandes placas de mármol del vestíbulo de la Facultad de Medicina, ni en catalán, ni en latín, ni en francés. ¡Verdaderamente lamentable!
Otras veces también te he hablado de profesores ilustres de Montpellier como Rondelet y Belon y, entre otros más recientes, de Barthez. De todos modos, y dada la circunstancia de tu habilitación, hoy me gustaría hablarte de Francesc Carbonell, y de la Escuela de Química de Barcelona de comienzos del siglo XIX. Vale la pena, y nunca te he contado nada al respecto. Naturalmente, ello se debe a que yo mismo sabía bien poco del tema antes de ingresar en la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona. Es ahí donde he podido conocer mejor nuestros siglos XVIII y XIX, especialmente obligado desde que soy presidente, y desde que estoy implicado en el monumental proyecto «La Ciéncia en la História deis Paisos Catalans». Esto último, por haber caído ingenuamente en la trampa que me pusieron Joan Vernet y el Presidente del Institut d’Estudis Catalans. Pero, como dice el proverbio castellano: «a lo dicho, hecho, y a lo hecho, pecho».
Francesc Carbonell i Bravo nació en Barcelona en 1768 y murió en la misma ciudad en el verano de 1838. Por tanto, nos hallamos ante un hombre del final de la Ilustración, y de la época de la llamada «Guerra grande» o «Guerra del francés». Al hablar de la Ilustración, ya te he señalado que durante el reinado de Carlos III se hicieron notables esfuerzos para impulsar la enseñanza de la química moderna en España. Los ejemplos principales son la contratación de Louis Proust, en 1778, para dirigir la Cátedra de Química del Seminario Patriótico de Vergara, la creaciónde la Cátedra de Química de la Escuela de Artillería de Segovia (1792), dirigida por el propio Proust, y donde su discípulo Juan Manuel Munárriz tradujo el Traité de Lavoisier (1798), ya con Carlos IV como rey de España. Podemos añadir la cátedra en Madrid de Domingo García Fernández (1787), discípulo de Chaptal en Montpellier, y la de Pedro Gutiérrez Bueno (1788) y Chaveneau.
En 1767, la Real Academia de Ciencias
Naturales y Artes de Barcelona ya había tomado algunas iniciativas en relación con la enseñanza de la química, impartiendo determinados cursos. En 1788, el conde de Floridablanca, que era miembro de la Academia, solicitó un informe a la Junta de Comercio de Barcelona para instaurar una escuela de física y otra de química. Enterada la Academia, se apresuró a notificar que ambas disciplinas ya se impartían en la propia institución, lo que originó una cierta competencia entre la Junta y la Academia para tutelar ese tipo de enseñanzas. Por dificultades financieras, el proyecto se postpuso, y en 1793 se volvió a tomar en consideración, teniendo en cuenta la importancia de la química aplicada en el contexto de las manufacturas, la
industria y el comercio de Cataluña. La Junta de Comercio se inclinaba por contratar un profesor extranjero, como se había hecho en la Corte con Proust y Chaveneau. Por contra, Domingo García Fernández, una de las figuras clave de la Junta General de Comercio y Moneda, abogaba por promocionar expertos del propio país. En este contexto, se planteó la candidatura de Francesc Carbonell como director de la nueva institución docente. Conviene que sepas que Carbonell ya tenía una merecida reputación, especialmente como médico y hombre ilustrado, pero también como químico. Era un genuino representante de la figura del médico-químico propugnada por Chaptal. Durante la estancia de Carbonell en Montpellier de los años 1798 y 1799, su interés por la química aplicada se hizo aún mayor gracias a Chaptal. También contribuyó a ello el par de años que Carbonell trabajó en Madrid con Proust y Hergen.
Carbonell era doctor en Medicina por la Universidad de Huesca (1795), pero se doctoró de nuevo en Montpellier en 1798. Defendió su tesis en latín, pero la memoria fue rápidamente traducida al francés y al castellano a causa de su gran interés. La estancia de Carbonell en Montpellier contribuyó a hacerlo famoso en
toda Europa. Su célebre «Elementos de farmacia fundados en la química moderna», editado en 1801, es la traducción de la obra escrita en latín y publicada igualmente en Montpellier en 1796. Francesc Carbonell consiguió el nombramiento oficial como director de la Escuela de Química de Barcelona, y a partir de ese momento se preocupó de montar su laboratorio en la Academia de Ciencias, a imagen del que Proust tenía en Madrid.
El 30 de abril de 1805 apareció en el Diario de Barcelona un anuncio de la inminente apertura de la Escuela de Química en los locales de la Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona, en un intento de captar alumnos. Todas las mañanas había clases teóricas, y los sábados se hacían prácticas. La mañana del 16 de mayo, Carbonell hizo el discurso inaugural ante las autoridades militares y civiles en la Llotja. Además de las entonces obligadas florituras retóricas, en su discurso Carbonell dejó bien sentadas las bases de su proyecto: las artes químicas que se podían cultivar en Cataluña o en cualquier otra región, comparadas con las que se podían cultivar en Cataluña con algún tipo de ventaja y con más esperanzas de éxito que en otro sitio. En esta segunda parte usaba criterios basados en la tradición artesana, la posibilidad de obtener materias primas, las conexiones comerciales, la demanda, la naturaleza del suelo, la relación con otras industrias, etc. Un siglo más tarde, Puig y Cadafalch propugnaría más o menos lo mismo.
Los primeros resultados de las lecciones impartidas por Carbonell se mostraron en los singulares «Ejercicios públicos de química», celebrados por primera vez en 1807. Los alumnos distinguidos, entre los que encontramos apellidos que llegarían a ser célebres —como el de Agustín Yáñez, que habría de ser el primer Rector de la Universidad de Barcelona tras su restauración definitiva— mostraban al público algunos experimentos de laboratorio, a la vez que comentaban el fundamento teórico de cada práctica. Se trataba de pruebas públicas, en las que todo el mundo podía preguntar lo que le pareciera oportuno a los que se examinaban. Las respuestas eran evaluadas por un jurado calificador. Todos los exámenes fueron preparados por Carbonell, y se imprimieron para su divulgación posterior. Gracias a ello se puede constatar que las preguntas teóricas hacían referencia a las grandes aportaciones de Chaptal, Bertholet, Guyton de Mordeau, y sobre todo a las grandes contribuciones analíticas y la clasificación de sustancias de Fourcroy. En los ejemplos prácticos escogidos, muy concretos, siempre se procuraba hacer hincapié en su proyección aplicada.
El 8 de junio de 1805, en los locales de la Academia y siendo día de prácticas, se produjo una explosión de hidrógeno en un experimento de síntesis de agua. La descripción hecha por Yáñez, que estaba presente y resultó herido, es realmentepatética: «Carbonell quedó desfigurado, perdió un ojo y su vida corrió gran riesgo.» Un ayudante también perdió un ojo y, malherido, murió unos días más tarde. Como es natural, la noticia causó un gran alboroto en la ciudad, originando reacciones diversas, algunas muy airadas y casi todas negativas. No obstante, una vez recuperado, Carbonell continuaría hasta 1808 con el mismo empuje. Ese año las clases se suspendieron a causa de la «Guerra grande». Se volverían a impartir de 1815 a 1820. Durante la guerra, Carbonell estuvo en Mallorca, donde hizo una importante labor docente, y de ayuda desde la retaguardia.
Los cursos en la Escuela de Química de Barcelona constituyen el núcleo fundamental de la obra de Carbonell. Desde el punto de vista de la docencia, de los cursos surgió un elenco de discípulos memorables. Las aportaciones en investigación se recogen en las «Memorias de Agricultura y Artes», que publicó la Junta de Comercio y tuvieron gran difusión en toda España.
Sin quitar a la Junta de Comercio el mérito que le corresponde en el desarrollo de la Escuela de Química, es de justicia constatar su simbiosis con la Real Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona. La Academia actuó como precursora y luego participó materialmente en los cursos; además, fue tanto la cantera como la consagración de los profesores más destacados. El alma de todo ello fue Carbonell, académico numerario desde 1798. Como académico, tuvo una colaboración activa y continuada, que se prolongó hasta octubre de 1837, pocos días antes de su muerte. Treinta y nueve años después de su nombramiento, aún presidió la sesión pública de apertura de las nuevas cátedras de la Academia, rodeado de muchos colegas de la Sección de Ciencias que habían sido discípulos suyos, como Yáñez, Roura, Arbós, Agell y su propio hijo, Francesc Carbonell i Font. Recuerda que, en el plano internacional, el discípulo más famoso de Carbonell fue Orfila. La « Guerra grande» le pilló en Francia, de donde ya no se movería, totalmente integrado en la ciencia francesa.
El advenimiento del régimen liberal en 1920, pese a las optimistas expectativas que despertó de entrada, fue el inicio de la decadencia de la carrera de Carbonell. Para empezar, la Junta cerró la Escuela de Química, en espera de la reforma del nuevo gobierno, y Carbonell se trasladó a Madrid para tratar de influir en los proyectos científicos de la Corte. En ese periodo, el director de la Escuela pidió ser sustituido por su hijo y por el ayudante Joaquim Piñol, pero las confusiones políticas y la fiebre amarilla mantuvieron cerrada la Escuela de Química en 1820 y 1821. Durante la efímera restauración de la Universidad de Barcelona, Carbonell fue nombrado formalmente catedrático de química de la «Segunda y Tercera Enseñanza de la Universidad Restaurada» e intentó infructuosamente reabrir la Escuela de
Química. Poco después sufrió una hemiplejía, de la que se recuperó aunque quedó menguado en el habla. Pese a todo, en enero de 1822 aún haría un último intento de reiniciar el curso de la Escuela de Química, sólo con 14 alumnos. Finalmente Carbonell perdería su cátedra y sería sustituido interinamente por Josep Roura i Estrada. Éste se consolidó pronto en el cargo, dando paso a una nueva y brillantísima época que culminó con la apertura de la Escuela Industrial de Barcelona. Hay que decir que la Junta de Comercio asignó a Carbonell una pensión digna.
Hay que situar a Francesc Carbonell i Bravo en el gran resurgimiento de nuestro país durante la Ilustración y a comienzos del siglo XIX. Como ha escrito el gran historiador de la ciencia J. M. López Piñero, ello fue «antes de que se produjera la catástrofe para la ciencia española que sucedió a los ilustrados y a sus discípulos inmediatos». Pese a dicho colapso, hay que reconocer que los hombres formados en la Escuela de Química de Barcelona fueron realmente importantes en el proceso de industrialización y en la renovación de la enseñanza técnica durante la segunda mitad del siglo XIX. El colapso es tremendo, si nos fijamos en la Europa posterior a Cavendish y Lavoisier, la de Berzelius, Dalton, Gay Lussac y Dumas, que también es la de Gauss, Lagrange, Laplace, Cuvier, Humboldt, etc. Sin embargo, la Academia de Ciencias y Artes y la Junta de Comercio propiciaron una enseñanza de la química permeable a las innovaciones de la nueva química francesa, de acuerdo con la corriente renovadora y progresista de aquella época y contrapesando el estancamiento y la debilidad universitaria coetánea en nuestro país.
Disculpa la extensión de esta carta, quizá excesiva. Es a causa del respeto y la admiración que me merecen figuras como Carbonell y el propio Yáñez, a quien he tenido el honor de suceder, dos siglos más tarde.
Afectuosamente.










