LAS DOS CULTURAS
Begues, lo de agosto de 1998
Querida Nuria:
La medalla del III Congreso Internacional de Bioquímica celebrado en Bruselas en 1955, al que tuve la fortuna de asistir, llevaba acuñado el busto de Vesalio. Quizá por eso en 1964, aniversario número cuatrocientos de su muerte, encontrándome en Ginebra por causas relacionadas con los microbios, compré un ejemplar de la extraordinaria edición facsímil de las láminas de «De Humani Corporis Fabrica», que la Typographie Génévoise había hecho para la ocasión. Me enteré de su existencia por la prensa, leyendo el Journal de Genéve mientras desayunaba. Poco después sucedí al Profesor Santiago Alcobé en el curso de Historia de las Ciencias Naturales, que Odón de Buén había empezado a impartir en 1899, y que luego estuvo a cargo de Telesforo Aranzadi, y más tarde de Alcobé, hasta llegar a cumplir conmigo el centenario. Ello me llevó a intensificar mis contactos con los hombres de letras, sobre todo con mi amigo Joan Vernet i con el malogrado Josep Alsina, que me ayudaron a madurar mis criterios en una temática en la que me había iniciado fuera de las matrices disciplinarias tradicionales. Desde entonces, la historia y la filosofía de la ciencia me han interesado profundamente, más que antes, aunque nunca he dejado de considerarme más que un simple aficionado. Fue en aquella época cuando me di cuenta de que, pese a la influencia que la geología y el darwinismo habían tenido en el desarrollo del pensamiento occidental, hasta la primera mitad del siglo XX –o tal vez más tarde– la filosofía de la ciencia era básicamente filosofía de la física, incluso cuando se aplicaba a temas relacionados con la materia viva. Sin embargo, posteriormente surgió con fuerza una auténtica filosofía de la biología y de las ciencias naturales. Las conjeturas de estas últimas no siempre coincidían con las que venían del campo de la física, pero en muchos puntos convergían o eran complementarias. Creo que en mi discurso inaugural del curso académico 1997-98 en la Universidad de Barcelona podrás encontrar, más desarrollado, lo que te estoy diciendo. Las nuevas corrientes de pensamiento han influido en nuestro mundo intelectual, y han causado impacto general en la sociedad. Con frecuencia subyacen en el modo de pensar del hombre de la calle, pese a que no representan ni mucho menos una lectura inequívoca del avance científico. La llamada epistemología evolutiva es uno de los aspectos de dicha filosofía de la biología que ha despertado más interés, y ha sido objeto de muchas reflexiones entre los biólogos de mi generación.
Lo que acabo de indicarte me lleva a tratar un tema importante en relación con el lugar de la ciencia en el contexto cultural durante el último siglo. Como muchos otros, a finales de los años sesenta leí el libro de Snow sobre las dos culturas. Snow escribía:
«En todos los países occidentales, personas de una misma raza y con una historia común se pueden dividir en dos grupos intelectualmente diferentes, pese a ser comparables entre ellos en cuanto a inteligencia, clase social y estructura familiar. Tan pronto como empiezan a hablar, se pone de manifiesto su incapacidad para lograr un grado de comunicación satisfactorio, como ocurriría si un miembro cualquiera de uno de los dos grupos se pusiera a comentar sus impresiones personales con un tibetano.»
En aquel tiempo, yo ya llevaba unos años como profesor de ciencias en la Universidad, y estaba familiarizado con la distinción entre gente de ciencias y gente de letras. Por otra parte, no hacía ni siquiera un siglo desde que nuestras Facultades de Ciencias se habían separado de las de Filosofía y Letras. En especial, me preocupaba el hecho de que la gente de letras no estuviera suficientemente capacitada ni motivada para hacerse una idea de muchos progresos del conocimiento científico, ni de la importancia creciente de sus aplicaciones, que podían producir a corto plazo una transformación radical de nuestro mundo. ¡Es justo lo que ha ocurrido! Hay que decir, sin embargo, que la lectura de Russell, Eddington, Gamow, Jeans y otros que teníamos muy a mano, así como la influencia de algunos miembros del propio claustro particularmente consistentes, tanto de letras como de ciencias, me habían llevado al convencimiento de que no había más que una sola cultura, propia de nuestro tiempo, de la que la ciencia formaba parte. Más que dos culturas, me parecía que había que pensar en dos tipos de incultura, la del hombre de ciencias y la del hombre de letras. Aunque esto me sigue pareciendo evidente, en los últimos tiempos me he dado cuenta de que hay algo más.
Tras la publicación del libro de Snow, las cosas se complicaron un poco. En todo Occidente surgió un movimiento social contracultural que incluía una visión corrosiva del conocimiento científico y del progreso de la Ciencia. Tal vez atenuado, aún colea. Dicho movimiento se puede asociar a Mayo del 68 y al periodo llamado de la guerra fría entre los dos bloques. Como consecuencia, determinados grupos de filósofos y sociólogos de la ciencia han manifestado un escepticismo radical acerca de la racionalidad misma de la ciencia. El llamado programe fort, salido de la Universidad de Edimburgo a finales de la década de los setenta, nos quiso convencer de que el éxito o el fracaso de las teorías científicas se debe a los intereses de cada momento, y a los poderes políticos y sociales. Se dice que esta visión corrosivadel pensamiento científico ha marcado el llamado pensamiento moderno y que aún subsiste en mucha gente postmoderna, sobre todo en el ámbito de la cultura literaria y de las bellas artes, así como de muchas corrientes de opinión puestas en boga por los medios de comunicación de masas. En nuestro país, la contracultura ha estado más o menos presente durante la última parte del siglo XX.
Siguiendo al gran astrofísico contemporáneo Steven Weinberg, hoy se puede distinguir entre una ciencia «dura» y una ciencia «blanda». No pienses que se trate de la mayor o menor dificultad para asimilar su contenido. La ciencia «dura» es la que realmente no cambia, y tiene carácter acumulativo: lo antiguo se recoloca en los nuevos progresos, y sigue funcionando. Por ejemplo, ahora no creemos en el éter de Maxwell, pero sus ecuaciones siguen siendo buenas; lo que ha cambiado es nuestra idea acerca de las condiciones en las que pueden seguir aplicándose con éxito, y constituir una buena aproximación. La ciencia «dura» es la base principal del progreso tecnológico. En este tipo de saber, es como si la naturaleza actuara sobre nosotros como una máquina para aprender progresivamente.
La parte «blanda» de la ciencia está constituida por la visión que nos hacemos de la realidad para explicamos a nosotros mismos porqué las cosas funcionan de un modo determinado. Va desde las pseudociencias más arbitrarias hasta las teorías provisionales y las conjeturas más o menos probables. Sirve poco para la técnica, pero suele ser la ciencia que fascina a la mayoría de las personas, la que se difunde más fácilmente y da paso a conclusiones tan radicales como pueriles, naturalmente mudables, hoy unas y mañana otras.
A veces la ciencia «dura» puede ser aplaudida con entusiasmo sin entender nada. Comas i Solá escribía en La Vanguardia el año 1923:
«Nada tan curioso como observar la avidez con que no poca cantidad de público se ha precipitado para oir y ver a Einstein, sin entender nada, ni estar mínimamente preparado ni previamente motivado por unas teorías matemáticas muy complicadas, como si se tratara de una romanza que un nuevo tenor va cantando en una mundial tournée.»
Hay que decir que Comas i Solá no aceptaba la teoría de la relatividad o no h entendía bien. Pero lo que dice es cierto: ha ocurrido muchas veces a lo largo de siglo XX, y sigue ocurriendo.
El científico —quiero decir el científico de verdad, y de peso— cree que se aproxima progresivamente a una realidad exterior, porque la ciencia «dura» es inamovible y su alcance es cada vez mayor, constriñendo continuamente otras posibles formulaciones de cómo ha de ser el mundo exterior para que funciones
como funciona. El conocimiento científico está en una posición intermedia entre el conocimiento aprendido por pura experiencia y el teorema matemático. Desgraciadamente, hoy por hoy la solidez de una no es comparable a la del otro, y probablemente no lo será nunca.
En relación con el tema de las dos culturas, quisiera terminar diciéndote que estoy convencido de que el sentido mismo de la verdad y la realidad no es igual para la ciencia que para las humanidades. Las difíciles discusiones de los filósofos sobre estos dos términos, verdad y realidad, pueden ser muy estimulantes, pero no tienen una formulación clara para la ciencia, y es posible que se refieran a algo que ésta difícilmente podrá resolver. Nos guste o no, hasta ahora los conocimientos científicos y humanísticos han ido siempre emparejados con actitudes y tradiciones intelectuales diferentes, acuñadas en dos matrices disciplinarias independientes. Ello no quita que hayan podido interaccionar en cada uno de nosotros, tanto científicos como humanistas, y probablemente seguirán haciéndolo durante mucho tiempo. Quizá la propia carta que acabo de escribirte es un buen ejemplo de ello.
Afectuosamente.










