TEORÍA DE LOS TEJIDOS Y TEORÍA DE LOS CRISTALES
Barcelona, 1 de diciembre de 1984
Querida Nuria:
En las últimas cartas te he descrito cómo el periodo comprendido entre 1760 y 1830 representa la culminación del siglo XVIII. Como ya he señalado, la primera mitad del XVIII es una continuación del XVII, casi un periodo de transición, en el contexto de la revolución científica. Por otra parte, el tramo final del siglo XVIII fue importante por los grandes cambios producidos en la historia de Occidente: la caída del Ancien Régime y el triunfo irreversible del capitalismo dentro de la evolución del sistema económico. Es el comienzo de lo que se llama la Edad Contemporánea.
Al principio del siglo XVIII había dos corrientes de pensamiento, a las que ya me he referido anteriormente: la mecanicista y la vitalista. Los fenómenos de la vida ¿eran puramente mecánicos? ¿o los organismos vivos existían por y para el alma? La doctrina vitalista estaba liderada por Stahl, y a lo largo del siglo se desarrolló de modo especial en la Facultad de Medicina de Montpellier. Las ideas básicas eran la complejidad química del cuerpo, la estructura propia de cada una de sus partes y la tendencia espontánea a la descomposición y la muerte. Sería la fuerza vital la que se opondría a esa tendencia, y mantendría la actividad ordenada de las partes en un todo unitario. Un mecanicismo puro era insostenible a finales del siglo XVIII: el mundo se consideraba claramente dividido entre los seres vivos y la materia inanimada. El movimiento autónomo, la fotosíntesis y el proceso respiratorio eran características exclusivas de los primeros. Los propios fenómenos eléctricos puestos de manifiesto por Galvani (1737-1798), que fueron estudiados de nuevo por Humboldt y otros, así como los trabajos de Mesmer sobre el magnetismo animal, contribuyeron a ahondar dicha separación.
En la corriente neovitalista hemos de recordar a Bordeu (1772-1776), que se formó en Montpellier aunque posteriormente se estableció en París. Para Bordeu, los órganos son las partes últimas dotadas de vida independiente, y el organismo vivo es el resultado de su cooperación mutua, controlada por el encéfalo a través de los nervios. Éstos estimularían a los órganos, que tomarían su alimento de la sangre. Tomarían de manera selectiva las sustancias apropiadas, y formarían otras nuevas que excretarían como consecuencia de su actividad. Este mecanismo glandular es fundamental, y puede aplicarse a todas las partes del cuerpo. Algunos órganos como el estómago –y en cierto modo los órganos de los sentidos– tomarían
materiales del exterior, siempre de manera selectiva y rechazando todo lo que sea nocivo, como ocurre violentamente en el caso del vómito.
Barthez (1734-1806) también es representativo de esta escuela. Fue profesor en Montpellier y llegó a rector, aunque durante la Revolución fue postergado temporalmente. Publicó una obra titulada «Science de l’homme», en la que admite un principio vital independiente de la vida psíquica, que determinaría la irritabilidad y la sensibilidad de cada órgano. En cierto modo, se trata de un retorno a las ideas de los médicos del Renacimiento.
Los dos autores citados no coinciden en todo, pero representan a la misma corriente neovitalista, que por otra parte ya se encuentra muy alejada de Stahl. En cambio, dicha corriente tiene una conexión directa con François Xavier Bichat, fundador de la histología moderna. Nació en un pueblo del Jura francés el año 1771, estudió en Lyon y más tarde se trasladó a París. Murió en 1802, a los 31 años, probablemente víctima de una fiebre séptica contraída en el propio hospital de la Facultad de Medicina.
Bichat fue un hombre extraordinario por su gran laboriosidad y por su pensamiento creador. De temperamento modesto y altruísta, vivió para su trabajo e indiferente a todo lo demás, pese a los grandes trastornos políticos y sociales de su época. Fue ante todo médico, y centró exclusivamente su atención sobre los fenómenos morbosos. Aunque sea el fundador de la histología, nunca utilizó el microscopio. Hoy ello resulta sorprendente, pero Bichat consideraba que el microscopio no servía más que para engañarse con falsas ilusiones. Tampoco quería saber nada de dibujos y representaciones gráficas, que según él sólo servían para deformar la realidad. Negó tanto la teoría del alma de Stahl como el materialismo de Boerhaave, pero se le puede considerar un neovitalista cuando escribe que la vida es la suma de las funciones que resisten a la muerte. Por lo que se refiere a la esencia última del fenómeno vital, es agnóstico y afirma que no se puede hacer nada más que describirlo por medio del conjunto de hechos con los que se exterioriza. Reconoce la importancia de la complejidad química, cosa que Stahl ya había hecho anteriormente, pero añade un nuevo concepto trascendental: la base de cada una de las funciones orgánicas es una estructura específica, viva por sí misma. Se trata de una idea nueva, crucial para la comprensión de lo que hoy llamamos organismos superiores: la estructura anatómica diferenciada en tejidos. Sobre esta base, más tarde Haeckel podría establecer el nuevo reino de los Protistas con los seres vivos que realizan todas sus funciones sin tener un cuerpo diferenciado en tejidos.
El cuerpo humano está formado por diferentes tejidos o materiales de estructura homogénea. Ello es extensivo a los animales y las plantas superiores. Cada órgano está formado por diversos tejidos, y su estudio es el objeto de la anatomía descriptiva. Los tejidos son los verdaderos conservadores de la vida del cuerpo, y las propias funciones de los órganos y los aparatos (conjuntos de órganos con una función común) son el resultado de la peculiar configuración de su actividad en cada caso. La función elemental se encuentra en el tejido. Bichat distinguió veintiuna clases de tejidos: celular (actualmente, conjuntivo), nervioso animal (correspondiente al sistema nervioso central), nervioso orgánico (correspondiente al sistema nervioso vegetativo), arterial, venoso, tejido de exhalación (que constituye los alvéolos pulmonares), absorbente (epitelial), óseo, de la médula ósea, cartilaginoso, fibroso, fibro-cartilaginoso, muscular animal (de fibra estriada), muscular orgánico (de fibra lisa), mucoso, seroso, sensorial, glandular, dermoide, epidermoide y capilar. Cada tejido tendría vida propia, independiente de la del órgano, en contra de la idea de Bordeu que la situaba en estos últimos. La enfermedad se localiza en los tejidos, en contra de lo que se suponía en su época, es decir, que se originaba en los fluidos, siguiendo la vieja idea hipocrática. Los tejidos muertos pueden mantener sustancialmente su estructura, pero han perdido sus propiedades: por ejemplo, los nervios dejan de ser irritables y los músculos ya no se pueden contraer. La vida consiste en estas propiedades y en su interacción, que registra grandes variaciones entre el estado de salud y el de enfermedad.
Las propiedades de los tejidos pueden manifestarse como resultado de diversas interacciones. Por ejemplo, el músculo se contrae por impulsos del encéfalo transmitidos a través de los nervios, pero también por influjos físicos y químicos, como ocurre con los fluidos orgánicos que le dan el tono que desaparece con la muerte, o con el efecto del seccionamiento, que persiste después de la muerte y sólo se pierde por putrefacción. Bichat también distingue la sensibilidad orgánica o vegetativa de la animal o central.
La obra de Bichat contiene histología en sentido estricto, sobre todo por lo que se refiere a la topografía de los tejidos. En cambio, no nos habla de su estructura íntima, a la que se había aproximado mucho más el viejo Malpighi. No obstante, el verdadero significado del trabajo de Bichat no adquiriría relieve hasta llegar a la teoría celular de Schleiden (1804-1881) y Schwann (1810-1882), así como a la patología celular de Wirchow (1821-1902).
La importancia de la estructura no atañe sólo a los seres vivos sino también a la materia inanimada en estado sólido. Ello empezó a tomarse en consideración justamente en la misma época, y el nombre clave al que hemos de asociar esta idea
es el de René-Just Haüy (1743-1822). Hasta entonces, las formas cristalinas habían sido muy poco estudiadas. Hay algunas referencias a ellas en la «Micrographia» de Hooke y en «De solido intra solidos» de Steno. Bertholin dedicó cierta atención al espato de Islandia. Pero eso es más o menos todo. De ahí que la clasificación del reino mineral de Linneo sea lamentable. El primero que empezó a darse cuenta del problema fue Jean-Baptiste Louis Romé de l’Isle (1736-1790), que en 1772 publicó una Cristallographie ou description des formes propres á tous les corps du régne minéral. Aunque no pasara de ser un clasificador, Romé de l’Isle tuvo la idea magistral de medir los ángulos diedros de los cristales, y llegó a la importante conclusión de que para todos los cristales de la misma especie dichos ángulos eran iguales. El paso siguiente era la conexión de la geometría con la física y la química. En ello, sobre todo con respecto a la física, fue pionero Haüy. Era un hombre de origen humilde, que estudió en París y se ordenó sacerdote. Durante la Revolución trabajó en la Comisión de Pesos y Medidas, y fue nombrado conservador del Gabinete de Minas. Más tarde llegó a la cátedra de Mineralogía de la Facultad de Ciencias. En realidad, Haüy se ocupó de botánica, física, mineralogía y cristalografía. En su «Traité élémentaire de Physique», publicado en 1803, describe por vez primera los fenómenos de la piroelectricidad y la piezoelectricidad. Sus obras Essai sur la structure des cristaux (1783), Exposition abrégée sur la structure des cristaux (1793), Traité de Minéralogie (1801) y Traité de Cristallographie»(1822) representan un avance sin precedentes en los campos de la mineralogía y la cristalografía.
La forma cristalina es una propiedad característica de los minerales, que depende de la ordenación sistemática de sus «moléculas integrantes». Así nace el llamado «haz de Haüy», que es el conjunto de caras posibles de un cristal, dibujadas de modo que pasen por un punto común. Haüy también describió los elementos de simetría que más tarde darían origen a los sistemas cristalinos, y a su clasificación. Finalmente, se debe a Haüy la introducción del concepto de anisotropía, consecuencia de su teoría de los cristales. En el siglo XIX, todo ello daría lugar a grandes progresos en el campo de la óptica y de la propia cristalografía. También sería entonces cuando la cristalografía se relacionaría con la química.
Afectuosamente,
TEORÍA DE LOS TEJIDOS Y TEORÍA DE LOS CRISTALES
Published on Abril 15, 2008
in ciencia.
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