Los «REYES GODOS»

Los «REYES GODOS»
Begues, 27 de noviembre de 1983
Querida Nuria:
La carta de hoy podríamos empezarla hablando de los «reyes godos». Por supuesto, eso no significa nada para tí, ya que en tu infancia te dieron una versión muy aligerada de la historia de España. Pero durante muchas generaciones, incluida la mía, era habitual que los niños recitaran como loros una lista de treinta y cuatro reyes godos que empezaba con Ataúlfo y terminaba con Don Rodrigo. Estaba llena de nombres exóticos y sonoros como Wamba y Chindasvinto. Curiosamente, estos nombres estaban ligados a un conjunto de hechos que uno, en su interior, difícilmente asociaba con la realidad de nuestro pasado. Pues bien: algo parecido puede ocurrirte a tí al leer esta carta y situarla dentro de la perspectiva general de la Historia de la Ciencia.
Durante los siglos III y IV menudean los desórdenes en todas las ciudades del Imperio romano. Hay una inflación galopante, unida a una asfixiante presión del fisco, todo ello acompañado del empobrecimiento de las provincias. Por otra parte, las tribus bárbaras del norte, cristianizadas y más o menos romanizadas, hacen incursiones cada vez más serias y más difíciles de contrarrestar. Ya sabemos que esto conduciría al fin del Imperio romano de Occidente en el siglo V. El Imperio de Oriente, separado definitivamente después de Teodosio, aún duró mil años.
En el Occidente europeo, la situación pronto se hizo tan enrarecida que originó una verdadera diáspora de los núcleos importantes del saber. En Oriente, en cambio, durante el último periodo de la antigüedad aún surgieron escuelas dispersas parecidas al Museo, entre las que podemos citar Antioquía, Edesa y otras poblaciones de la antigua Mesopotamia. Fue sobre todo en estos lugares donde se conservaron copias de los manuscritos de la Biblioteca de Alejandría, experimentando durante los siglos V y VI un cierto resurgimiento cultural que tuvo un papel importante para la Historia de la Ciencia. También hay que tener en cuenta los textos alejandrinos conservados en Bizancio.
Por otro lado, y para que puedas orientarte dentro del panorama que trato de describir, te diré que la Galia occidental e Irlanda fueron los países bárbaros que dusfrutaron de mayor tranquilidad al comienzo de la Edad Media. Conservaron relativamente la tradición clásica y sirvieron de refugio a muchas personas,procedentes de regiones del imperio que atravesaban situaciones tumultuosas. De ahí que esas zonas, y especialmente Irlanda, registraran un cierto florecimiento cultural durante la Alta Edad Media.
En mi opinión, en el Occidente latino, el periodo comprendido entre los años 400 y 1000 es una auténtica inmersión en las tinieblas. Entenderás que deje al margen determinados pensadores del cristianismo primitivo, como Tertuliano (150¬222), Lactancio (260-340), San Jerónimo (340-420) y San Agustín (354-430), llamados Padres de la Iglesia. Su influencia fue grande en muchos aspectos, y totalmente desfavorable para el desarrollo de las ciencias naturales: no sólo porque no aportaron nada, sino porque se esforzaron en estimular otros aspectos de la actividad intelectual, totalmente incompatibles con la actitud científica.
La Edad Media dura hasta el siglo XV y en el Occidente latino se produce un cambio muy importante hacia el siglo XII, al empezar la llamada Baja Edad Media. Este cambio nos interesa de cara al desarrollo histórico de la ciencia en Occidente y podemos definirlo a través de dos fenómenos: la influencia árabe y el escolasticismo. Has de saber que en la Alta Edad Media predominó la influencia platónica, reafirmada por los propios Padres de la Iglesia. La cosmología de esa época es la del «Timeo». Hay que tener en cuenta que entonces las únicas obras de Aristóteles conocidas en Occidente eran los tratados de lógica; por tanto, las obras aristotélicas de mayor interés científico eran desconocidas. La supervivencia de Aristóteles durante la Edad Media se debió sobre todo a Boecio (480-524), el último gran pensador clásico.
Hacia el año 500, Marciano Capella suministra a la cultura de la época una célebre enciclopedia elemental de las siete artes liberales: gramática, dialéctica, retórica, geometría, aritmética, astronomía y música. Esta clasificación no es original, ya que podemos encontrarla en Varrón, pero refleja el desideratum de la cultura en el Occidente europeo a lo largo de casi toda la Edad Media. La cosmología es de filiación neoplatónica. Además, parece que en esta época era relativamente conocida la «Historia Natural» de Plinio. También sobrevivieron diversas tradiciones médicas, mantenidas a través de libros apócrifos atribuidos a Dioscórides, Hipócrates y Apuleyo.
Me atrevo a afirmar que los autores de más valía de esta época son Casiodoro (490-585) y San Isidoro de Sevilla (560-636). Las «Etimologías» de este último probablemente constituyen la mejor expresión del saber de la época y tuvieron una difusión amplísima durante siglos. Otros sabios medievales fueron los ingleses Beda (673-735) y Alcuino (735-804) y el alemán Rabanus Mauro, ligeramente
posterior. De todos modos, ninguno de ellos llegó a elaborar un sistema natural de conocimientos, sino más bien un tapiz hecho de retales.
Es curioso que durante los siglos VI y VII se registre en todo Occidente una gran corriente astrológica. Como sabes, la astrología era un fenómeno paracientífico, originado probablemente en Babilonia, que resurgió en la segunda mitad del Imperio romano. Dicho resurgimiento continuó durante la Edad Media y se intensificó en la época de la que estamos tratando. En otra carta veremos que en el Islam se produjo un fenómeno paralelo. La magia también tuvo una gran vigencia durante la Edad Media. En un principio, la magia no fue rechazada por el cristianismo. En cuanto a la astrología, el cristianismo no la condenó formalmente hasta el concilio de Trento.
Durante el siglo IX, el Occidente europeo experimentó un renacimiento centrado en la figura de Carlomagno. Se trata de un intento de restaurar el orden basándose en el Imperio romano (lo cual contribuyó a la conservación de los escasos textos antiguos disponibles). No es un renacimiento significativo para la historia de la ciencia y en términos generales podemos decir que la corte de Carlomagno estaba constituída por un puñado de analfabetos. Además, después de la muerte de Carlomagno se llega al periodo más oscuro de toda la Edad Media. El siglo X es un siglo de guerras, de destrucción y de una miseria terrible, material e intelectual. Las gentes de esta época permanecen inmersas en una especie de delirio de crueldad y estupidez. Los cronistas y las actas de los Concilios de la Iglesia sólo nos hablan de desolación y de muerte. Por ejemplo, en las del Concilio de Crosley se dice que los hombres son como peces hambrientos que constantemente se devoran unos a otros, y que en todas partes los poderosos oprimen brutalmente a los débiles. La propia clerecía es ignorante y disoluta. Los hombres puros de esta época sólo se sienten reconfortados por una esperanza: salvar el alma. Los monasterios constituyen el único refugio seguro y el único remanso de paz.
Una de las figuras que considero interesante y significativa para el panorama que quiero trazarte acerca de esta época es San Odón. Éste fue uno de los fundadores de la orden de Cluny, que llegó a tener gran importancia en el mundo cristiano al establecerse la primacía absoluta del papa de Roma, y secundariamente en el fenómeno de las versiones latinas de traducciones árabes de autores antiguos. A San Odón le gustaban los versos de Virgilio y, quizá dando cabezadas sobre un libro, tuvo una extraña visión: de una copa de forma admirable empezaron a salir serpientes amenazadoras que poco a poco lo rodearon. Era sin duda un grito de alerta por el riesgo que representaba su afición a los poetas profanos.
Supongo que te acordarás de la «Marca Hispanica», dentro de las tierras en las que empezó a configurarse nuestro pais. En el siglo X florecieron bellísimos monasterios, que todavía hoy admiramos, rodeados de un paisaje que ha conquistado para siempre nuestro corazón. Estas tierras vivieron una época relativamente tranquila y además estuvieron en contacto con la España musulmana. Es aquí donde se desarrolla la fantástica historia del monje Gerbert que, procedente de Auvernia y acompañado de nuestro conde Borrell II, viajó a la Marca impulsado por un afán de aventura y sabiduría. En Ripoll tuvo conocimiento de la sabiduría del Islam y ello lo animó a inflitrarse hasta Toledo. Allí, después de seducir a la hija de su maestro musulmán, sustrajo el libro mágico que éste guardaba bajo la almohada mientras dormía y huyó a tierras cristianas. Fue perseguido y sólo pudo escapar pactando con el diablo. Pasó por la Marca, volvió a la Galia y años más tarde llegó a ser el papa Silvestre II. La figura de este fraile convertido en Papa fue muy discutida e, incluso después de su muerte (1003), fue acusado de haber tenido trato con el diablo”.
La leyenda que acabo de relatarte fue escrita por un tal Vicente de Beauvais (1264), en un libro titulado «Speculum historiae». Un ejemplar de este libro fue regalado al rey Alfonso X el Sabio por su pariente el rey San Luis de Francia. Es todo un símbolo que puede servir para recordar que, en Occidente, el fin de la Alta Edad Media es anunciado por el ruido de los árabes.
Afectuosamente,