Los ÁRABES EN EL OCCIDENTE EUROPEO

Los ÁRABES EN EL OCCIDENTE EUROPEO
Begues, 11 de diciembre de 1983
Querida Nuria,
Recordarás que los Omeyas se establecieron en España y fundaron el califato independiente de Córdoba. En éste se produjo un fenómeno cultural paralelo al de Oriente, que tuvo su máximo esplendor en la época de los califas Abderramán III (912-961) y su hijo Al-Hakem (961-976). En España hay una verdadera cultura musulmana, mientras que en el resto de Europa sólo se detecta una influencia de la cultura árabe, ejercida principalmente a través de los viajeros.
Se fundaron bibliotecas y academias, no sólo en Córdoba, sino en muchas otras ciudades como Granada, Sevilla, Málaga, Valencia, Murcia y Toledo. El califa enviaba gente a Oriente para que compraran todos los libros que encontraran y hubo algunos que fueron conocidos antes en Andalucía que en el propio Irak. Por otra parte, todo el que quería adquirir una formación sólida viajaba a Oriente.
Es curioso que durante esa época se produjera una situación entre Oriente y Occidente exactamente opuesta a la actual. Los cristianos de Occidente sabían que la sabiduría y la ciencia estaban en Oriente, mientras que ellos tenían una religiosidad
más profunda. La España musulmana llegó a ser para Europa el depósito más accesible de la sabiduría de Oriente y el punto de equilibrio entre el Islam y el Occidente latino. Cuando este último empezó a revivir, los hombres más aventajados acudían a España en busca de conocimientos. Una España en la que, a través de la lengua árabe, uno podía reencontrar la cultura clásica.
Por desgracia, el florecimiento de Córdoba duró poco. Al califato le sucedió la dictadura de Almanzor, que usurpó el poder de los califas basándose en la intolerancia religiosa y en la discordia entre árabes y bereberes, una situación que tiene curiosas resonancias en el Islam actual. Parece que, una vez que se hizo con el poder, Almanzor fue un gobernante liberal. Pero el hecho es que después de Almanzor vino la desintegración y los reinos de Taifas. A mitad del siglo XI, en la Península Ibérica había más de cuarenta reinos entre moros y cristianos, tan pronto amigos como enemigos, y sin muchas diferencias de situación social. Fue el renacimiento de la Europa cristiana, que estuvo acompañado de un aumento de la población y de una revitalización del comercio, lo que llevó a la diferenciación de los dos bandos y al inicio de la progresiva retirada de los sarracenos.
El año 1071, el destronado rey de León, Alfonso VI, se refugió en Toledo, donde reinaba Al-Mamun, poderoso rey de la España de aquel tiempo. Al morir Al-Mamun en 1075 le sucedió su hijo Hixem, que murió el mismo año, pasando a reinar el nieto del primero, que se llamaba Al-Kádir. Sólo diez años más tarde, Alfonso VI tomó la ciudad. Los historiadores pintan a Al-Kádir como un hombre apocado pero cruel, que en los últimos momentos no se preocupó de otra cosa que de indagar en las estrellas el momento más favorable para salir de Toledo. Fíjate que fue inmediatamente después cuando se organizó en aquella ciudad un centro que llegaría a tener un papel clave en el fenómeno de las traducciones. Todo ello ocurre un siglo antes de la muerte de Averroes, el último y más grande representante de la filosofía musulmana, y sólo veinte años antes del despertar del genio cristiano en Occidente, simbolizado por la figura de Abelardo pregonando desde la cima del monte de Santa Genoveva.
De la época del califato de Córdoba es importante Hasdai Ben Saprut, un judío que fue ministro y médico de la corte. Con la ayuda de un monje bizantino, adaptó al árabe la «Materia Medica» de Dioscórides, partiendo de una espléndido manuscrito, obsequio de Constantino VI de Bizancio al monarca de Córdoba. En la misma corte, a comienzos del siglo XI encontramos al médico Abucasis, que escribió un gran manual de medicina. La última parte de dicho manual trata de cirugía, materia no tratada hasta entonces por otros médicos del Islam.
La agricultura alcanzó un extraordinario desarrollo en la España musulmana. Sobre todo a partir del siglo XI, encontramos una serie de «geóponos» como Ibn Wafid, Ibn Bassal, Al-Tignari, Ibn al-Awwam e Ibn Luyem. Todos arrancan de la tradición latina, a la que añaden los resultados de sus propias observaciones, realizadas en los huertos y jardines de los reyes. Escribieron libros que en el mundo árabe han estado en vigor hasta nuestros días y en España, en forma de traducciones castellanas, hasta el siglo XVIII.
El principal astrónomo árabe en España fue Azarquiel, que desarrolló su labor en Toledo y Córdoba. Dejó escritas las llamadas Tablas Toledanas (1080), que son de notable exactitud. Otro hombre notable de la España musulmana fue Al-Bitruji de Sevilla, conocido también con el nombre de Alpetragius, que en una de sus obras sustituyó el sistema tolemaico por otro sistema planetario absolutamente concéntrico, que influyó en Copérnico.
Los siglos X y XI fueron sin duda los grandes siglos de la España musulmana y se encuentran hombres destacados en todos los terrenos. La figura más importante entre los musulmanes españoles es Averroes (1126-1198). Nació en Córdoba y su nombre árabe es Ibn-Rus, hijo y nieto de funcionarios de la corte. Ejerció de juez, pero se sabe que también practicó la medicina. Sus escritos influyeron sobre el pensamiento judaico de los siglos XII y XIII. Es en esta época cuando, en plena decadencia de la cultura árabe, el pensamiento judaico tuvo un florecimiento importante en España. Ahora bien, Averroes no sólo influyó sobre los judíos, sino sobre todos los pensadores de Occidente y durante siglos. Fue uno de los más grandes comentaristas de Aristóteles, a quien superó en muchos aspectos. Uno de los más importantes desde el punto de vista científico es la idea de que el mundo no fue creado del modo que es ahora, sino que se encuentra sujeto a continua evolución. También considera que el alma humana es una especie de emanación del alma universal y que el mundo es eterno, aunque finito en el espacio (igual que creían el resto de los pensadores medievales). Desde el punto de vista de la Historia de la Ciencia, Averroes representa el antecedente inmediato de Nicolás de Cusa y otros pensadores del Renacimiento. Se ha dicho que Averroes tenía una visión neoplatónica de la filosofía aristotélica, pero es difícil saber si ese neoplatonismo era realmente suyo o de sus comentaristas y traductores al latín.
Averroes representa el final de la cultura islámica en Occidente y él mismo sufrió el destierro en Marruecos por obra y gracia de los paladines de la pureza de la doctrina de Mahoma. Parece que fue rehabilitado poco antes de su muerte.
Entre las grandes figuras del siglo XII también hemos de nombrar a Moisés Ben Maimón (1135-1304), nacido en Málaga y más conocido como Maimónides.
Fue médico y consejero del gran sultán Saladino y pasó la mayor parte de su vida en El Cairo. En sus obras de medicina hace alguna crítica de Galeno. Su obra «Guía de descarriados», que influyó mucho sobre Santo Tomás, es una de las pocas obras medievales que uno puede leer sin aburrirse y además tiene la ventaja de ser relativamente corta.
Empecemos ahora a hablar del fenómeno de las traducciones del árabe. Las primeras se realizaron en Ripoll, pero fue principalmente después de la toma de Toledo cuando adquirieron importancia. Alfonso VI de León no entró solo en la ciudad y es significativo que le acompañara un monje de Cluny llamado Bernardo, que fue el primer arzobispo de la ciudad. Era un francés enviado por Dom Hug, insigne abad del monasterio de Cluny. Tanto la influencia francesa como la benedictina fueron importantísimas para el fenómeno de las traducciones y, en general, para la España de la época. El sucesor de Bernardo fue Ramón que, con un estilo liberal y culto, consiguió repetir en el Toledo del siglo XII el proceso que se había producido en Bagdad durante los siglos IX y X.
Al frente de la escuela de traductores de Toledo, Ramón situó a Gundisalvo, que era el ardiaca de Segovia. Su colaborador más importante fue el judío converso Juan de Sevilla, que tradujo, en colaboración con Gerardo de Cremona, De coelo et mundo y De anima de Avicena y Fons vitae de Avicebron, un judío del siglo XI que escribía en árabe. Gundisalvo también hacía traducciones libres, como por ejemplo De divisione philosophiae, que es una obra de Alfarabi cuyo título latino original era De scientiis.
Acudieron a Toledo hombres de todo el Occidente cristiano, que habitualmente no conocían el árabe e hicieron las traducciones al latín en colaboración con un español. Por ejemplo, Robert de Chester (1110-1160) hizo una serie de traducciones con la ayuda de Domingo González: el Corán, tablas astronómicas, el que sería el primer texto de alquimia en latín y obras de Al-Juwarismi. Abelardo de Bath (1090-1150) tradujo también a Al-Jwarismi y a Euclides; además escribió Questiones naturales, una síntesis de la ciencia árabe. Entre otros muchos, es importante Roberto de Cremona (1114-1187), que fue uno de los pocos extranjeros que llegó a dominar el árabe. Tradujo el Almagesto, el «Canon de Avicena, «Sobre la cuadratura del círculo» de Apolonio y una serie de obras de Aristóteles.
Como ya te he dicho, en el resto de Europa la influencia árabe tuvo lugar principalmente a través de viajeros. Así, encontramos que los escritos de Germán el Tullido (1013-1054) ya ponen de manifiesto una indudable influencia oriental, pese a tratarse de un minusválido que no sabía árabe y que pasó su vida en laabadía benedictina de Reichenau en Suiza. Del mismo modo hay que explicar el origen de lapidarios y herbolarios anónimos de los siglos XI y XII.
Un caso diferente es el de las Dos Sicilias, la isla de Sicilia y el sur de Italia. En estos territorios siempre continuó habiendo una cierta tradición griega. Después de la conquista musulmana, se estableció también la cultura árabe. El posterior dominio normando no impidió que se constituyera un importante centro intelectual, alimentado a la vez con saber griego y árabe. El desarrollo de la medicina adquiere una importancia extraordinaria a partir del año 1050. Encontramos figuras como Constantino el Africano (1017-1087), natural de Cartago, que llegó a Salerno el año 1070 y tradujo al latín obras científicas y de medicina escritas en árabe. Una de las fuentes de Constantino fue Isaac el Judío, de quien ya hemos hablado en otra carta. Por otra parte, un obispo de Salerno llamado Alfano, que era amigo de Constantino, tradujo por primera vez obras de medicina directamente del griego.
Igual que de España, de este centro de difusión del sur de Italia surgió un gran número de traducciones durante los siglos XII y XIII. Entre ellas están las de la Optica y el Almagesto, realizadas por Eugenio de Palermo en el siglo XII. También el Liber continens de Razés, traducido en 1285 por el judío Moisés Farachi, que sirvió a los Anjou. Quizá la figura más importante fue Miguel Escoto (1175¬1235), que vivió tanto en España como en Sicilia, donde terminó sus días a las órdenes de Federico II, stupor mundi. Tradujo del árabe al latín la astronomía de Alpetragius, las obras científicas de Aristóteles y algunos escritos de Averroes. Tiene un gran tratado de astrología y una obra llamada «Los secretos de la naturaleza», cuyas fuentes fueron griegas, árabes y hebraicas. Esta obra ha sido traducida a diversas lenguas modernas. La vinculación de Escoto con el principal enemigo del Papa de aquella época contribuyó al hecho de que pasara a la posteridad como un monje corrompido por la brujería y la magia negra.
Me gustaría resumirte algunos hechos que sin duda fueron responsables de que, durante toda la Edad Media, el árabe fuera la lengua de transmisión de las obras griegas. Por una parte, entre los siglos X y XIV, la enseñanza musulmana estaba mucho mejor organizada y tenía mayor pujanza que la enseñanza en el imperio bizantino. Las «madrazas» árabes han sido consideradas como precursoras directas de las universidades en los siglos XII y XIII. Por otra parte, el bizantino era muy diferente del griego clásico, mientras que el árabe clásico era comprensible para los que hablaban árabe vulgar. Ten igualmente en cuenta que la enseñanza bizantina estaba orientada sobre todo a la religión y que Bizancio era un país cristiano estancado, mientras que en España ponía de manifiesto una creciente y poderosa fuerza expansiva.
Las vías de comunicación entre Oriente y Occidente estuvieron en poder de los árabes hasta el siglo XIII, lo que impedía un contacto directo. La lengua griega tenía un pequeño reducto en el sur de Italia, pero fuera de allí nadie podía aprender griego. En cambio, el árabe era fácil de aprender en España. Quizá haya que puntualizar que en aquella época las lenguas se aprendían hablando. Apenas había gramáticas y, desde luego, nada parecido a los métodos actuales. Finalmente, es importante tener en cuenta el papel de los judíos. Muchos de ellos sabían árabe, pero no griego.
Nuestra historia llega a un momento que podemos situar a finales del siglo XII. Estamos en la transición hacia la Baja Edad Media, en la que encontraremos aires nuevos para todo Occidente. Pasamos del románico al gótico, de las pequeñas ventanas tapadas con pergamino untado de aceite a los grandes ventanales de colores. Del color marrón, uniforme y onmipresente en la Alta Edad Media, pasamos al arco iris. Se desarrollan las ciudades y se revitaliza el comercio marítimo. Todos estos contrastes repercutirán en el mundo de las ideas y abrirán el camino
hacia la Edad Moderna.
Afectuosamente,