Los AUTORES LATINOS

Los AUTORES LATINOS
Begues, 30 de octubre de 1983
Querida Nuria:
No podemos considerar que los romanos contribuyeran gran cosa a la ciencia y a la filosofía. En cambio, en la Antigüedad clásica, ellos son los primeros en derecho y jurisprudencia, así como en la ingeniería civil y militar. Todavía hoy usamos la expresión admirativa «obra de romanos».
Hay autores latinos que traducen obras griegas, así como comentaristas de obras griegas. En realidad, a partir del periodo alejandrino, la mayor parte de los autores son sobre todo comentaristas. No obstante, hay un aspecto en el que los autores latinos superaron a los griegos, y es la agricultura. El romano es fundamentalmente un agricultor, un hombre del campo, y el cultivo de la tierra no menoscaba lo más mínimo la categoría de un senador. Entre las obras clásicas de agricultura romana sobresale «De agricultura» de Catón. Catón era «optimus orator», «optimus imperator» y «optimus senator», y además era un buen agricultor. La obra mencionada, que tal vez con mayor propiedad podría llamarse «De re rustica», pone de manifiesto un gran conocimiento de la práctica agrícola y ganadera. Habla del cultivo del olivo y de la elaboración del aceite, de la viña, de la elaboración del vino y de su almacenamiento y conservación. La almazara utilizada hasta hace sólo sesenta o setenta años es la misma que describe Catón. También encontramos la elaboración del estiércol, el abonado de los campos y el cultivo de las habas, el centeno y la cebada. También la forma de injertar las higueras, las vides y los olivos. Muchas cosas sobre árboles frutales e incluso sobre prados. La cría de los bueyes y su uso para labrar la tierra. La cría y el pastoreo de las ovejas, la explotación racional del bosque y una serie de principios de jardinería. Finalmente hay una magnífica descripción de los hornos de cal con leña, de los que tú aún has visto restos; yo he tenido la oportunidad de verlos en funcionamiento.
Una obra parecida es «Rerum rusticarum» («De las cosas del campo»), de Terencio Varrón, de quien dice Cicerón que era el hombre más sabio de su tiempo. En honor a la verdad, como político no pasó de la mediocridad y su personalidad es muy inferior a la de Catón. Parece que escribió «Rerum rusticarum» en la vejez, y la obra es una ordenación de los conocimientos de otras personas, másque el resultado de una reflexión sobre la experiencia propia como en el caso de Catón. Trata la misma temática y quizá se extiende más en la parte que hace referencia a aves domésticas y animales silvestres. También escribe con
detenimiento sobre las abejas y los caracoles.
El otro gran autor latino relacionado con la agricultura es Columela, uno de los muchos personajes ilustres de la Roma imperial que habían nacido en España. Era hijo de la actual Cádiz. Su tratado de agricultura, en doce volúmenes, es quizá el de más valor.
Una obra latina destinada a ejercer una gran influencia en los siglos siguientes, hasta el Renacimiento, fue la «Naturalis Historia» de Plinio el Viejo. Este nació en Como el año 23 de nuestra era, en el seno de una familia de funcionarios. Tuvo una educación esmerada y toda su vida transcurrió en servicios de administración pública, ya fueran civiles o militares. En la última época de su vida sirvió en la marina, circunstancia que quizá le permitió contemplar desde el mar la gran erupción del Vesubio del año 79. Para ver mejor todas las consecuencias del fenómeno se sirvió de una pequeña embarcación, pero al acercarse a la playa naufragó, muriendo él y sus acompañantes.
Se ha descrito a Plinio como un hombre infatigable por su capacidad de trabajo. Sus escritos dan testimonio de una erudición indudable. Su gran fama viene de los treinta y siete libros de la ya citada Historia Natural, que constituyen una especie de enciclopedia de todo lo que se sabía en aquella época acerca de la naturaleza. Empieza con una descripción del Universo según la concepción estoica, escuela a la que pertenecía. Luego pasa a la descripción de los objetos naturales, yendo progresivamente de lo general a lo particular. Los libros 8 a 11 son los que contienen la mayor parte de datos sobre zoología.
Plinio nos presenta los animales sin un orden determinado. Comienza por los más grandes o más notables, de modo que el primero es el elefante; le dedica tantos elogios, que se cree que es la causa de que en la Edad Media la caballería tuviera una orden del elefante. Lo que nos cuenta sobre la forma de domesticarlo es correcto, así como otros detalles sobre sus costumbres y su utilización; todo ello nos hace pensar que sus conocimientos eran de primera mano. Otro tanto ocurre cuando nos habla de animales domésticos. Ahora bien, Plinio también recoge sin ningún sentido crítico las narraciones más estrafalarias; por este motivo, a partir de Plinio y durante muchos siglos, encontraremos libros de zoología que nos hablarán tanto de animales reales como fantásticos. También vale la pena mencionar que los insectos atrajeron mucho la atención de este autor, y que hizo de ellos descripciones muy detalladas, entre las que destaca la que se refiere a las abejas.
En la Historia Natural también encontramos una anatomía humana y comparada que se basa totalmente en Aristóteles. Desgraciadamente, también recoge muchas cosas fantásticas. Finalmente, nos da una relación muy extensa de plantas medicinales.
Plinio proporciona información sobre sus fuentes bibliográficas, que fueron extensísimas: según él mismo indica, llegó a consultar unos dos mil libros de diferentes autores. Según como se mire, el resultado de una obra tan ambiciosa puede resultar digno de compasión, pero la fama no fue insensible al esfuerzo del autor: en Occidente, fue la fuente principal de conocimientos sobre animales y plantas durante más de quinientos años. Cuando, llegado el Renacimiento, Gesner y Aldrovandi iniciaron la zoología moderna, el punto de partida eran aún las descripciones de Plinio.
Dentro de lo que podríamos llamar medicina romana hemos de hacer referencia a Celso, del que ha llegado hasta nosotros una obra titulada «Sobre la medicina», que es de gran calidad. Quizá es la única escrita en latín, ya que todas las demás seguían estando en griego: ello da a Celso un mérito especial como creador del latín científico. Desgraciadamente, no se trata de una obra original, sino de una traducción del griego de un autor siciliano llamado Tito Aufidio. Éste era un médico de gran reputación, discípulo de Asclepíades, un griego que llegó a Roma en el siglo I y puso de moda la medicina griega. Aunque en la obra mencionada hay muchas ideas hipocráticas, es básicamente de carácter práctico. Es muy posible que estos discípulos de Asclepíades fueran los mismos médicos que hostigaron a Galeno en su primer viaje a Roma, del que te hablé en la carta anterior.
El gran Julio César (112-44 a.C.), al margen de sus aportaciones a la literatura, contribuyó más o menos directamente a algunos avances científicos. Uno de ellos se refiere a las vías romanas y a sus mapas, con medidas precisas de distancias. Fue el primero a quien se le ocurrió poner indicadores con el número de unidades de distancia, que naturalmente tomaban a Roma como origen. Parece que el divino Julio también era aficionado a la astronomía y fue el autor de una de las grandes reformas del calendario. El año lunar de 355 días o 12 lunaciones se transformó en el año de 365 días con la interpolación de un dia cada cuatro años. De este modo se inició el sistema de años bisiestos. El nombre actual de los meses deriva del antiguo calendario romano y de la modificación mencionada. Así el Quinctilis pasó a llamarse Julius en honor del fundador. Y, en la época de su sucesor y para no ser menos, el Sextilis empezó a llamarse Augustus. Parece ser que el calendario juliano es una imitación de un calendario alejandrino del año 283 a.C., que había sido establecido por Eudoxos (uno de los más grandes matemáticos de la Academia,de quien ya hemos hablado). El calendario juliano, que empezaba en el mes de marzo, duró hasta la reforma del papa Gregorio XII en 1582.
Como ya te he dicho en más de una ocasión, no podemos entender a los autores de la antigüedad si no estamos mínimamente sumergidos en el contexto de su mundo. Por esto quisiera terminar esta carta hablándote del epicureísmo, una escuela que –junto con la estoica– tuvo un gran papel en la cultura latina.
Epicuro nació en Samos en el año 342 y murió en el 271 a.C. En el año 307 se estableció en Atenas y fundó su escuela en un jardín de las afueras de la ciudad, en el que hacía vida en común con sus discípulos. El Jardín, que es como se llamó la escuela de Epicuro, tenía fines fundamentalmente éticos y políticos. Pretendía un retorno a la ciudad sencilla de Platón, opuesta a la ciudad fastuosa del estado ideal. Rechazaba la autoridad en favor del consentimiento voluntario a través del contrato social. Fue, pues, un precursor de Rousseau, y en cierto modo también del anarquismo moderno y del movimiento «hippy» de los años 60. Resulta curioso que, mientras que Aristófanes ridiculizó a Sócrates, Menandro elogiara a Epicuro. Quizá constituya el cambio de perspectiva entre la llamada comedia antigua, conservadora, y la comedia nueva, interiorista y más atenta al conocimiento emocional del pueblo. Dicho cambio es un fenómeno ligado a las profundas transformaciones sociales que siguieron a la guerra del Peloponeso.
Epicuro se manifestó contrario a todos los mitos y supersticiones y aceptó una cosmología basada en la de los atomistas. Fue materialista y mecanicista. Su escuela, a diferencia de casi todas las escuelas filosóficas de la antigüedad, era proselitista, dando lugar a pequeñas comunidades en distintas ciudades, de una forma en cierto modo parecida a los primeros cristianos. Las «Epístolas» de San Pablo guardan cierto paralelismo con las «Cartas» de Epicuro. Ambas comunidades llegarían a coincidir en el tiempo y tendrían problemas parecidos; ambas fueron objeto de persecuciones. El rasgo característico de los epicúreos fue considerar el placer como un bien, aunque haciendo hincapié en el desarrollo de los placeres espirituales.
El epicureísmo ha tenido muy mala prensa y ello tiene su origen en la época romana, cuando tuvo un gran impacto en la sociedad imperial junto con el estoicismo. En algunos sectores degeneró en puro hedonismo, pero en otros mantuvo un alto nivel de dignidad. Los estoicos ilustres como Cicerón criticaron muy duramente a los epicúreos, tal vez con la excepción de S éneca. Después de la Edad Media, el epicureísmo fue rehabilitado por Gassendi, y posteriormente por muchos otros autores. El propio Marx hizo su tesis doctoral sobre la relación entre Epicuro y Demócrito.
Puedes considerar a Epicuro como una especie de reformador. Su idea fundamental es el respeto a la libertad individual. Se niega a admitir que alguien establezca que los hombres hayan de ser de un modo determinado y que los que no lo sean tengan que cambiar necesariamente.
Tito Lucrecio nació probablemente el año 99 y murió en el 55 a.C.. Era un patricio romano muy bien relacionado con las personalidades más destacadas de su época. No olvides que esa época es una de las mejor conocidas de la antigüedad, gracias a los escritos de grandes autores que han dado testimonio de su tiempo, y cuyas obras han llegado, por suerte, hasta nosotros. Las obras que hacen referencia a los tres siglos que van desde el final de la república al emperador Adriano han sido objeto de reflexión por parte de filósofos, moralistas y poetas de todas las épocas.
Lucrecio parece haberse mantenido al margen de la política, dedicando preferentemente su atención a la literatura y la filosofía. Como otros contemporáneos suyos, puso fin a su vida por propia voluntad. Después de su muerte se publicó su obra «De rerum natura», que lo haría célebre para toda la posteridad. Volviendo al estilo del viejo Empédocles, la obra fue escrita en verso, y constituye el último poema sobre la naturaleza entre los muchos que se escribieron en la antigüedad clásica desde Anaximandro. Al margen de su valor filosófico, hoy se la considera una de las mejores muestras de literatura latina.
En su obra, Lucrecio opone la filosofía a la superstición y a la religión. Manifiesta un amor apasionado a la verdad y un notable optimismo en relación con el triunfo final de la libertad de pensamiento. En su doctrina es un seguidor de Epicuro y, debido a ello, su obra es una magnífica fuente de Demócrito, a quien sin embargo sólo nombra de paso. También se detecta una cierta influencia de Aristóteles y de Platón. Una muestra de ello son las tres clases de alma: «animus, mens et anima» (espíritu, inteligencia y principio vital). Considera el principio vital como algo material y constituido por átomos muy pequeños, dispersados por todo el cuerpo. Nos habla de un «aura» que puede corresponder al pneuma, y de una especie de calor vital, del que más tarde nos hablará Galeno. La conciencia la determinan los átomos más pequeños. También hay una versión atomista de la teoría hipocrática de los humores y un ataque radical a la inmortalidad platónica del alma. Es interesante su explicación de la percepción sensorial, en la que supone un movimiento material desde el objeto al sujeto; ello determinaría un segundo envío, aún más sutil, desde los sentidos al cerebro, dando lugar a las imágenes y a la fantasía.
A Lucrecio se debe la supervivencia del atomismo durante toda la Edad Media. Es la fuente que alimentará el atomismo en el Renacimiento y en la revolucióncientífica del siglo XVII. Acudirán a él los librepensadores del siglo XVIII y, tal vez gracias a él, Dalton hallará la que hoy llamamos «teoría atómica», capaz de explicar los extraordinarios progresos experimentales de la química del siglo XIX.
Estamos llegando al final de una historia que espero te haya interesado y te haya hecho reflexionar. Para mí es la historia de un fenómeno cultural extraordinario, que no podemos ignorar si queremos entender de forma apropiada el fenómeno científico. Para despedimos de la antigüedad clásica, a la que de todos modos no dejaremos de hacer alusiones, quisiera transcribir aquí un fragmento de la última parte de «De rerum natura», seguido de otro mucho más antiguo de la «Historia de la guerra del Peloponeso» de Tucídides. Ambos hacen referencia a la epidemia de Atenas en el inviemo del 431 al 430 a.C.. La epidemia ha sido identificada como peste bubónica, tifus exantemático y también como viruela. En calquier caso, es la primera descripción detallada de este tipo y hay una abundante bibliografía sobre el tema. Añadiré que la fuente de Lucrecio es Tucídides y que, si hubiera de escoger entre las dos versiones, me quedaría sin duda con la más antigua.
«Así pues, de repente este azote de nueva clase y esta epidemia, o se abate sobre las aguas o se asienta sobre las propias mieses, o sobre otras sustancias que alimentan a los hombres, o sobre los pastos de los rebaños. O también su actividad permanece suspendida en la atmósfera y, como al respirar tragamos un aire así contaminado, también necesariamente hemos de absorber en nuestro cuerpo aquellos venenos. De un modo parecido, la peste llega con frecuencia a los bueyes y el contagio toca a los errantes rebaños lanudos. Y da igual que seamos nosotros los que voluntariamente llegamos a lugares que nos son adversos mudándonos de casa o que sea la naturaleza la que nos traiga ella misma una atmósfera corrupta o cualquier otra sustancia, a la que no estamos habituados y que puede atacarnos con su llegada repentina.»
(Lucrecio, De Rerum Natura, libro VI, 1125-1135)
«Pero lo más terrible de toda la enfermedad era el descorazonamiento del que se sentía enfermo –porque, librando en seguida su espíritu a la desesperación, se abandonaban mucho más fácilmente y no intentaban resistir– y también el hecho de que, contagiándose unos al atender a otros, morían como ovejas. Y esto es lo que causaba mayor mortandad. Porque si por miedo no querían visitarse unos a otros, los enfermos morían abandonados, y muchas casas se vaciaron for falta de alguien que les atendiera. Y si se visitaban, sucumbían, sobre todo los que hacían gala de humanitarismo, porque por motivos de honor no se protegían ellos mismos y entraban en casa de sus amigos cuando los propios familiares, vencidos por los excesos del
mal, acababan cansándose de los lamentos de los moribundos. Con todo, eran los que se habían salvado de la enfermedad los que más se apiadaban del que moría y del enfermo, porque tenían experiencia y ya se sentían seguros. Y es que el mismo hombre no era atacado dos veces, al menos con efecto mortal. Recibían las felicitaciones de los demás y ellos mismos, en el exceso de la alegría del momento, tenían de cara al futuro la vana esperanza de que ya no morirían nunca de otra enfermedad.»
(Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, libro II, cap. LI, 4-6)
Afectuosamente,