LOS PROBLEMAS CLÁSICOS

LOS PROBLEMAS CLÁSICOS
Barcelona, 12 de junio de 1983
Querida Nuria,
Acabo de leer el borrador de la última carta del 29 de mayo. Han transcurrido bastantes días, en los que mi atención ha viajado por otros parajes, y quería, por decirlo de algún modo, retomar el hilo. Veo que es necesario que hoy me centre sobre algo que el último día sólo esbozaba y que podríamos llamar «los problemas clásicos».
Los pensadores de la antigua Grecia que vivieron con anterioridad a Sócrates, constituyen sin duda un grupo de hombres memorables. La verdad es que resulta muy difícil conocer con precisión su pensamiento, porque lo que ha llegado hasta nosotros de sus obras no pasa de una colección de fragmentos, y en numerosas ocasiones de interpretación muy arriesgada. Las fuentes de estos autores son los comentarios que de ellos hicieron otros posteriores, que verosímilmente conocían sus escritos de primera mano. Entre estos últimos destaca extraordinariamente la figura gigantesca de Aristóteles, que tenía la sana costumbre de exponer, antes de sus propias ideas, las que habían tenido los filósofos precedentes sobre los mismos problemas. Naturalmente casi siempre lo hacía con un sentido fuertemente crítico,’ cosa que con frecuencia nos predispone a rebatirlas. No obstante, la posteridad, a medida que se ha ido haciendo una idea global de lo que podríamos llamar el fenómeno presocrático, coincide en asignarle el papel de cuna de la Ciencia.
Más que la importancia de los conocimientos científicos de los pensadores presocráticos, lo que cuenta son las ideas que generaron y los procedimientos intelectuales que fueron capaces de formular. Ellos son los autores de una especie de estrategia de interpretación que ha sido utilizada con mejoras graduales en
Ciertamente con sentido crítico, pero interpretándolos desde sus propios postulados filosóficos. Esto le ha quitado buena parte de la autoridad que sus comentarios tenían hasta ahora. Lo mismo es válido para Teofrasto.todos los periodos posteriores hasta llegar a nosotros, en un proceso en el que caben destacar sucesivos retornos al origen.
Ya nos hemos referido a la importancia de los dualismos como pieza fundamental de la estructura lógica de nuestro pensamiento y también de la ley natural derivada, por analogía, de la ley o acuerdo político.
Sabemos sin lugar a dudas que los filósofos presocráticos son los primeros que formularon preguntas del tipo: ¿qué es la reproducción?, ¿qué es la razón?, ¿por qué el ser vivo evita una tendencia aparente a la desorganización?, y muchas otras que constituyen la perspectiva general del conocimiento científico moderno.
Intentando contestar preguntas como las que antes he citado, los antiguos pensadores de Grecia establecieron la posibilidad de dos niveles conceptuales: los aspectos perceptibles de la realidad o «phenomena» y los aspectos no perceptibles pero inferibles de la misma cualidad o «cryptomena». Observa que ahí reside la maravilla de la formulación original que ha llevado a relacionar las propiedades físicas con moléculas, las propiedades químicas con átomos, y la enfermedad con la infección. Tú misma, en tu trabajo, haces uso de esta estrategia intelectual, porque, partiendo de datos sensibles, haces inferencias sobre un dominio muy coherente, pero que no está al alcance de tu percepción directa.
A través de los «cryptomena» tal vez la complejidad puede resolverse en simplicidad, y el desorden aparente en un orden interno. Al convencimiento de que puede ser así se le llama reduccionismo. Por ejemplo, en el siglo XVII, después de la primera revolución científica, se creía que todo se podía reducir a mecánica. Durante los sigos XVIII y XIX, el fracaso de dicha pretensión originó la corriente irreduccionista que conocemos con el nombre de vitalismo.
Las ideas sobre la vida y sobre la materia forman históricamente dos corrientes de conceptos que se anastomosan e interactúan continuamente desde la ciencia presocrática (de 600 a 300 años a.C.). El término biología aparece tardíamente. De hecho, los primeros en utilizarlo fueron Lamarck y el alemán Treveranus, ambos en escritos publicados el año 1802. Sin embargo, el uso del término con el que nosotros estamos familiarizados no se generaliza hasta comienzos de nuestro siglo.
El término griego «bios» ya es utilizado por Homero para designar la vida, en un sentido quizá próximo a lo que nosotros entendemos por biografía. Los griegos utilizaban, como el propio Homero, el término «zoe» para designar la actividad vital, lo que está vivo. Es decir, el «zoe» es la vida como acción perceptible.
También encontramos en los textos homéricos el término «psyche»- el ánima de los latinos- que encierra la sugerencia de que la materia adquiere las propiedades
de lo vivo por la introducción de un elemento especial y extraño a ella misma. En el mundo antiguo, el alma es la causa de la vida.
En los poemas homéricos aún hay otro término interesante, el «thymos», que alude más bien al coraje. Así, en cierto modo, la vida comienza a ser caracterizada por su irritabilidad; el «thymos» alude al hecho de que un pequeño estímulo puede desencadenar una respuesta importante.
La biología de hoy está totalmente enfocada hacia el campo de la vida como acción o «zoe», y la historia de la biología puede considerarse una evolución de las ideas de los antiguos griegos hasta un punto donde sólo cuenta el «zoe».
Los presocráticos también establecieron el hábito mental de referirse al organismo como un pequeño universo o microcosmos, comparable en muchos aspectos al Universo o macrocosmos. En los primeros pensadores hay una tendencia a explicar el macrocosmos en términos de microcosmos, o sea en sentido biológico. Desde entonces hasta hoy esta tendencia se ha ido invirtiendo, de modo que hoy sólo se puede hablar del microcosmos en términos de macrocosmos. Es la explicación de la vida en términos de física y de química.
Hay muchas otras ideas que se les ocurrieron a los hombres del periodo presocrático y que han llegado a constituir una especie de caminos permanentes para todo el pensamiento posterior. En gran medida, la ciencia moderna viene a ser una respuesta oportuna a los problemas clásicos.
Ahora conviene que, dentro del marco que acabo de esbozar, hagamos una revisión más sistemática yendo de Tales a Arquímedes y Ptolomeo y también de Hipócrates a Galeno. Confío en que la encuentres interesante y quizá más divertida que lo que he expuesto en esta carta y en las anteriores, dado el carácter general de las ideas que en ellas quería desarrollar.
Afectuosamente,