OTROS ASPECTOS DE LA BIOLOGÍA DEL SIGLO XVIII
Begues, 27 de septiembre de 1984
Querida Nuria:
Quisiera dedicar esta carta a una serie de aspectos de la biología del siglo XVIII que hasta ahora he dejado a un lado, y que me parecen suficientemente significativos como para dedicarles nuestra atención.
Hasta Lamarck, el estudio de los invertebrados es una continuación de los trabajos iniciados por Malpighi y Swammerdam en el siglo XVII. La figura más destacada de la primera mitad del XVIII es René Antoine Ferchault de Réaumur (1683-1757), nacido en La Rochelle e hijo de un magistrado de gran fortuna, perteneciente a la nobleza. Réaumur se dedicó desde joven a estudios muy diversos y en campos muy diferentes. Gracias a un trabajo matemático ingresó en la Académie des Sciences, institución que más tarde le encargaría una Description générale des Arts que no terminó. Sus artículos no son recopilaciones de información ajena, sino el resultado de su propia experiencia en talleres y fábricas. Entre ellos ocupan un lugar destacado los que se refieren a la fundición de los metales y la obtención de acero. También se ocupó de la fabricación de porcelana, así como de la hilatura de oro y de la fabricación de perlas artificiales.
Réaumur estudió la dilatación de los gases, el calor específico y, como sabes, estableció la escala termométrica que lleva su nombre, y que va desde 0°, punto de congelación del agua, hasta 80°, cuando empieza a hervir. Aquí en Begues tengo un termómetro que aún lleva esa escala. Sin embargo, el trabajo más importante de Réaumur está relacionado con los invertebrados, y se recoge en sus Mémoires pour servir á l’histoire des insectes, en siete grandes volúmenes y con excelentes láminas. Estos volúmenes aparecieron entre 1734 y 1742, y constituyen una obra inacabada. Piensa que la Histoire Naturelle de Buffon no trata las dos clases de invertebrados, insectos y vermes, de la clasificación de Linneo. Para Réaumur el término «insectos» es muy amplio, e incluye prácticamente todos los animales inferiores. Estudió más especies que Swammerdam, abarcando prácticamente todos los grupos que hoy se conocen. También se asocia a Réaumur el descubrimiento de los fenómenos eléctricos de la raya, el estudio de la regeneración de las extremidades del cangrejo y, en relación con la formación de perlas, la existencia de un proceso secretor en la cloaca de los moluscos.
Réaumur fue el primero en obtener jugo gástrico, haciendo tragar a un gavilán una esponjita que luego era vomitada, como hacen las aves con todo aquello que no pueden digerir. No pudo discernir si la acidez del jugo era un fenómeno normal o patológico, ni observar la digestión in vitro. Recogió vómitos en ayunas y experimentó con su poder digestivo, pero no obtuvo resultados concluyentes. En cambio, pudo comprobar la digestión de trozos de carne introducidos en el estómago del gavilán dentro de cápsulas metálicas perforadas. Cuando las extraía, la carne se había disuelto. Sus experimentos sobre la digestión fueron repetidos –y mejorados significativamente– por Spallanzani (1777), a quien ya he citado. Spallanzani logrará la digestión in vitro y comprobará que el jugo gástrico es imputrescible, refutando definitivamente la idea de que la digestión es una putrefacción. Los trabajos de Réaumur y Spallanzani sobre este tema tendrán continuación, ya en el siglo XIX, con los estudios de Prout, que identificará el ácido clorhídrico del estómago, y con los célebres y definitivos experimentos de la fístula gástrica de Beaumont y Claude Bernard.
La obra de Réaumur sobre los invertebrados fue completada por el holandés de origen sueco Carl de Geer (1720-1778), que entre 1752 y 1778 publicó siete volúmenes con el título Mémoires pour servir á l’histoire des insectes. También influyó sobre Abraham Trembley (1710-1784), que desde Holanda dio a conocer, en 1788, sus Mémoires pour servir á l’histoire d’un genre de polypes d’eau douce, que sirvió para que el propio Réaumur se interesara por este tipo de organismos y por el descubrimiento de la naturaleza animal de los corales, realizada en 1727 por Antoine Peysonnel. Finalmente, podemos situar en la misma línea la obra de August Johann Roesel von Rosenhof (1705-1759), de Turingia, que estudió extensamente la vida de los animales inferiores, publicando sus resultados con magníficas ilustraciones propias. También se debe a Rosenhof el procedimiento para mantener ranas en un acuario indefinidamente, un procedimiento que ha tenido gran utilidad para el desarrollo de la fisiología. También podemos añadir a Pierre Lyonet (1707-1789), un hugonote refugiado en Holanda, que publicó un Traité anatomique de la chenille qui ronge les bois de Saule (1760), con dibujos de magníficas disecciones.
Ya he citado a Albrecht von Haller (1708-1777) como uno de los discípulos de Boerhaave. Fue una gran figura del siglo XVIII, fisiólogo, anatomista, botánico e incluso novelista y poeta. A nosotros nos interesa particularmente bajo dos aspectos: como fisiólogo y como uno de los más grandes representantes de la corriente vitalista de su tiempo. Como botánico y como escritor fue respectivamente rival de Linneo y de Jean-Jacques Rousseau, y hay que admitir que en ambos casos se quedó bastante atrás. El contrapunto de su vitalismo está personificado en De la Mettrie, que tuvo el detalle sarcástico de dedicarle su libro L’homme machine, que von Haller rechazó indignado. Sus Primae Lineae Physiologiae de 1747,pronto traducidas a diversos idiomas, constituirán el libro de fisiología más extendido hasta bien entrado el siglo XIX, y sus Elementa Physiologiae Corporis Humani (1757¬1776), en ocho volúmenes, la síntesis fisiológica más grande de su época.
Albrecht von Haller nació en Berna en 1707. Estudió en Tübingen y obtuvo el doctorado en la célebre Universidad de Leiden, donde fue discípulo destacado de Boerhaave y de Albinus. Luego amplió estudios en París, Londres y Basilea. En esta última ciudad cursó matemáticas superiores con Jean Bernouilli, y además publicó una gran obra sobre la flora suiza. Pasó un tiempo en su ciudad natal, y luego se trasladó a Góttingen para ocupar durante diecisiete años la cátedra de anatomía, cirugía y botánica. Allí fundó la célebre revista «Göttinger gelehrte Anzeigen», en la que llegaría a publicar no menos de doce mil artículos y reseñas. Sin que se sepa porqué, en 1753 abandonó la cátedra para volver a Suiza, donde llevó una vida más bien oscura, aunque continuó relacionándose con la mayoría de los sabios de su tiempo. Era un devotísimo cristiano, padre de once hijos. Hoy en día diríamos que con toda probabilidad sería miembro del Opus. De hecho, como antes Kepler y Newton y más tarde Faraday y Pasteur, Haller será un ejemplo más de una auténtica pero difícil coexistencia entre un gran misticismo religioso y un poderoso racionalismo científico.
La obra fisiológica de Haller trata, entre otros temas, del desarrollo embriológico, la formación de los huesos, el mecanismo de la respiración y la acción del jugo gástrico y de la bilis. No obstante, la parte más innovadora es sin duda la que se refiere a la irritabilidad como característica básica de la materia viva. Por ejemplo, pone de manifiesto que los músculos se contraen como respuesta a diferentes tipos de estímulos: mecánicos, térmicos, químicos, eléctricos o nerviosos. La reacción es de tipo todo o nada, sin que haya proporción entre la intensidad del estímulo y la de la respuesta. Para Haller, ello significaba que la fisiología no era reducible a una explicación física o química.
Julien Offroy de La Mettrie nació en Saint Malo (Bretaña) en 1709. Estudió teología en la Sorbona, y luego medicina en Leiden con Boerhaave. Se estableció como médico en Paris, donde publicaría la traducción de las obras de su maestro, cosa que estuvo mal vista en el ambiente intelectual de la capital de Francia. Como La Mettrie era un gran polemista, en lugar de apaciguar los ánimos los soliviantó. Como consecuencia, igual que habían hecho otros pensadores de su época cuando se habían encontrado con dificultades, emigró a Holanda, que se había convertido en un refugio de librepensadores. Allí publicó sus dos célebres obras, L’Histoire Naturelle de l’ame» y «L’homme machine. Las cosa se le puso negra incluso en Holanda, pero tuvo la suerte de ser acogido por Federico II de Prusia, un monarca liberal y absolutamente
indiferente a los problemas religiosos, comparable en algunos aspectos a otro Federico II –el de las Dos Sicilias, de comienzos del siglo XIII– que ya ha aparecido en una carta anterior. Se dice que La Mettrie murió de un empacho de trufas, y que de hecho alardeaba siempre de disfrutar sin límites de todos los placeres de la vida. Fue uno de los autores más denostados del siglo XVIII, pero quiero creer que su objetivo era crear un estado de opinión universal que tuviera como base los principios científicos, a base a arremeter contra todas las ideologías y convencionalismos. De todos modos, es posible que se preocupara más de persuadir que de buscar objetivamente la realidad.
De la Mettrie puede considerarse el fundador de la psicofísica. Preconizó que lo que llamamos alma no puede ser diferente del cuerpo, y admitió la existencia de enfermedades que pueden afectarla. También decía que los animales no difieren del hombre en este aspecto. Partiendo de las «moléculas orgánicas» de Buffon, supuso que los seres vivos se habían originado espontáneamente en una Tierra primitiva diferente de la actual. Creía que los órganos podían seguir ejerciendo sus funciones separados del cuerpo, una idea que ha resultado trascendental en fisiología por lo que se refiere a las técnicas de perfusión de órganos aislados. Como ya te he señalado, podemos considerar a La Mettrie como un líder del materialismo del siglo XVIII, en oposición al vitalismo de Haller.
Aunque el dualismo preformación-epigénesis tiene origen aristotélico, desde el gran naturalista de la Antigüedad hasta los microscopistas del siglo XVII dominó la tesis epigenista. Por ejemplo, ya sabes que Harvey fue de esa opinión. En el siglo XVIII, en cambio, tras los descubrimientos de Malpighi y Swammerdam, la mayoría de los sabios de pro se hicieron preformistas. El desarrollo embrionario se reducía a un simple crecimiento de órganos preexistentes, y se formaron dos bandos: los ovistas y los espermatistas. Estos últimos reclamaban para Adán el privilegio que los ovistas concedían a Eva. El espermatozoide es un abrégé d’enfant, según la conocida expresión de Nicolas Andry, médico francés del XVIII. Pero en éstas apareció Wolff como un nuevo campeón de la epigénesis, afirmando que la sustancia germinal era originalmente homogénea y amorfa, y que las diferentes partes del embrión sólo aparecen después de la fecundación, sucesivamente y con formas totalmente diferentes de las que irían adquiriendo en su evolución posterior, ya que la fenogénesis era un proceso gradual de metamorfosis continua. Este modo de pensar estimuló los estudios embriológicos, que los preformistas descuidaron por considerarlos irrelevantes. En cierto modo, podemos considerar el pensamiento actual como una síntesis de las dos teorías.
Caspar Friedrich Wolff nació en Berlín en 1733. Era hijo de un sastre, y estudió medicina en su ciudad, y más tarde filosofía en Halle, donde se seguía elsistema de Leibniz. Entre sus escritos tenemos la Theoria generationis de 1759, que fue acogida más bien con frialdad. Más tarde Wolff emigró a Rusia, donde reinaba Catalina la Grande. En San Petersburgo publicaría De formatione intestinorum, en el año 1768. Son sus dos obras fundamentales, que pasaron casi inadvertidas en su tiempo pero ejercieron una gran influencia a comienzos del siglo XIX. Wolff murió en 1794.
Según Wolff, el desarrollo estaría presidido por una fuerza que él llama «vis essentialis». Dicha fuerza actuaría sobre un material indiferenciado, dando lugar a la formación de «vesículas» visibles al microscopio. De este modo se formaría un tejido uniforme del que surgirían progresivamente los futuros órganos. Wolff aplica esta idea tanto a las plantas como a los animales. Con respecto a estos últimos, Wolff describió con detalle las sucesivas modificaciones que experimenta el intestino del polluelo, que inicialmente es una simple membrana que luego se pliega y se curva para convertirse en un tubo. Hay que reconocer que se anticipó a Schleiden y Schwann al afirmar que los tejidos «vesiculares» existían tanto en animales como en plantas. Por otra parte, al señalar que la hoja origina los restantes órganos de los vegetales, Wolff adelanta la teoría que más tarde formularía Goethe. Pero lo más importante de todo es el hecho de comparar los tejidos primarios del animal con las hojas de las que surgirán nervios, músculos y vasos, estableciendo así el punto de partida de la teoría de las hojas germinales de von Baer, Pander y Remak.
Pese a lo que acabo de contarte, debes ver a Wolff sobre todo como un teórico, un hombre muy influido por el movimiento romántico, y más afín a los Naturphilosophen que a los científicos del siglo XVII o de su propia época.
En el siglo XVIII tuvo mucha más influencia Charles Bonnet que Wolff. Bonnet nació en Ginebra en 1720, en el seno de una familia hugonote que había emigrado desde Francia. Ejerció de abogado pero dedicó primordialmente su atención a las ciencias naturales. Fue discípulo de Réaumur, y de ahí que se interesara sobre todo por los «insectos». Por desgracia, una enfermedad ocular le obligó a dedicarse preferentemente a trabajos especulativos. Murió en 1793, y contrasta con los librepensadores de su época ya que fue toda su vida un devoto cristiano. Tuvo gran influencia de Haller, y fue muy apreciado por sus contemporáneos y sucesores, incluido Cuvier.
Bonnet suele ser recordado sobre todo por el descubrimiento de la partenogénesis. Consiguió aislar la hembra del pulgón, observando que se reproducía sin la intervención de ningún macho, dando lugar a una numerosa descendencia de hembras. Descubrió igualmente la alternancia entre la generación partenogenética de verano y la sexual de invierno. Esto fue un golpe de gracia
para los espermatistas. Muchos llegaron a la conclusión de que, aunque Eva proviniera de una costilla de Adán, todas las generaciones futuras estaban ya en su ovario. Por otra parte, conviene recordar que la reproducción partenogenética de los áfidos ya había sido observada por Leeuwenhoek.
Bonnet también estudió celentéreos y briozoos, anélidos de agua dulce y el gusano de tierra, sobre todo por lo que se refiere a su capacidad de regeneración. También nos describe los cambios anatómicos que se producen durante la metamorfosis de algunos insectos, y se da cuenta de que el tejido adiposo tiene un papel de reserva. También hay que señalar que fue el descubridor de los tropismos.
Para explicar la regeneración, Bonnet supuso que había una especie de simientes vitales repartidas por todo el cuerpo. Esta idea procede de Leibniz y de Buffon. Ahora bien, a diferencia de este último y de La Mettrie, Bonnet no la relacionó con la generación espontánea, que rechazó explícitamente. Creía en una evolución progresiva de las partículas germinales de cada especie, lo cual conllevaba una mejora gradual. Por este motivo, pensaba que en otros planetas podían existir las mismas especies, pero con un grado diferente de evolución. Aplicaba esta idea a la propia especie humana, y admitía que en otro planeta podía hallarse en un estadio más próximo a los ángeles que en la Tierra. El pensamiento de Bonnet puede considerarse precursor del de Lamarck, e incluso puede haber influido en la moderna teoría ortogenética y en el famoso «punto omega» de Theilard de Chardin.
En el año 1780, Bonnet escribió una carta a Lazzaro Spallanzani (1729-1799) en la que le decía: «En pocos años usted ha hecho más experimentos que todas las academias juntas en un siglo.» En efecto, Spallanzani, a quien ya me he visto obligado a citar repetidamente, representa por su sentido experimental y por su tipo de pensamiento un verdadero adelanto de la biología del siglo XIX. Nació en Scandiano (Reggio Emilia). Aunque estudió abogacía en Bolonia, se dedicó de lleno a las ciencias naturales, probablemente por influencia del gran naturalista Vallisnieri, a quien ya he citado en relación con el origen de las agallas de los vegetales, y de su prima Laura Bassi, que era profesora de Física en la Universidad de Bolonia. Spallanzani recibió los hábitos religiosos, y fue profesor en Reggio, en Módena y finalmente en Pavía, donde realizó su labor principal. En aquella época Pavía albergó a otras figuras importantes, como Scarpa en anatomía y Volta en física. Independientemente, Spallanzani hizo extensos viajes de ampliación de estudios, y alcanzó una gran fama internacional.
Dejaremos a un lado la respiración y la digestión, que ya hemos tratado, para centrarnos en otros dos aspectos importantes de la obra de Spallanzani: la generación espontánea y la fecundación artificial.
En la época que estamos tratando, el presbítero inglés John Tuberville Needham (1713-1781), que fue colaborador de Buffon, había hecho experimentos de generación espontánea de microorganismos en líquidos susceptibles de fermentación inicialmente limpios. Obtuvo resultados positivos usando recipientes cenados, y tras un calentamiento relativamente largo. Sus trabajos fueron publicados en un libro titulado New Microscopical Discoveries (1745) y en las Philosophical Transactions de 1743. Spallanzani repitió los experimentos de Needham evitando cuidadosamente cualquier clase de contaminación procedente del exterior y aumentando el tiempo de calentamiento del líquido. En esas condiciones no había generación, y el medio permanecía libre de vida indefinidamente. Poniéndolo en contacto de nuevo con el exterior aparecían los microorganismos, poniendo de manifiesto ad oculos que los gérmenes venían de fuera. Tras lo expuesto por Spallanzani en sus escritos Saggio di osservazioni microscopiche concernenti
sistema della generazioni di signori di Needham e Buffon (1765) y Oservazzioni e sperienze intorno alli animaluzzi delle infusioni (1767), la gente dejó de creer en la generación espontánea de los microorganismos. Por ejemplo, Voltaire escribiría al respecto: Des animaux nés sans germes ne pouvaient vivre longtemps. Ce sera votre livre qui vivra, parce qu’II est fondé sur l’expérience et sur la raison. Pese a ello se produjo una gran controversia, de la que finalmente surgiría el problema de si era el aire residual calentado el que impedía el fenómeno de la generación espontánea. De este modo se pasaba de nuevo la pelota, que en el siglo XIX sería recogida por Schwann y Pasteur para marcar el gol definitivo.
Pocos de los que hoy hablan y escriben sobre niños probeta saben que este asunto viene del siglo XVIII. Fue nuestro Spallanzani el primero en lograr la fecundación experimental en batracios, y en conseguir la primera inseminación artificial en el perro. Obviamente, en los batracios la fecundación y el desarrollo son extracorpóreos. Por desgracia, en este tema, Spallanzani fue víctima de sus propios apriorismos mentales. !Nadie es perfecto! Viendo que el líquido seminal filtrado perdía el poder de fecundar, no fue capaz de ver que éste residía en los espermatozoides retenidos en el filtro. Ovista radical, no pudo creer en una participación equivalente de los dos sexos en la reproducción; para él, el óvulo había de contener el embrión preformado, que sólo necesitaba ser estimulado por contacto directo con el líquido seminal. Habría que esperar hasta 1875 para que Oscar Hertwig pusiera en evidencia la unión entre el espermatozoide y el óvulo. De todos modos, en el campo de la biología, Spallanzani fue el experimentador más hábil del siglo XVIII. Tal vez por ese motivo Pasteur colgó su retrato en el lugar de honor de su despacho en París.
Ya sabes que en el siglo XVIII la botánica estuvo dominada por Linneo, con objetivos fundamentalmente sistemáticos. Stephen Hales (1679-1761), a quien ya he citado, fue una excepción, y es un precursor de los grandes fisiólogos vegetales de finales de siglo, que también hemos tratado. Ahora quiero hablarte de Joseph Gottlieb Kólreuter, nacido en Würtemberg en 1733. Estudió en Berlín, Leipzig y San Petersburgo. Fue profesor de Historia Natural y conservador de los jardines botánicos de Karlsruhe. Murió en 1806. Fue un continuador de Camerarius en el campo de la fecundación de las plantas. Examinó al microscopio la emisión del tubo polínico, considerándolo un líquido aceitoso semejante al que desprende el pistilo; la unión de uno y otro constituiría una reacción del tipo de la que ocurre entre un ácido y una base para formar una sal.
Kólreuter fue el primero en darse cuenta de que algunas flores siempre son fertilzadas por insectos, mientras que otras lo son exclusivamente por el viento. Mediante fecundación artificial obtuvo híbridos de manera sistemática, cruzándolos entre ellos y recuperando los tipos paternos. Por tanto, tenemos un antecedente preciso de los experimentos de Mendel. Incluso registró casos que hoy se interpretarían como mutaciones. Sin embargo, no fue capaz de interpretar sus resultados, probablemente ofuscado por ideas excesivamente vagas sobre la fecundación, y por una cantidad abrumadora de prejuicios místicos y alquímicos. Para que te hagas una idea, te diré que llegó a comparar la obtención de híbridos con la transmutación de los metales. Con este tipo de cosas en la cabeza, era muy difícil que entendiera el significado de sus propios experimentos.
Christian Conrad Sprengel también trabajó sobre la fecundación de las plantas. Nació en Brandeburgo en 1750, y llegó a rector de Spandau (¡nada que ver con el campo de concentración nazi!). Murió en 1816, prácticamente desconocido, pero tuvo la fortuna (póstuma) de ser salvado del olvido por Charles Darwin, que se valió de los experimentos de Sprengel para apoyar la teoría de la selección natural. Sprengel observó que los nectarios de las flores siempre están protegidos de la lluvia y tienen colores especiales, llegando a la conclusión de que su función es atraer a los insectos. Comprobó que éstos trasladan polen de los estambres a los pistilos, y observó que algunas plantas siempre son polinizadas por la misma especie de insecto, mientras que otras lo son por más de una. Se dio cuenta de que la forma y la posición de los nectarios se adapta al tipo de insecto, y descubrió que en muchas flores hermafroditas los estambres y los pistilos maduran en momentos diferentes, de modo que la fecundación por medio de los insectos sólo puede ser cruzada. Concluyó que la naturaleza no quiere que una flor sea fecundada por su propio polen. La obra de Sprengel no fue valorada con justeza por los Naturphilosophen de su tiempo, pero sobrevivió y contribuyó al progreso posterior en su campo.
Le Siécle des Lumiéres desembocó en la revolución de 1789. Pero esto fue en Francia, y no en el resto de Europa. En Inglaterra no había lugar para una revolución, tras la guerra civil y los consiguientes cambios políticos ocurridos en el siglo XVII. En Alemania, donde este periodo se conocería más tarde con el nombre de Aufklärung, inicialmente no tuvo otra consecuencia que una renovación literaria. Tras la guerra de los treinta años, Alemania permaneció dominada culturalmente por Francia, hasta el resurgimiento de Prusia con Federico el Grande. Es entonces, hacia la segunda mitad del siglo, cuando se produce un gran renacimiento literario, junto con la filosofía idealista y la Naturphilosophie, todo ello con suficiente fuerza expansiva como para repercutir más o menos en los restantes países de Europa. Algunos científicos de la época estuvieron muy influidos por estas corrientes, y otros, poco o nada. Entre los primeros hubo quien se entregó a especulaciones delirantes. Entre los segundos, algunos alternaron la especulación con la investigación específica y rigurosa. Esto último acabó siendo la tónica dominante a medida que avanzaba el siglo XIX.
Lorenz Oken (1779-1851) es tal vez uno de los principales representantes de la Naturphilosophie. Fue profesor en Jena, y allí publicó su teoría de que el cráneo era una modificación de unas cuantas vértebras. Ello le hizo caer en desgracia ante Goethe, que era la máxima autoridad intelectual en Alemania. Oken fundó la revista «Isis», que durante mucho tiempo constituyó un foco de la vida científica alemana. También tuvo la interesante iniciativa de organizar reuniones de sabios de diferentes países y escuelas, por lo cual podemos considerarle el fundador de los congresos y simposios de nuestro tiempo. Hay que reconocer que Oken promovió el interés por el estudio de la naturaleza, pero su pensamiento es bastante estrafalario, sin el rigor formal de Schelling ni la belleza de las ideas de Goethe.
Fuera de Alemania, la corriente filosófica natural produjo dos figuras realmente dignas de recordar. En Inglaterra tenemos a Erasmus Darwin (1731-1802), de quien ya hemos hablado en relación con la Lunar Society. En realidad tenía un espíritu muy diferente del que caracterizó a dicha institución. Nació en Nottingham, y estudió en Cambridge y Edimburgo. Ejerció como médico rural en Lichfield, y tuvo dos nietos que habrían de perpetuar su memoria: Charles Darwin y Francis Galton. Aunque escribió acerca de casi todo, haciendo un pequeño esfuerzo podemos salvar su Zoonomia (1794). En ella se muestra epigenista y espermatista, y admite la evolución de las especies. Por este motivo se ha dicho que influyó en su nieto; sin embargo, éste sólo le consideró un precursor de Lamarck.
Étienne Geoffroy de Saint-Hilaire nació cerca de París en 1772. Se interesó por la química, la cristalografía y la anatomía. Durante la revolución se dedicó a
salvar la vida a bastantes curas con el riesgo de perder la suya. Pese a ello, el gobierno revolucionario lo nombró profesor de zoología en un centro de nueva creación, donde pronto lograría fama por su talento y energía. Recomendó a Cuvier, que entonces era totalmente desconocido. Gracias a ello, Cuvier acabó ocupando otra cátedra. En calidad de zoólogo, acompañó a Napoleón en su expedición a Egipto y obtuvo excelentes colecciones, que salvó de manos de los británicos. Menos loable fue el desmantelamiento de los museos españoles y portugueses, en el que participó igualmente por orden de Napoleón. Los útimos años de su vida estuvieron marcados por su enemistad con Cuvier. Murió en 1844.
La anatomía comparada abanderada por Buffon y Daubenton fue continuada con gran entusiasmo por Saint-Hilaire y Cuvier. Realmente fue este último quien la convirtió en una de las bases de la biología contemporánea, y quizá valga la pena dedicarle una carta. Sin embargo, Saint-Hilaire también merece un lugar destacado en la corriente filosófica natural que estamos tratando. Creía que todos los animales tienen un tipo único de organización. Se interesó especialmente por la estructura ósea, y hay que reconocer que tuvo ideas brillantes en este aspecto. Interpretó acertadamente que el hueso del oído de los peces procede del hueso craneal, y que el cartílago de la laringe procede de los arcos branquiales. Sin embargo, también estableció homologías totalmente fantásticas, sobre todo en invertebrados. Uno de los espectáculos intelectuales más famosos de principios del siglo XIX fue la discusión pública entre Saint-Hilaire y Cuvier. Desde lejos, Goethe la siguió atentamente, defendiendo a Saint-Hilaire. Sin embargo, el ganador indiscutible fue Cuvier, que en ese momento ya tenía un enorme prestigio. De todos modos, Saint-Hilaire, que le sobrevivió, continuaría empecinado en sus propias ideas.
Quiero creer que, integrando esta carta en las anteriores, irás teniendo un
panorama satisfactorio de este segundo siglo de la revolución científica.
Afectuosamente,
OTROS ASPECTOS DE LA BIOLOGÍA DEL SIGLO XVIII
Published on Abril 15, 2008
in ciencia.
Tags: académie des sciences, ajena, begues, de los gases, description générale, el calor, los invertebrados, sin embargo.










