OPUS NIGRUM

OPUS NIGRUM
Barcelona, 7 de abril de 1984
Querida Nuria,
En las dos últimas cartas he intentado darte una visión de las características fundamentales del Renacimiento, y hacer una sinopsis de sus dos grandes aportaciones a la Historia de la Ciencia: la revolución vesaliana y la reforma copernicana. No obstante, hay que tener en cuenta que en esa época ocurrieron otros muchos cambios en todo orden de cosas, relacionados o no con los que te he contado. La consecuencia global es el hombre moderno, sin el cual el fenómeno de la ciencia durante los últimos cuatro siglos no hubiera podido tener lugar. Con el Renacimiento se fraguó un tipo humano apropiado para la revolución científica.
Naturalmente, el proceso no ocurrió de repente, ni con la misma intensidad en todas partes. Es un fenómeno que irradia desde determinados focos de la vieja Europa cristiana. Durante mucho tiempo encontraremos mezclados, a veces en una misma persona, elementos medievales y elementos modernos. Es como lo que ocurre hoy en países que han recibido recientemente la civilización occidental, ya sea porque se hubieran quedado estacionados en una especie de Edad Media, porque
aún estuvieran en una etapa cultural muy primitiva o porque pertenecieran a una cultura independiente. Lo primero ocurre en los países islámicos, y lo segundo en algunos estados africanos. El tercer caso se ha producido en la India, y en cierto modo hasta en Japón. No es el momento de profundizar en este tema, pero viene bien tenerlo en cuenta para entender que el pensamiento de las personas que viven en esas situaciones sea una especie de amalgama. Hoy nos sorprendería mucho que un físico de Cabo Cañaveral estuviera interesado por la astrología, o que nuestros colegas bioquímicos introdujeran ideas alquimistas en sus experimentos. Sin embargo, eso era lo habitual en la Europa de los siglos XVI y XVII, y hasta del XVIII. Una de las personalidades más destacadas de la Revolución científica, Robert Boyle (1626-1691), practicaba la medicina, y recomendaba curar las hemorragias nasales colocando en la mano del paciente humus de cadáveres humanos, preferentemente de cementerios irlandeses. Otro protagonista de la revolución científica, Robert Hooke (1635-1703), trataba los tumores colocando sobre ellos manos de cadáver. Van Helmont (1577-1644), de quien pronto volveremos a hablar, usaba imanes y otros amuletos en su práctica médica. Por otra parte, no hay que olvidar que, todavía hoy, algunos periódicos anuncian los efectos saludables de determinadas pulseras y colgantes con cruces imantadas.
Esa clase de prácticas eran muy corrientes en el siglo XVI, incluso en las figuras que podemos considerar representativas de la transmutación humana que se estaba produciendo. Jean Fernel (1497-1558), uno de los mayores desmitificadores, prescribía estiércol de perro como remedio, y todos sabemos que Paracelso (1490-1541) mezclaba en sus curas la experiencia positiva con magia, alquimia, astrología y religión. En estos casos sorprende la gran tolerancia entre lo estrictamente científico y toda clase de seudociencias, entre el sentido común más objetivo y frío y toda clase de supersticiones. Para Tycho Brahe, una estrella nueva era una «nova» pero también un signo, un augurio. Las órbitas elípticas de Kepler (1571-1630) eran el resultado de observaciones meticulosas y objetivas, pero él seguía pensando que estaban gobernadas por un espíritu universal que residía en el Sol. Los zoólogos y botánicos seguían hablando de seres fantásticos que nunca habían visto (y lo hacían con una familiaridad tal que, de encontrarse con ellos, no se habrían llevado ninguna sorpresa). Conviene tener en cuenta todo esto, y no sólo para hacerse una idea acerca del pensamiento de la época que estamos tratando. Además, ayuda a entender por qué en el pensamiento científico actual hay ideas que tienen su origen en creencias no científicas o seudocientíficas, por mucho que uno de los empeños de la revolución científica fuera separar la ciencia de la seudociencia, como antítesis del pensamiento medieval basado en la unidad del conocimiento. El Renacimiento es una etapa intermedia en el proceso de separación.
Se pueden distinguir cuatro conjuntos doctrinales que se separarán progresivamente: el dogma cristiano, el legado griego de biología y cosmología, las seudociencias hermanas de la alquimia y la astrología, y finalmente el confuso y complejo conjunto de las supersticiones medievales (magia, demonología y brujería). En los pensadores renacentistas, y de épocas posteriores, estos cuatro conjuntos estaban parcialmente separados, y de un modo característico en cada caso. Un aspecto propio de esta situación era la convicción de que el secreto de la vida se podía alcanzar por medio de una intuición estética, de la revelación, de la superstición y de la lógica, tanto como por medio de lo que hoy llamamos conocimiento científico. Se trataba de alcanzar el control de la naturaleza manipulando las causas invisibles, fuera cuál fuera el procedimento por el que se habían descubierto.
Para los alquimistas, los fenómenos de la naturaleza derivaban de unos pocos principios fundamentales. El mercurio era llamado «prima materia» y una unión apropiada con el azufre producía la piedra filosofal o sustancia capaz de transformar los metales vulgares en metales nobles. Dicha transformación constituía el «opus magnum». Siempre era algo muy complicado, e incluía una fase crítica de fusión y separación llamada «opus nigrum». De ahí que, en sentido figurado, Marguerite Yourcenar titulara L’Oeuvre au Noir la novela en que intentaba reflejar la trágica historia de un hombre que se desprende de la Edad Media para entrar en los tiempos modernos.
En la transmutación química se podían incluir pepitas de metal noble, que deberían ser multiplicadas por influencia de la piedra filosofal. En otros protocolos, la propia piedra filosofal se considera capaz de automultiplicación. La analogía entre este proceso y el crecimiento de los organismos sugirió la conveniencia de realizar el «opus magnum» en matraces o retortas con forma de huevo. La praxis siempre estaba asociada a diversas variantes de prácticas sacerdotales y mágicas, así como a la aplicación de ciertos dogmas astrológicos y ocultistas. Aplicada a los seres vivos, la alquimia maneja el espíritu quintaesencial, que en algunos casos puede separarse por destilación. Este espíritu constituirá la base del «agua vitae» o elixir de la vida, que puede ejercer sobre el cuerpo moribundo un efecto comparable al de la piedra filosofal sobre el metal innoble.
Entre los cambios más significativos que tuvieron lugar en el Renacimiento hay que señalar la profunda escisión del mundo cristiano, tras la cual los reformistas pasarían a ser protestantes, y los católicos ya no podríamos desprendernos del corsé de la contrarreforma. Nacerían los estados-nación con sus monarquías absolutas, y se desvanecería el poder temporal del papa de Roma, y su capacidadaglutinadora de la cristiandad. La burguesía surgida durante la Baja Edad Media pasaría a ser una clase dominante, capaz de imprimir una dinámica nueva y decisiva a la sociedad. Paralelamente, y al lado de las grandes monarquías, se engrandecería la clase de los funcionarios. Con su rostro propio y a veces siniestro, esta clase alcanzaría poco a poco un gran poder.
El Humanismo no dio lugar solamente a una cultura literaria reiterativa. Ya hemos visto cómo surgió la medicina humanista, que científicamente hablando puede considerarse regresiva desde su origen, aunque hubiera de perdurar –con más o menos fuerza según el lugar- hasta el siglo XIX. Todavía hoy, la clase médica como grupo tiene algunos rasgos que se nutren de esas raíces. Por otra parte, el Humanismo origina un cambio profundo en la jurisprudencia, y sobre todo en la teoría política. En esta última encontraremos tanto la «Utopía» de Tomás Moro como «El Príncipe» de Maquiavelo. Los modelos de la Antigüedad clásica propiciaron en el hombre moderno el afán de sentirse protagonista de la historia o, como mínimo, de su propia historia.
Aunque la corriente humanista no propiciara el interés por el estudio directo de la naturaleza, en el Humanismo hay elementos dispersos que lo enlazan directamente con los profetas de la ciencia. Lluís Vives (1492-1540), el humanista más importante entre los de linaje catalán, es quien trata esta cuestión más directamente. En su obra «De tradendis disciplinis» expone sus ideas sobre la educación y, tal vez por primera vez en la historia de la pedagogía, recomienda hacer experimentos como un medio esencial para desarrollar el conocimiento. Vives va más lejos que Roger Bacon y Ramon Llull. Para él, la experimentación pasa a ser decisiva. Esto lo aproxima enormemente a Francis Bacon, que un siglo más tarde sería el gran promotor del método experimental. Supongo que recordarás que Lluís Vives fue preceptor de la reina María de Inglaterra y profesor en Oxford, aunque pasó la mayor parte de su vida en Brujas, donde murió.”
Jean Fernel fue médico de Enrique II de Francia, y dedicó al rey un librito titulado «De adbitis rerum causis», que significa «Sobre las causas ocultas de las cosas». Este médico es considerado el padre de la Fisiología, y fue el primero que la situó como disciplina independiente, imprescindible como fundamento de la medicina científica. Tiene muchas otras obras, pero la que he citado es particularmente interesante para conocer el pensamiento del Renacimiento medio. Hace años, me impresionó la magnífica glosa que de este libro hizo Charles Sherrington, premio Nobel de Neurofisiología del año 1932 y uno de los grandes maestros contemporáneos de tu especialidad.
14 Supongo que sabrás que era judío
Fernel era un hombre polifacético que también se había dedicado intensamente a las matemáticas y la astronomía. Incluso tiene una determinación del tamaño de la Tierra, que sólo se desvía un 1% del valor real.
El libro de Fernel revela la típica mentalidad del médico humanista, a la que ya he aludido repetidamente. Es representativo de los intentos de restablecer las ideas clásicas sobre la materia viva en toda su pureza, justamente en el momento en que quedaban definitivamente atrás. Sus mejores escritos son de alrededor de 1542, es decir, inmediatamente anteriores a la primera edición de la «Fabrica» de
Vesalio.
El librito sobre las causas ocultas tiene forma de diálogo entre tres personajes. Uno es Brutus, un hombre culto y aficionado a la discusión que acude con frecuencia a Platón y a las ideas alquimistas de la época. Philiatros es un joven a punto de doctorarse en París, que en todo lo que dice lleva impreso el sello de la cultura de su Facultad. El tercer personaje es Eudoxus, que representa al médico maduro y lleno de experiencia, y en quien se reconoce al propio Fernel. El diálogo comienza con la vieja cuestión hipocrática: Quid divinum? La respuesta resulta muy sofisticada, como era de esperar después de siglos de magia, milagros y superstición. «¿A qué se llama natural? ¿Acaso hay alguien que haya podido ver alguna vez la Naturaleza, y la haya tenido entre sus manos?», pregunta Brutus. Philiatros contesta: «No trato de ver con los ojos lo que puedo ver con el pensamiento». En el siglo XVII, Francis Bacon nos hablará del fulgor del conocimiento de Dios, que puede obtenerse a la luz de la naturaleza y mediante la contemplación de las cosas creadas. En el siglo XVIII, Bolinbroke escribe que para él la naturaleza comprende la totalidad de las obras de Dios, en la medida en que nos resultan accesibles. Para Fernel, en el siglo XVI, se trata de un principio que la mente alcanza a priori pero es confirmado inductivamente; es decir, lo que podríamos llamar «ley natural» como la causa inmediata de determinadas cosas. Para Eudoxus, el hombre es obra de la naturaleza, de modo que su contestación es la misma que había dado Hipócrates. No obstante, Fernel, que era compañero de San Ignacio y cristiano de convicción, profesa una religión basada en la verdad revelada y en la doctrina de la Iglesia, y tiene necesidad de armonizar el conjunto de su pensamiento. Por eso añade que las leyes naturales son expresión de la voluntad de Dios, que es justa, ordenada e inmutable. En consecuencia, dice que cuando el médico contempla al enfermo no puede ver nada que no esté sometido a esas leyes, a excepción de su conocimiento y su voluntad, es decir, de su alma pensante.
A lo largo de la discusión se observa que Fernel es aristotélico y galenista por lo que se refiere a los conceptos de materia y forma y con respecto a los cuatro
elementos, silenciando casi del todo el atomismo democritiano. En este último aspecto está de acuerdo con toda la tradición médica clásica, incluidos los arabizantes, y en contra de la escuela materialista de Padua, contra la que formula severas críticas. Se muestra incrédulo con respecto a la alquimia. Por contra, al afirmar que en el hígado tiene lugar algo parecido a una fermentación, inicia la corriente iatroquímica que tendrá muchas consecuencias en los siglos venideros. Distingue entre mezclas y «combinaciones», y usa esta distinción para explicar los diferentes temperamentos. Sigue la teoría galénica de los humores, y considera que algunas enfermedades tienen causas desconocidas que conviene averiguar. La «Scala naturae» aristotélica no le despierta en ningún momento la menor sospecha de tratarse de un árbol genealógico. Acepta la generación espontánea de las formas más simples de vida, idea que durará hasta finales del siglo XVIII. Para Fernel, la causa de la vida es la «psyche», y no se aparta de la idea cristiana de la redención. La separación no se producirá hasta Descartes.
Por otra parte, el alma es la base de toda la fisiología de Fernel. La facultad nutritiva del alma vegetativa está repartida por todo el cuerpo, mientras que su facultad sensitiva se centraliza en el cerebro, un órgano al que llega todo lo que captan los sentidos. Entre los sentidos y el cerebro, y entre éste y los músculos, viajan espíritus a través de los cuales se recibe la información o se envían órdenes. Estos espíritus son los intermediarios entre el alma y el cuerpo. Si te fijas, esto es una vieja idea platónica que ha pasado por Galeno antes de llegar a Fernel.
En la fisiología de Fernel, la mente ocupa una tercera parte del programa, no en el sentido de considerar a la mente como una propiedad de la materia, sino por el hecho de que todas las acciones del cuerpo se originen en el alma, de la que la mente es la expresión.
Fernel rechaza la magia que estaba en boga en su tiempo. También era corriente la medicina astrológica, y de hecho Fernel la practicó durante algún tiempo, siguiendo una corriente que podemos retrotraer hasta Arnau de Vilanova. Sin embargo, Fernel acaba convenciéndose de que es una mentira absoluta, incompatible con su propia experiencia médica y con su fe religiosa, que no le permitía ver al hombre caminando por el macrocosmos como un títere. Cuando Nostradamus, el más célebre astrólogo de la época, visitó la corte, Fernel se ausentó. Además, aconsejó al rey que hiciera lo mismo, dejando la astrología como un entretenimiento para mujeres y para cortesanos con pocas luces.
Fernel está convencido de que siempre puede encontrarse una planta que proporcione el «simple» apropiado para curar cada enfermedad. Se cree que era
un hábil cirujano; sin embargo, es incapaz de ver relación alguna entre la función y la estructura. Suya es la frase «la geografía es a la historia lo mismo que la anatomía es con respecto a la medicina».
El finalismo galénico domina el pensamiento de Fernel. Nada es inútil, todo está dominado por la finalidad y el designio. Tendremos que esperar al siglo XIX, con Darwin, para que este finalismo sea reemplazado por el oportunismo de la naturaleza. Si hay un atributo de la vida que sea absolutamente general, y evidente como ningún otro, es el calor. Ahí encontramos una nueva expresión del galenismo de Femel: el calor innato de todo lo vivo. Textualmente, en el Diálogo encontramos el siguiente pasaje: «El calor innato es un calor cuya persistencia podemos notar incluso bajo los efectos del frío y de la decrepitud de la edad. Ciertamente, la frialdad de la vejez domina el fuego material que existe en el temperamento, pero la vejez, dado que aún está viva, es incapaz de vencer al calor innato. Es en virtud de ese calor que la serpiente vive, aunque su temperamento sea frío. Otro tanto ocurre con la mandrágora, la adormidera y muchas plantas de temperamento frígido.» El temperamento frígido de estas hierbas se infería de sus propiedades para combatir la fiebre.
El pájaro que ves en un árbol del bosque puede ser lo que parece, pero también puede no serlo. Podría ser un agente demoníaco inclinado al mal o, por contra, un mensajero angélico otorgando alguna gracia. También podría ser el alma de algún muerto, inofensiva pero en absoluto inactiva. Fernel, iniciando un hipercriticismo racionalista que deja fuera de lugar a todas esas posibilidades, diría rotundamente: «sólo hay un pájaro en el árbol del bosque». Por desgracia, en aquella época el acervo de observaciones acumulado aún era demasiado pequeño para sustentar un sistema de ideas que hiciera comprensible el mundo exterior. Pese a ello, Fernel se manifiesta como un hombre moderno, pero que sólo dispone de información antigua e insuficiente. Guy Patin, sucesor suyo en Paris, dijo de Fernel: «Nos enseñó que nuestros dedos tienen ojos, pero son unos ojos que sólo pueden ver lo que está directamente a su alcance. Como cristiano creo en una serie de cosas que no puedo ver ni sentir, pero como médico sólo creo en lo que ven mis dedos.»
En el diálogo De abditis rerum causis, Brutus acaba retirándose con la cabeza hecha un lío. En cambio, Philiatros propone hacer un resumen de todas las conclusiones a las que han llegado. Son más o menos las que te he expuesto antes, pero quizá valga la pena que, para que te familiarices con el estilo de la época, te las transcriba con un mínimo de paráfrasis: «Todo lo que la naturaleza produce está compuesto, desde el momento de su aparición, de materia y forma. De estos dos componentes, la forma es, con gran diferencia, el más importante. Determina que la
cosa sea como la vemos. Una consecuencia de esto es que la cosa engendrada no sea algo estable ni permanente. La forma, dondequiera que la cosa inicie su existencia, no puede permanecer indefinidamente ligada a su materia. Se reúne con ella en un momento dado, y de golpe. Esto es, en su verdadera acepción, lo que se llama nacimiento. De manera parecida, en otro momento se separará de la materia, y eso será la muerte. Antes de que la forma sea solicitada para que entre en la materia, ésta debe adquirir la disposición adecuada. De otro modo, la unión entre materia y forma no podría producirse. Pero se trata únicamente de una preparación. Los progenitores colaboran en esta preparación, ya sea por medio de semillas o de algún otro modo. La organización preliminar es de diversas clases: la unión de los cuatro elementos en un temperamento, la proporcionalidad del cuerpo y de sus partes, la provisión de los tres espíritus corpóreos como agentes: todo viene de los padres a través de las semillas. Cuando termina este proceso de preparación, la forma, la especie, viene de fuera, naturalmente, y como se puede adivinar, ello es una necesidad inevitable. Toda vez que dicha forma es absolutamente simple, de ningún modo está constituída por subformas. Las facultades de la forma le permiten, sin embargo, contener la multiplicidad de cosas que ha de realizar. Los que juzgan únicamente por los sentidos y observan únicamente las causas inmediatas infieren que la forma se obtiene y se deriva de las potencialidades de la materia. Pero son muchos los argumentos útiles que lo contradicen. Los padres, al engendrar otro ser del mismo tipo, no lo crean. La misión de los padres se limita a ser el medio para que concurran las circunstancias que hacen posible la unión entre la materia y la forma. Por encima de los padres está el Artífice, más poderoso y sublime que ellos. Es Él quien envía la forma, como ocurre cuando se respira por primera vez.» La obra termina cuando Eudoxo exclama: «Creo que lo habéis resumido correctamente.»
Quisiera que la carta de hoy, que quizá podríamos titular «Opus nigrum», sirviera para darte una perspectiva de la época que estamos tratando, y sobre la cual se asentará de manera inmediata la Revolución científica. No obstante, en la próxima carta aún he de tratar dos figuras del siglo XVI que también son importantes. Me refiero a Paracelso y a van Helmont, fundadores de la corriente iatroquímica que reencontraremos en el siglo XVIII, e igualmente relacionados con un fenómeno intermedio entre la alquimia y la química moderna. Dicho fenómeno está relacionado con los progresos de la química farmacéutica durante los siglos XVI y XVII.
Afectuosamente,